La metamorfosis y otros relatos
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Franz Kafka

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La metamorfosis y otros relatos

Franz Kafka

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Franz Kafka (1883-1924) manifiesta la desesperanza frente a su destino personal y el pesimismo respecto a lo humano entendido genéricamente. Junto a la animalización del hombre que nos plantea en "La metamorfosis", el resto de los relatos que aparecen en esta antología muestran, o bien una "humanización" del animal, o bien el enfrentamiento entre el mundo animal y humano. Al recurrir a animales, Kafka consigue distanciarse suficientemente de lo narrado como para mostrar el dolor, el aislamiento y la desorientación sin resultar patético. Si las fábulas del racionalismo y la ilustración tomaban a los animales como figuras alegóricas para transmitirnos una enseñanza útil y moral, aquí no se encuentran moralejas: el mundo ha tomado un rumbo que ya no permite hallarlas.

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Información

Editorial
Zig-Zag
Año
2021
ISBN
9789561235410
Categoría
Literatura
Categoría
Clásicos
La metamorfosis
1
Cuando una mañana Gregorio Samsa despertó de un sueño intranquilo, se encontró en su cama transformado en un monstruoso insecto. Estaba recostado sobre el duro caparazón de su espalda, y al levantar un poco su cabeza vio su abombado vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el cual apenas podía sostenerse la colcha, a punto ya de caer al suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el resto de su tamaño, se agitaban desamparadas ante sus ojos.
“¿Qué me ha ocurrido?”, pensó.
No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, quizás un poco pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes bastante familiares. Un muestrario de géneros se hallaba desparramado encima de la mesa –Samsa era vendedor viajero–, y en la pared colgaba una imagen que recientemente había cortado de una revista ilustrada y puesto en un lindo marco dorado. Representaba a una mujer ataviada con un sombrero y una boa de piel, sentada muy erguida y levantando hacia el espectador un pesado manguito, también de piel, el cual cubría todo su antebrazo.
A través de la ventana, Gregorio vio que el día estaba nublado. Las gotas de lluvia que se sentían caer sobre el cinc del alféizar, lo pusieron muy melancólico.
“¿Qué pasaría –pensó– si siguiera durmiendo y me olvidase de todas estas locuras?”. Pero esto era algo imposible, porque Gregorio estaba acostumbrado a dormir de lado, y su actual estado no le permitía ponerse en esa posición. Por más que intentara colocarse de lado, el balanceo lo volvía siempre a dejar de espaldas. Lo intentó unas cien veces, cerró los ojos para no tener que mirar la torpe agitación de sus patas, y sólo se detuvo cuando notó un leve y punzante dolor que nunca antes había sentido.
“¡Dios mío!, pensó. ¡Qué profesión tan agotadora he elegido! Viajando un día sí y un día no. Los esfuerzos de este trabajo son mucho mayores que el negocio en la ciudad, sin contar las molestias de los viajes: estar atento a las conexiones de los trenes, la comida mala e irregular, relaciones constantemente cambiantes, que nunca duran y jamás llegan a ser cordiales. ¡Al diablo con todo!”.
Sintió en el vientre una leve picazón. Se arrastró lentamente sobre la espalda hasta llegar a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la cabeza. Descubrió que la parte que le picaba estaba llena de unos puntitos blancos, que no supo a qué se debían; y cuando intentó tocar esa parte con una pata, tuvo que retirarla de inmediato, pues el roce le producía escalofríos.
Se deslizó hacia su posición inicial.
“Esto de madrugar, pensó, lo vuelve a uno estúpido. Uno debe dormir lo suficiente. Otros vendedores llevan una vida de lujos. Si yo, por ejemplo, regreso a media mañana al almacén para anotar los pedidos, estos señores todavía están sentados tomando su desayuno. Si yo intentase hacer lo mismo, con el jefe que tengo, en ese mismo instante me vería de patitas en la calle. Pero quién sabe, quizás esto podría ser lo mejor para mí. Si no tuviera que pensar en mis padres, hace tiempo que me habría marchado. Hubiera ido donde mi jefe y le habría dicho todo lo que pienso. ¡Se caería de la mesa! Sobre la cual se sienta para hablarle desde lo alto a sus empleados que, como es sordo, han de acercársele mucho. Bueno, pero todavía no se pierde la esperanza; una vez que haya reunido el dinero suficiente para pagarle la deuda que mis padres tienen con él –unos cinco o seis años más, supongo–, le hablaré con total seguridad. Por ahora, lo que debo hacer es levantarme porque el tren sale a las cinco”.
