
- 68 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Del matrimonio
Descripción del libro
Para Émile Zola (París, 1840-1902), el amor en el siglo XVII es "un gran señor empenachado […] que entra en los salones precedido por una música solemne"; en el XVIII, "un granuja desaliñado […] que desayuna con una rubia, cena con una morena y trata a las mujeres como diosas generosas"; y en el XIX, "un joven formal, correcto como notario, que tiene rentas del Estado…".Así pues, el amor heroico del XVII o el amor sensual del XVIII se han convertido en el amor pragmático que se concluye a toda prisa como un negocio en Bolsa."El hombre actual no tiene tiempo para amar, y se casa con la mujer sin conocerla… y sin que ella lo conozca a él."
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Información
II
JULES y MARGUERITE
El señor Jules Beaugrand es hijo del célebre Beaugrand, el abogado, el famoso orador de nuestras asambleas políticas. Antoine Beaugrand, el abuelo, era un apacible burgués de Angers, de una familia de notarios muy considerada en su provincia. A él no le atrajo la notaría y vivió de sus rentas tranquilamente. Su hijo mayor, el famoso Beaugrand, muy activo y muy ambicioso, por el contrario, amasó una gran fortuna. Por lo que se refiere a Jules Beaugrand, tiene las mismas aspiraciones que su padre, la vanidad de una gran posición, la necesidad de un lujo principesco. Por desgracia, acaba de cumplir treinta años y comienza a sentirse mediocre. Al principio soñó con la diputación, con el éxito de la tribuna, con una cartera de ministro tras la primera catástrofe gubernamental. Sin embargo, en la tertulia de jóvenes abogados en la que probó su elocuencia, descubrió que balbuceaba de forma intolerable y que la escasez de ideas y de palabras le impedían por completo triunfar en política. Después vaciló durante un momento, meditando si debía entrar en el mundo de la industria. Los estudios especializados lo amedrentaron. Y, al final, se decidió simplemente por una procuraduría judicial. Su padre, que estaba muy avergonzado de él, le compró por un alto precio una de las mejores procuradurías, cuyo último titular había ganado un par de millones.
Desde hace seis meses, Jules es, pues, abogado. El gabinete está instalado en un apartamento oscuro de la rue Saint-Anne. Pero él vive en un palacete de la rue d’Amsterdam, pasa las tardes en sociedad, colecciona cuadros y se jacta de ser procurador lo menos posible. Sin embargo, le parece que su fortuna crece lentamente. Echa de menos una ampliación del lujo a su alrededor: ofrecer una cena cada semana, por ejemplo, a personajes notables, o bien abrir su salón los martes por la tarde y reunir a los amigos políticos de su padre. Se da cuenta, además, de que un mayor tren de vida, recepciones, cinco caballos en su caballeriza, es decir, una ampliación de toda su casa, sería algo excelente que doblaría su clientela.
–Cásate –le dice su padre, a quien ha pedido consejo–. Una mujer meterá en tu casa ruido, esplendor... Que sea rica, porque una mujer, en estas condiciones, cuesta muy caro. La señorita Desvignes, por ejemplo, la hija del fabricante...
Tiene como dote un millón. Ese es tu negocio.
Jules no se apresura, madura la idea. Es evidente que un matrimonio asentaría su posición. Pero es un asunto delicado que no hay que llevar a cabo a la ligera. Sopesa, pues, las fortunas que hay a su alrededor. Su padre, con su aguda visión, tenía razón: la señorita Marguerite Desvignes es el partido más sólido. Por lo tanto, pide información precisa acerca de la prosperidad de la fábrica Desvignes. Hábilmente consigue que el notario le hable de esa familia. El padre ofrece, efectivamente, un millón. Podría tal vez llegar a un millón doscientos mil francos. Si el padre ofrece un millón doscientos mil francos, Jules acepta: se casa.
La operación se desarrolla sabiamente durante más o menos tres meses. El célebre Beaugrand juega un papel decisivo. Es él quien establece relación con Desvignes, uno de sus antiguos colegas en la Constituyente, y a quien poco a poco ciega, llevándole a ofrecer a su hija junto con el millón doscientos mil francos.
–¡Lo tengo! –le dice a Jules riendo–. Ahora ya puedes cortejarla.
Jules ya conoce a Marguerite de cuando eran niños: las dos familias pasaban el verano en el campo, cerca de Fontainebleau, y eran vecinos. Marguerite tiene ya veinticinco años, pero ¡por Dios!, la encuentra muy afeada cuando se vuelven a ver. Nunca fue guapa, es cierto; antes era morena como el carbón, pero ahora casi le ha salido joroba y tiene un ojo más grande que el otro. Al menos es la chica más amable del mundo, muy espiritual, eso dicen, y de una extraordinaria exigencia en cuanto a las cualidades que espera en un hombre; ha rechazado a los mejores partidos, lo que explica que se haya quedado soltera hasta tan tarde, con su millón. Cuando Jules se marcha, después del primer encuentro, la reconoce como perfectamente apta: se viste para gustar, habla de todo con un increíble aplomo, parece una mujer capaz de manejar formidablemente un salón, una parisina a la que su fealdad le confiere, sencillamente, un toque de originalidad. Además, en realidad, una chica de un millón doscientos mil francos puede permitirse ser fea.
A partir de ahí las cosas se llevan a cabo con mucha eficacia. Los prometidos no son gente que se enrede con bagatelas. Uno y otra saben perfectamente qué tipo de negocio van a cerrar. Se han entendido con una simple sonrisa. Marguerite fue educada en un internado aristocrático; había perdido a su madre a los siete años y su padre no pudo ocuparse de su educación. Permaneció, pues, en el internado hasta los diecisiete años, aprendiendo todo aquello que una niña rica no puede ignorar: música, danza, buenos modales, incluso un poco de gramática, historia y aritmética. Pero su educación se completó sobre todo junto a sus camaradas, niñas llegadas de todos los mejores barrios de París. En ese pequeño mundo, que era el reflejo en miniatura del ancho mundo, entre los cuatro muros del jardín en el que creció, a partir de los catorce años conoció los placeres de la fortuna, el espíritu práctico del siglo, el poder de la mujer y todo lo que hace que nuestra civilización sea avanzada. Aunque duda sobre cuestiones de economía doméstica, distingue de un solo vistazo todos los tipos de bordado imaginables, habla de modas como una gran costurera, conoce a las actrices por sus sobrenombres, apuesta a las carreras y evalúa a los caballos con palabras técnicas. Ella se sabe diferente, con toda honestidad,...
Índice
- Cubierta
- Prefacio
- Maxime y Henriette
- Jules y Marguerite
- Alexandre y Louise
- Valentin y Clémence
- Créditos
Preguntas frecuentes
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