
- 38 páginas
- Spanish
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Petrona y Rosalía
Descripción del libro
Félix Tanco y Bosmenial (Santa Fe de Bogotá, 1797-Long Island, Estados Unidos, 1871). Colombia. Muy jóven se trasladó con su familia a Cuba. Amigo de Domingo del Monte, en 1844 estuvo encarcelado por abolicionista. Colaboró en el semanario El Iris, en El Plantel, la Revista de la Habana, La Aurora de Matanzas, El Amigo del Pueblo, y Brisas de Cuba. Algunos de sus poemas fueron incluidos por Ignacio Herrera Dávila en el libro Rimas americanas (1833). En 1838 escribió su novela Petrona y Rosalía de tema antiesclavista. Hacia 1869 se trasladó a Nueva York.
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Información
Editorial
LinkguaAño
2014ISBN de la versión impresa
9788499533735ISBN del libro electrónico
9788499533728II
Nació esta pobre niña, o esta mulatica, sobre une tarima rasa en el bohío destinado a Petrona. Aquí se crió envuelta en andrajos asquerosos y mal alimentada, pero se crió sana y con cierta robustez natural. Una gracia particular a las de su clase se advirtió en ella a los seis años, principalmente en sus ojos negros y largas pestañas llenos de una viveza seductora que nunca pudo amortiguar, mientras vivió, el peso de la servidumbre y los trabajos. La mayorala, lastimada de su suerte y viéndola tan propia para el servicio de la mano, se la llevó a su casa en el mismo ingenio y la cuidaba y la quería como si fuese su hija, siéndole imposible a Petrona, no ya tener ninguna de aquellas indefinibles satisfacciones de la maternidad, pero ni aún oírla ni verla en muchos días. Quizás la mayorala no fuera tan compasiva y racional con ella si hubiese sido esclava suya.
Doña Concepción y don Antonio, en los viajes que daban al ingenio en la época de la molienda, habían advertido ya la gracia de Rosalía; y la señora, prendada de ella, como de un dije de adorno propio para su casa de La Habana, resolvió llevarla consigo en uno de los retornos. Cuando llegó este caso, se figuró Petrona que ella también iría con su hija, como le parecía natural y justo en su entender. Con esta idea se recreaba interiormente y llegó a tal punto su credulidad muy disculpable, que hablaba ya con Rosalía del viaje, y de La Habana, relatándole todo lo que había de ver y admirar en esta ciudad; sus muchas casas, sus iglesias, su mucha gente, sus muchos carruajes.
La pobre Petrona hacía malísimas cuentas, porque la voluntad de la señora no era lo que ella imaginaba con tanta candidez, sino el de llevarse únicamente a Rosalía, sin que entrase, no en su pensamiento sino en su corazón, el considerar que cometía una injusticia o una maldad al separar, por puro capricho vanidoso de ama, una hija del lado de su madre.
Sorprendida Petrona con esta novedad cruel, sintió vivamente que le arrancasen la suya, único consuelo que tenía en aquel presidio los domingos o en los breves momentos de descanso. Sentía, además, quedarse en el ingenio, que detestaba con toda su alma; y, llena de estas ideas que le traían en perpetua congoja, buscó una ocasión favorable para hablar a don Antonio antes que partiese la familia para La Habana. Encontrólo, en efecto, a las cinco de la tarde de aquel día (víspera del viaje) en una guardarraya montado a caballo y, arrodillándose delante de él, le dijo con una voz triste y humilde:
—Mi amo, por el amor de Dios, lléveme su merced con Rosalía a La Habana; dígale su merced a la señora que ya estoy bastante castigada con trece años que llevo aquí de trabajos y penas. Míreme su merced las espaldas como las tengo; mire su merced mis pies y mis manos; estas manos que han cosido ropa para su merced, para el niño Fernandito y para la señora. Su merced sabe que yo...
—Basta —le interrumpió don Antonio, adivinando lo que iba a decir—, ve a donde está tu ama y hazle presente eso mismo, yo doy por bien hecho lo que ella disponga en el particular.
—Pero, mi amo, si mandando su merced que yo vaya con Rosalía la señora no dirá nada.
—Te parece a ti que no dirá —le contestó don Antonio—; la señora tiene un genio muy fuerte, como tú sabes, y yo no quiero tragedias. Ve tú y háblale y se hará lo que ella disponga.
Diciendo esto echó a andar el caballo al apremio de las espuelas, y la infeliz Petrona se quedó inmóvil y llorando sus desdichas, fijos los ojos en su amo que se alejaba, y no pensando en hacer lo que le había prevenido, pues conocía sobrado bien el carácter imperioso y poco condescendiente de doña Concepción.
—¡Ah!, qué hombre, Dios mío —exclamó Petrona, y siguió andando por la guardarraya con el corazón desesperado.
Al siguiente día salieron del ingenio dos trios con toda la familia para La Habana, llevándose a Rosalía, la cual no pudo menos de llorar la separación de su madre, de la que le fue imposible despedirse por hallarse trabajando en el campo muy distante de la casa de vivienda.
—Pablo —dijo Rosalía a uno de los esclavos de la finca, ya montada en una mula—, hazme el favor de decirle a mamá que me voy y que adiós y que no se olvide de mí.
Lacónica y singular despedida; pero tan natural como tierna y afectuosa en la boca de una muchacha, atendidas las circunstancias de su poca edad y triste condición. También sentía dejar la mayorala, que la había criado, y a sus compañeros de servidumbre, con quienes había vivido y sufrido desde que vio la luz en aquella mansión de sangre y de muerte. Iba, pues, por el camino de La Habana con el natural disgusto de quien abandona su patria, que era para ella el ingenio Santa Lucía, y tantos otros objetos queridos a su corazón.
Llegados al fin a la capital, la señora dispuso al siguiente día comprarle ropa y zapatos, pero ropa fina si se compara con el saco de rusia que traía puesto Rosalía desde el ingenio y que era su vestido de costumbre. Provisionalmente le hizo poner un camisón de platilla y un túnico de listado que le compró hechos, y le puso, además, unas argollas de oro, sus zapatos de mahón pintado y un pañuelito de gasa amarilla de su propio uso, que tenía guardado entre los desechos de su ropa.
Ataviada de esta manera, Rosalía pareció mucho más interesante de lo que era con sus cañamazos; y la señora misma, sin embargo de su adusto carácter para con los esclavos y gente de color, se sonrió un momento, cuidando que no lo advirtiese Rosalía, al ver su agraciado semblante, sus hermosos ojos, y su gallardo cuerpo.
Ninguna coquetería ni desenvoltura en sus movimientos fáciles y seductores. Rosalía ignoraba estas artes de la corrupción y del ejemplo de la sociedad; todo en ella era obra de la naturaleza, y si para algo puso el hombre su mano en esta obra, no fue seguramente para embellecerla y perfeccionarla, sino para degradarla y destruirla; la mano ruda de un amo, o de un mayoral, no es mano de un pedagogo o de un men...
Índice
- Créditos
- Presentación
- I
- II
- Libros a la carta
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