La herencia
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La herencia

  1. 396 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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La herencia

Descripción del libro

En 2006, tras la muerte de sus padres, Pilar, Gloria, Lola y Adel, heredan su piso. En el momento de venderlo para repartir la herencia, las 4 hermanas no se ponen de acuerdo, llegándose a alargar tanto el proceso que acaba coincidiendo con la explosión de la burbuja inmobiliaria. Un relato muy actual que describe los conflictos familiares ante una herencia y desgrana los problemas de la crisis y la corrupción del sistema político y financiero en nuestro país.

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Información

Año
2017
ISBN del libro electrónico
9788416281732
Edición
1
Categoría
Literatura
CAPÍTULO 1
La mañana era gélida, y a pesar de ser casi mediodía, la niebla con la que había amanecido aún no se había disipado del todo. Aunque habíamos salido con tiempo suficiente, para llegar a tiempo a la cita que habíamos concertado en el despacho de abogados, donde me reuniría con mis hermanas, el tráfico era tan lento a causa de la poca visibilidad, que llegábamos tarde.
—Espero que no seamos los únicos que llegamos con retraso —le dije a mi marido.
—Con esta niebla, no creo que nadie llegue puntual a la reunión. Es posible que hasta los abogados lleguen tarde y seamos nosotros los que tengamos que esperar. Son imprevistos con los que no se cuenta.
—A ver si tenemos suerte y encontramos un aparcamiento cerca.
—Eso será muy difícil en esta zona, y a esta hora es misión imposible. Será mejor que te deje en la puerta y vayas subiendo, mientras yo busco donde aparcar. Nos encontraremos arriba.
—De acuerdo, es una buena idea.Juan paró el coche frente al bufete de abogados, bajé y tras cerrar la puerta del vehículo, este arrancó de nuevo, desapareciendo tragado por la niebla.
Llamé al timbre del bufete y le dije a la recepcionista que contestó al interfono quién era. Me abrió la puerta y cuando entré en el vestíbulo vi a Pilar y a Lola esperando frente al ascensor.
—Hola, llego un poco tarde, pero veo que vosotras también acabáis de llegar.
—Sí hija, con esta niebla el tráfico está fatal. ¿Has venido sola?
No, Juan me ha dejado en la puerta y ha ido a aparcar. A estas horas es imposible encontrar aparcamiento cerca.
¿Y vosotras?, ¿no han venido Pedro y Manolo?
—Sí, pero se han quedado en la cafetería de la esquina a tomar un café mientras nosotras estamos reunidas con los abogados. Dicen que esto es un asunto nuestro y que ellos quieren mantenerse al margen.
—Pues subid vosotras, que yo me quedo a esperar a Juan para decirle dónde están Pedro y Manolo, seguro que preferirá unirse a ellos. Él también es de la opinión que esto es asunto nuestro. ¿Sabéis si ha llegado Adela?
—No, pero si ha venido directamente después de dejar a Jorge en el colegio, seguro que estará arriba.
Llegó el ascensor y se dispusieron a subir. —Hasta ahora, nos vemos arriba. En cuanto llegue Juan estoy con vosotras. No creo que tarde mucho.
Esperé casi diez minutos a que llegara Juan.
¡Si que has tardado!
—Ya te lo he dicho, esta zona está fatal para aparcar; he dado dos vueltas y al final lo he tenido que dejar dos manzanas más abajo. ¿Cómo es que aún no has subido?
—Te esperaba para decirte que Pedro y Manolo están en la cafetería de la esquina, por si quieres reunirte con ellos.
—Pues sí, no es mala idea. Allí os esperamos hasta que acabéis. Mientras me tomaré un café a ver si entro en calor.
Mientras hablábamos, había llamado al ascensor que acababa de llegar, justo cuando Juan salía.
—Hasta luego —le dije mientras abría la puerta del ascensor—. Entré y presioné el botón de la tercera planta. La puerta del bufete estaba abierta y la recepcionista me indicó la sala donde estaban reunidos. Allí, sentados alrededor de una gran mesa, estaban todos esperándome. Tal como habían dicho Pilar y Lola, Adela había llegado la primera.
Mi hermana Adela tiene 45 años y es la más joven de las cuatro. Tiene dos hijos, una chica en la universidad y un niño en edad escolar.
—Buenos días. Siento haber llegado tarde, el tráfico es caótico. Adela, creo que eres la única que has llegado puntual.
—Sí, he llegado incluso antes que los abogados. Cuando he visto tanta niebla, he pensado que el trafico estaría complicado. Con tan poca visibilidad, puedes incluso encontrarte con algún accidente. Así que, después de dejar a Jorge en el colegio, he venido directamente hacia aquí.
—Bueno señoras, ante todo les trasmito mi más sentido pésame por el fallecimiento de sus padres. Habrá sido un duro golpe para ustedes, perder a ambos, en tan corto espacio de tiempo.
—Gracias —contestamos.
—Entonces, ahora que están presentes todas las partes interesadas, si les parece bien, daremos lectura a las últimas voluntades de su madre, que a la muerte de su padre, pasó a ser la heredera de este.
—Sí, por favor, puede dar comienzo —dijo Pilar, mi hermana mayor, que era la portavoz.
Leyó el testamento, no hubo ninguna sorpresa. Mi madre antes de morir, ya nos había dicho que quería que sus pertenencias, se repartieran a partes iguales entre las cuatro hermanas.
Mis padres no poseían ninguna fortuna, solo el piso en el que vivían y algo de dinero en el banco, que gracias al trabajo de mi padre y a la buena administración de mi madre, habían logrado ahorrar, con el objetivo de poder pagar una persona que les cuidara cuando fueran mayores, sin tener que recurrir a nosotras.
Nunca quisieron ser una carga para sus hijas, ni física ni económica. Solo en caso de máxima necesidad, como cuando ingresaron a papá con un ataque de corazón, o le operaron de la hernia y de cataratas, acudieron a nosotras. Mi hermana Pilar, a la que ya se le habían casado los hijos y tenía espacio suficiente para alojarlos en su casa, siempre les decía:
—Pero mamá, ¿por qué no os venís a mi casa? Tú y papá os estáis haciendo mayores y no tenéis por qué estar solos. Y yo tengo sitio de sobras.
—No hija, no. Nosotros estamos bien aquí. Las personas mayores vamos a nuestro ritmo, y tenemos nuestras manías y rutinas. No nos adaptamos bien a los cambios, y no debemos imponeros a vosotros una alteración en vuestra forma de vida.
—Pero mamá, yo estaría más tranquila si estuvierais en mi casa.
—Podéis estar tranquilas tú y tus hermanas, estamos bien. La señora Amparo es un ángel y nos cuida muy bien.
—Sí...

Índice

  1. CAPÍTULO 1
  2. CAPÍTULO 2
  3. CAPÍTULO 3
  4. CAPÍTULO 4
  5. CAPÍTULO 5
  6. CAPÍTULO 6
  7. CAPÍTULO 7
  8. CAPÍTULO 8
  9. CAPÍTULO 9
  10. CAPÍTULO 10
  11. CAPÍTULO 11
  12. CAPÍTULO 12
  13. CAPÍTULO 13
  14. CAPÍTULO 14
  15. CAPÍTULO 15
  16. CAPÍTULO 16
  17. CAPÍTULO 17
  18. CAPÍTULO 18
  19. CAPÍTULO 19
  20. CAPÍTULO 20
  21. CAPÍTULO 21
  22. CAPÍTULO 22
  23. CAPÍTULO 23
  24. CAPÍTULO 24
  25. EPÍLOGO

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