Entonces miró hacia el despertador, que hacía tictac sobre el baúl.
“¡Dios del cielo!”, pensó.
Eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente, incluso ya había pasado la media hora, era casi un cuarto para las siete. Tal vez el despertador no había sonado. Desde la cama se veía que estaba correctamente puesto a las cuatro; sin duda que había sonado. Pero, ¿era posible seguir durmiendo impasible con aquel ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, su sueño tampoco había sido tranquilo, pero quizás sí muy profundo. ¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete; para alcanzarlo debía apurarse muchísimo. El muestrario aún no estaba empaquetado, y él mismo no se encontraba particularmente ágil y dispuesto. Además, aunque lograra alcanzar el tren, no evitaría la reprimenda del jefe, pues el asistente de la oficina, que lo habría esperado en el tren de las cinco, hace rato que debía haber informado su retraso. Este era el mensajero del jefe, una criatura sin carácter ni juicio.
¿Y si decía que estaba enfermo? Pero esto sería extremadamente desagradable y sospechoso, pues en quince años de servicio, Gregorio nunca se había enfermado. Seguramente el jefe vendría con el doctor de la compañía de seguros, reprocharía a sus padres por tener un hijo tan flojo y refutaría todas las objeciones haciendo eco de las recomendaciones del médico, para quien todos los hombres están sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no se encontraría tan lejos de la realidad. A excepción de una modorra superficial, Gregorio se sentía completamente bien, e incluso muy hambriento.
Mientras pensaba atropelladamente sobre todo esto, sin poderse decidir a levantarse de la cama, y justo en el momento en que el despertador marcaba un cuarto para las siete, llamaron delicadamente a la puerta que estaba junto a la cabecera de su cama.
–Gregorio –dijo la voz de su madre–, es un cuarto para las siete. ¿No tenías que salir de viaje?
¡Qué voz tan dulce! Gregorio se espantó, en cambio, al oír una voz que, siendo la suya, se mezclaba con un penoso e incontenible silbido, que en un inicio dejaba salir las palabras con claridad, pero luego se confundían y resonaban de tal manera que uno no estaba seguro de haberlas oído bien. Gregorio hubiera querido responder detalladamente y explicarlo todo, pero, al oír su voz, se limitó a decir:
–Sí, sí, gracias madre, ya me levanto.
A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de Gregorio no debió notarse, porque la madre se tranquilizó con la respuesta y se marchó. Pero gracias a esta breve conversación, el resto de la familia se enteró que Gregorio, contrario a lo esperado, aún estaba en casa. Y ya llamaba el padre golpeando suavemente una de las puertas laterales:
–¡Gregorio, Gregorio! –gritó–. ¿Qué pasa?
Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:
–¡Gregorio, Gregorio!
Mientras tanto, desde la otra puerta, la hermana se lamentaba en voz baja:
–Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?
–Ya estoy listo –respondió Gregorio hacia ambas puertas, cuidándose de pronunciar lo más claro posible y hablando con gran lentitud, para disimular el horroroso sonido de su voz.
El padre volvió a su desayuno, pero la hermana siguió susurrando:
–Abre, Gregorio, te lo suplico.
Pero Gregorio no tenía la menor intención de abrir; por el contrario, se felicitaba de la precaución contraída en los viajes de cerrar la puerta de su habitación por las noches, incluso en su propia casa.
Lo primero era levantarse tranquilamente, arreglarse sin ser molestado y, sobre todo, desayunar. Una vez hecho esto pensaría en lo demás, pues comprendía que en la cama no lograría pensar con claridad. Recordó que en más de una ocasión había sentido en la cama un leve dolor quizás producto de una incómoda postura, el cual, una vez levantado resultaba ser fruto de su imaginación; y tenía curiosidad por ver cómo se desvanecerían paulatinamente sus alucinaciones de hoy. No dudaba en lo absoluto que el cambio de su voz era simplemente el inicio de un resfriado, enfermedad profesional del vendedor viajero.
Arrojar la colcha era sencillo, sólo le bastaba curvarse un poco y ésta caería por sí sola; pero el resto resultaba más complicado, especialmente por la anchura de Gregorio. Para incorporarse hubiera necesitado manos y brazos, pero en su lugar tenía innumerables patitas en constante agitación, las cuales, además, no podía controlar. Y al tratar de levantarse lograba por fin dominar una de sus patas, pero las demás continuaban su libre y dolorosa agitación.
“No es bueno quedarse flojeando en la cama”, pensó Gregorio.
