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Salón de 1767
Descripción del libro
El
Salón de 1767
es, quizá, el importante de los salones que Diderot escribió. Algunos autores dicen que es el más filosófico de todos, pero ello sólo es verdad si incluimos dentro de lo "filosófico" esa nitidez de la visión y el acierto y seguridad de los juicios. Con el Salón de 1767 iniciamos una edición que pretende poner al alcance del lector en lengua castellana la totalidad de los ensayos de estética y arte de su autor.
El Salón de 1767 ha sido traducido por Lydia Vázquez, experta en literatura francesa, que ha añadido una extensa introducción, un riguroso y conciso aparato crítico y una breve Enciclopedia de términos estéticos.
El Salón de 1767 ha sido traducido por Lydia Vázquez, experta en literatura francesa, que ha añadido una extensa introducción, un riguroso y conciso aparato crítico y una breve Enciclopedia de términos estéticos.
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Art GeneralDiderot crítico de arte
¡Oh! tiempos sin discernimiento, sin sensibilidad
(Catulo, Poesías, 43, 8)
Diderot crítico temperamental
Durante muchos años, Diderot ha sido considerado como un minor de la crítica artística. Sus Salones eran fruto de la mano de un literato, de un moralista, de un simple aficionado, y además neófito, a la pintura y a la escultura. Cuadros, grabados, esculturas, mero pretexto para el discurrir de su incontinente pluma. Brunetière, crítico literario de la segunda mitad del siglo XIX, llegó a sentenciar la nulidad del valor crítico de sus escritos estéticos.
Hasta quien lo defendía, lo hacía desde la admiración por el filósofo y no desde la refutación de unas dudosas opiniones vertidas desde ópticas corporativistas, tecnicistas y obsoletas. Émile Faguet, contemporáneo de Brunetière, decía de su crítica que «si era tan literaria es porque la pintura de su tiempo también lo era»1. Pobre justificación de la extraordinaria reflexión legada por el insigne filósofo a la posteridad, que, como él mismo predijo2, tan mal le comprendería en ésta como en muchas otras de sus aportaciones.
Si bien hoy la reflexión en torno a sus escritos, y en particular desde las aportaciones de J. Seznec3, G. May4, E. M. Bukdahl5, M. Fried6, H. Dieckmann7 o J. Chouillet8, se ha replanteado el valor de los Salones de Diderot, quizá lo que ha logrado haya sido más su rehabilitación como teórico de la estética que como vanguardista en el mundo de la crítica artística9.
Y no obstante, ya Baudelaire10, pensando en Diderot como un antecesor en esa misma compleja, ardua y creativa tarea, decía: «Creo sinceramente que la mejor crítica es aquella que es divertida y poética, no aquella, fría y algebraica que, so pretexto de explicárnoslo todo bien, no introduce ni odios ni amores y se despoja voluntariamente de toda especie de temperamento». Quizá haya sido ese carácter tan temperamental, esa «poética del corazón»11, esa escritura tan entusiasta, tan «loca» como el propio Diderot dice12, lo que unos críticos falsamente científicos y asépticos no han podido perdonarle al genio que ellos nunca llegarían a ser.
Diderot crítico de Salón
Los Salones
Si Diderot acepta la tarea que su amigo Grimm le encomienda en 1759 de rendir cuentas, para la selecta revista Correspondance littéraire, de las exposiciones que tenían lugar en el Louvre cada dos años, y donde figuraban las obras de los artistas de la Academia Real de Pintura y Escultura de París, no sólo lo hace por amistad, o por olvidarse de la agotadora empresa de la Enciclopedia, que le ha dejado exhausto y también cierto sabor amargo. Sobre todo, es por la importancia creciente de esos Salones del arte, por su intuición de una necesidad social, más allá del público restringido y principesco de la Correspondance: una orientación crítica del gusto en el arte, en suma, de la creación de un nuevo género literario, la crítica de arte.
Pero los «Salones» habían comenzado ya años antes. Colbert, ministro plenipotenciario de Luis XIV, aceptó que la Academia expusiera sus novedades, lo que hizo por primera vez el 9 de abril de 1667, en el Palais-Royal y en el Palais Brion, repitiéndose el evento anualmente hasta 1683. De 1683 a 1699, tiene lugar la primera interrupción de la exposición, que reabrirá sus puertas en 1699 en el Louvre, en la Gran Galería. Se produce una nueva interrupción de 1704 a 1725. De 1725 a 1737, se reabre en la Gran galería. A partir de 1737, la exposición se hará en el Salón Cuadrado del Palacio del Louvre, de donde tomará el nombre por el que habría de ser conocida a partir de entonces. De 1737 a 1745 se celebró anualmente, de 1746 a 1781 bianualmente, y luego, anual de nuevo.
Se consagraría la relevancia del Salón en 1748, gracias a Tournehem, responsable del mecenazgo oficial y de la administración de la Academia, que instituyó un «comité académico», que acabaría convirtiéndose en el «jurado de admisión», instaurando así el principio de selección y contribuyendo a elevar el nivel de calidad de las obras expuestas.
