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Todavía no se ha estudiado por completo la importancia de la publicación de las Reflexiones, en los apuntes que Heidegger mismo llama los Cuadernos negros. En cualquier caso, estos escritos han mostrado, más claramente que todo lo publicado antes por él, cómo lo dicho en 1961 al principio de su libro Nietzsche acerca de este filósofo, a saber, que el nombre del pensador hace las veces de título indicativo del contenido de su pensamiento, tiene validez para Heidegger mismo: «El asunto, el objeto de controversia es en sí mismo un desplegarse fuera de sí». El nombre de Heidegger equivale al contenido de este pensamiento, que siempre fue motivo de escándalo, pero ahora, por la publicación de las Reflexiones, se ha convertido ineludiblemente en un caso de disputa para todo el que quiere encontrarse con el pensamiento de este autor.
Heidegger no tiene ninguna filosofía, ninguna doctrina que pudiera convertirse en modelo de una escuela académica. Él mismo lo dijo una vez: «Yo no tengo ninguna etiqueta para mi filosofía». La hipótesis de que hay una filosofía de Heidegger presupone que esta es algo configurado en una obra, que es capaz de aparecer como un objeto, en forma de un libro o de una edición general. Sin embargo, con el lema de «Caminos y no obras» para su edición general, Heidegger ha puesto el signo debido. Los escritos del pensador son intentos abiertos. Incluso las configuraciones cerradas, como Ser y tiempo, han quedado inacabadas.
Esto se pone de manifiesto también en la biografía. Cuando aparece Ser y tiempo, Heidegger tiene 38 años. Nietzsche llegó a esta edad cuando trabajaba ya en la primera parte de Zaratustra. Schelling, a los 38 años, había dejado atrás el tiempo de las publicaciones. La idea de que en su trayectoria se trata de «caminos y no obras», no es una escenificación, sino una acertada interpretación de sí mismo. En Heidegger se puede aprender que filosofía es siempre un filosofar, siempre más una pregunta que una respuesta.
Los caminos que el pensamiento de Heidegger ha recorrido son oscuros. Ernst Jünger, que no se interesaba con especial ardor por la filosofía, dijo una vez que el «bosque» es la patria de Heidegger: «Allí se encuentra él en casa, en lo no transitado y en las sendas del bosque». Los caminos del pensamiento conducen a lo inseguro, a lo salvaje, también al peligro. Cuando en la conferencia De la esencia de la verdad —que a principios de los años treinta contiene el giro hacia el tipo de filosofía que aquí aflora— esclarece en qué medida el «error» pertenece también al evento de la verdad, señala con el mayor acierto el carácter de su pensamiento.
Probablemente Jünger, con la expresión «estar en casa en lo no transitado», expresó con toda brevedad e intención lo inconciliable. Heidegger, en su pensamiento, ¿quería sentirse familiar en lo inhóspito? Si respondiéramos con una afirmación, ¿podría explicarse a partir de ahí que fuera a parar sin remedio no solo a «sendas perdidas», sino a veces también a extravíos? Este pensamiento ¿no se movió también en ámbitos en los que apenas había algo a pensar, en los que osó decir a su manera lo que no habría debido decirse? ¿Hay un límite para lo que ha de decirse, para lo que puede decirse?
El límite por el que hemos de preguntar después de la publicación de las Reflexiones no es el de lo inefable. Heidegger lo conocía. Lo pensó con palabras que en el siglo XX son singulares. Pero no se trata de estas. Más bien, se trata del límite que «separa» el bien del mal, del «dividir en bien y mal», límite implicado en la «diferencia» y en la «decisión». ¿Le es lícito al pensamiento ignorar ese límite? Es más, ¿puede ignorarlo el pensamiento? ¿Le es lícito comportarse neutralmente en lo que concierne a tal límite, ignorar el mal porque pertenece al ser? ¿No es Nietzsche el maestro de todos aquellos que osaron y osan eso? ¿Era él el maestro de Heidegger?