Primero trató de sacar de la cama la parte inferior de su cuerpo; pero esta parte –que todavía no había visto, por lo cual no podía imaginarla con exactitud– resultó muy difícil de mover. Comenzó los movimientos con lentitud y cuando finalmente, frenético, se lanzó hacia delante con todas sus fuerzas, no había calculado la dirección, y se dio un fuerte golpe contra los pies de la cama. El terrible dolor que sintió le demostró que, en su nuevo estado, era precisamente la parte inferior de su cuerpo la más sensible. Decidió, entonces, sacar primero la parte superior y volvió con cuidado la cabeza hacia el borde de la cama. Esto lo logró sin dificultad y, a pesar de su anchura y su peso, finalmente todo su cuerpo siguió lentamente el movimiento iniciado por la cabeza. Pero una vez que tuvo la cabeza colgando sintió miedo, pues si continuaba avanzando de esta manera, sin duda que se haría daño en la cabeza; y ahora menos que nunca Gregorio quería perder el sentido. Antes prefería quedarse en cama.
Sin embargo cuando, luego de realizar a la inversa los movimientos, se vio en la misma posición que antes con las patitas sacudiéndose frenéticamente, comprendió que no podía hacer otra cosa y que no era sensato permanecer en cama, por lo que lo más cuerdo era arriesgarlo todo, aunque sólo le quedaba una mínima esperanza de salir de ella. Pero al mismo momento recordó que era mejor reflexionar serenamente antes que tomar decisiones drásticas. Sus ojos se clavaron fijamente en la ventana, pero por desgracia, la niebla matinal que ocultaba el lado opuesto de la calle, había de infundirle pocos ánimos.
“Ya son las siete –se dijo cuando volvió a sonar el despertador–, las siete y todavía sigue la niebla”.
Permaneció durante un instante echado, inmóvil y respirando débilmente, como si esperara que el absoluto silencio lo regresara a su estado habitual. Pero después volvió a pensar:
“Es indispensable que me haya levantado antes de que den las siete y cuarto. Además, seguramente, vendrá alguien del almacén a preguntar por mí, pues abren antes de las siete”.
Y se dispuso a salir nuevamente de la cama, balanceando su largo cuerpo. Al dejarse caer de esta forma, la cabeza, que planeaba mantener erguida, debía salir ilesa. La espalda se notaba firme, seguramente no le pasaría nada al darse contra la alfombra. Lo único que lo hacía vacilar era el temor al ruido que produciría su caída que, sin duda, asustaría a la familia. Pero no quedaba otra solución.
Cuando Gregorio ya tenía casi medio cuerpo fuera de la cama –el nuevo método era más un juego que un esfuerzo, pues consistía solamente en balancearse hacia atrás–, se le ocurrió que todo sería más sencillo si contara con ayuda. Dos personas robustas –y pensaba en el padre y la criada– serían suficientes; sólo tenían que pasar los brazos por debajo de su abombada espalda, sacarlo así de la cama, agacharse luego con la carga, y permitir que se estirara en el suelo, en donde suponía que las patas le serían útiles. Pero, sin contar con que las puertas estaban cerrabas, ¿le convenía pedir ayuda? Pese a la necesidad, no pudo reprimir una sonrisa.
Había avanzado ya hasta el punto que, con un balanceo enérgico, perdería totalmente el equilibrio. Además tenía que decidirse pronto, pues dentro de cinco minutos darían las siete y cuarto. En ese instante sonó el timbre de la calle.
“Debe ser alguien del almacén”, pensó Gregorio, mientras sus patas se agitaban con más rapidez. Por un momento todo permaneció en silencio. “No abren”, pensó, aferrándose a una absurda esperanza. Pero entonces, como debía suceder, la criada se dirigió a la puerta con paso fuerte y firme. Y la puerta se abrió. A Gregorio sólo le bastó con oír el saludo del visitante para saber de quién se trataba. Era el gerente en persona. ¿Por qué Gregorio estaba condenado a trabajar en una empresa en la cual la más mínima ausencia despertaba terribles sospechas? ¿Es que todos los empleados, sin excepción alguna, eran unos sinvergüenzas? ¿Es que no podía existir entre ellos un hombre de bien que, después de perder unas horas en la mañana, se volviera loco de remordimiento y no estuviese capacitado para levantarse de la cama? ¿Es que no bastaba con mandar al mensajero –si es que esto fuese necesario–, sino que tenía que venir el mismísimo gerente y con ello mostrar a una inocente familia que sólo él tenía la autoridad para intervenir en un asunto de tanta gravedad? Entonces Gregorio, más bien irritado con estos, se arrojó de la cama con toda su fuerza. Se oyó un ruido, pero no demasiado fuerte, pues la caída fue amortiguada por la alfombra; además, la espalda era má...

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