Es muy posible que Jünger tenga razón cuando acentúa en el pensamiento de Heidegger lo opuesto al calor patrio y lo intransitado. De ahí parte la catástrofe que el pensador descubrió en la modernidad, es más, como modernidad. Y especialmente él, capaz a veces de representar la patria de manera tan poco sentimental que también, o precisamente en su carácter provincial, se mostraba algo amenazador, ¿no pudo experimentar las alienaciones del siglo XX? Parece como si nos acercáramos a una explicación dialéctica. Pero entre tanto hemos experimentado que el todo es más complejo. No solo hemos visto que «el planeta estaba en llamas», y que «la esencia del hombre se había salido de quicio»; sino también cómo el pensamiento tiembla en sus juntas y se adapta a este estremecimiento, se ensambla en él.
El pensamiento atraviesa «la fuga del error del claro». Irrnisfuge (fuga del error) es una palabra llena de sonoridad, una invención propia, sin alusiones. El «errar» es el lugar o, mejor, la falta de lugar del extravío, un paisaje carente de lugares, una a-topografía que aparece como «fuga». La «fuga» (o ensambladura) es para Heidegger lo que conecta, lo que hace posible una junta. Así, una vez habla del «claro ensamblado por el error». Este, el «claro», es la palabra principal para indicar la verdad, el evento de la verdad, pues la verdad sucede, acontece. Y eso significa que una «ensambladura» del «errar», es decir, un extravío del pensamiento en aquel paisaje sin lugar, construye precisamente el «claro», la verdad que acontece, dicho sin especial elegancia. ¿Cómo es posible esto?
La fórmula «la fuga del error del claro», usada por Heidegger acentúa el genitivo en ambas direcciones. No es que el «errar» produzca unilateralmente el claro. ¿Cómo del «error» podría surgir el «claro»? Más bien, el «error» proviene del «claro» tal como aquel ensambla a este. El claro es el «lugar» en el que por primera vez se hace comprensible algo así como la carencia de lugar, o, hablando ahora como Heidegger, se esclarece la falta de lugar, la pérdida de lugar, la significación del lugar, de modo que se hace pensable que el «error» pertenece al «claro».
«Fuga del error». La an-arquía de Heidegger. Yo no habría escrito este ensayo si no pensara que aquí, en esta «fuga del error», se congrega el caso de disputa en nombre de Heidegger, el caso de disputa que va unido con el nombre de Heideg-ger, y que ha de ser explicado filosóficamente en nombre de él. Pues si el «error» ensambla el «claro», porque el «claro» necesita el «error», entonces el errar de Heidegger, sus extravíos, son un momento de la filosofía.
Aquí se requiere atención, y también capacidad de discernimiento. En efecto, donde un filósofo comienza a mezclar lo aparentemente opuesto a la verdad —la falsedad— con la verdad, a invertir lo uno en lo otro, no estamos muy lejos de un sofista. ¿Es posible que Heidegger sea el sofista de la modernidad? Nadie pondrá en duda que precisamente la publicación de los Cuadernos negros sugiere esta pregunta. En ellos el filósofo suelta su ira. Aparece allí un pensador que lanza sus rayos contra todo lo que puede resistir la pureza de la mirada filosófica. Para Heidegger está perdido quien obedece a una exigencia distinta de la de «pensar y poetizar». Al respecto, la retórica hace a veces piruetas. Pero en definitiva eso no es sofista. Los problemas no están en la antigua disputa entre el filósofo y el sofista.
Es pura y exclusivamente el pensamiento (y el poetizar) el que confiere significaciones al mundo y a la historia. Allí donde el pensamiento alza en exclusiva la «pregunta por el sentido del ser», puede entretejer como la forma más pura del «Da-sein» las significaciones del mundo y de la historia en una narración poética que se orienta por el drama de la tragedia. Ni la política, ni la ciencia, ni la religión y, en definitiva, ni el arte pueden reivindicar significaciones en esta clave narrativa, entre otras razones porque no están en condiciones de desarrollarla. El pensamiento abandona la filosofía y comienza a poetizar el drama, sin convertirse en poesía.
Lo que surge en tal drama es una topografía, en la que lo verdadero y lo falso constituyen en común lo posible, lo real y lo necesario. Pero lo dicho todavía es poco: «La verdad es en su esencia la no-verdad». El guión de unión entre «no» y «verdad» permite desplegar lo que por primera vez caracteriza el evento de la verdad en su totalidad, a saber: donde se muestra algo como verdadero, se oculta «algo» que, por cuanto no es sab...