El Salón abría sus puertas el 25 de agosto, día de san Luis, santo del rey, a las 9h de la mañana. La entrada era gratuita13. Duraba más o menos un mes, a veces algo más, hasta finales de septiembre. Las obras se amontonaban en el salón, que enseguida se quedó pequeño. El «tapicero», como se le llamaba al encargado de decir dónde iban colocadas las obras que habían de «tapizar» las paredes del Salón, sabía que había forzosamente rincones prácticamente invisibles, incluso a veces se veía forzado a apilar cuadros y esculturas en las escaleras de acceso al Salón. Ni que decir tiene que la figura del «tapicero» era todopoderosa, y Diderot lo comenta con cierta malicia al subrayar que Chardin, tapicero en 1765 y 1767, ha colocado al insípido Roslin al lado del patético Greuze (1765) o al pobre Machy bajo las imponentes ruinas de Robert (1767). Así que no es de extrañar que ocuparan el cargo importantísimos artistas: Portail de 1741 a 1759, Chardin de 1761 a 1773, Lagrenée a continuación, todos ellos designados a su vez por el «Director de los edificios del Rey», Marigny, hermano de Madame de Pompadour para el periodo que nos interesa y D’Angiviller a partir de 1773.
El Salón estaba, pues, organizado por la Academia y para que expusieran los pintores de la Academia, respetando un orden jerárquico muy preciso. El Catálogo de la exposición empezaba por las obras de los «oficiales», es decir, antiguos directores y rectores de la Academia, como Boucher, Louis-Michel Van Loo o Jeaurat; luego venían los «profesores» como Hallé, Vien o Lagrenée; tras ellos, los «adjuntos a profesor», como Amédée Van Loo; después, los «consejeros»: Chardin, La Tour, Vernet, Roslin; más adelante, los académicos (40 en total, incluidos los anteriores), entre los que figurarán en aquellos años escasas mujeres, como Madame Vien, Madame Therbouche o Mademoiselle Vallayer; y finalmente los «agregados», admitidos gracias a «piezas de agregación».
El Catálogo sigue el orden jerarquizado de la Academia, no así Diderot, que, aunque respeta en general el orden del Catálogo, no lo hace totalmente. En ocasiones se salta algunos números para retomarlos unas veces, otras no. Y ello, regido más por una coherencia destinada a lograr una mayor comodidad del lector, espectador virtual y posible futuro comprador, que por respeto a la citada jerarquía. No siempre el Catálogo es fiable, está completo. El Catálolo del Salón de 1767 comporta doscientos cuarenta y tres números, pero en varias ocasiones distintas obras aparecen expuestas con un número común. Diderot y los demás salonniers notan que hay catorce obras mencionadas que no están expuestas, y que diecinueve que sí están, no aparecen en el citado Catálogo. Diderot siempre echará de menos reproducciones de las obras en el Catálogo. Lo haría Saint-Aubin para el Salón de 1767, pero Diderot no lo sabe aún cuando redacta su Salón . Por Crow sabemos que la Academia tenía que aumentar cada vez la tirada de su Catálogo que se vendía por millares, tanto en el propio Salón como en la sede de la Academia antes de su apertura. Sin contar con que durante el Salón se vendían en la calle, los cafés y las tiendas de grabados y estampas cientos de folletos sobre el Salón.
No era el Salón, sin embargo, la única manifestación artística en la capital de Europa. Los años pares, tenía lugar la exposición al aire libre de la Plaza Dauphine, aunque desde luego no gozaba de la reputación del Salón. De peor fama aún gozaba la exposición del puente Notre- Dame, adonde Diderot, reiteradamente, envía en sus Salones las obras que le parecen desmerecer en el Louvre. En el puente de Saint-Michel existía también una especie de mercadillo donde se vendía de todo, arte o no, procedente de los bienes de quienes sufrían embargos por deudas.
Diderot ejercerá su tarea de crítico de Salón, de salonnier, en nueve ocasiones, de 1759 a 1781, con interrupciones.
La Corr...
Índice
- Índice
- Introducción
- Diderot crítico de arte
- Salón de 1767
- El Salón de 1767 dirigido a mi amigo Grimm
- Los pintores
- Michel Van Loo
- Hallé
- Vien
- Lagrenée
- Belle
- Bachelier
- Chardin
- Vernet
- Millet Francisque. 40-41
- Lundberg
- Le Bel
- I. De la comarca de Rais a la Corte
- Perronneau
- Drouais, Roslin, Valade...
- Madame Vien. 54
- Machy. 57
- Drouais hijo
- Julliart. 63
- Voiriot
- 67. Doyen
- 68. Casanova
- 72. Baudouin
- 78. Roland de La Porte
- 82. Bellengé
- Le Prince
- Guérin
- Robert
- Madame Therbouche
- Parrocel
- Brenet
- Loutherbourg. 120
- Deshays. 131
- Lépicié. 132
- Amand. 135
- Fragonard. 137
- Monnet. 141
- Taraval
- Restout. 149
- Jollain
- Estado actual de la escuela francesa
- Durameau. 155
- Ollivier. 168
- Renou. 172
- Caresme. 177
- Beaufort. 183
- Los escultores
- Lemoyne. 184
- Allegrain. 187
- Vassé. 188
- Pajou. 193
- Caffieri. 204
- Berruer. 209
- Gois. 212660
- Mouchy. 216
- Francin. 218
- Los grabadores
- Cochin. 219
- Le Bas y Cochin. 221
- Wille. 222
- Flipart. 224
- Lempereur. 226
- Moitte. 228
- Mellini. 229678
- Beauvarlet. 230
- Aliamet y Strange. 232
- Demarteau. 235
- Anexos
- Anexo I
- Anexo II
- Anexo III
- Anexo IV
- Anexo V
- Anexo VI
- De la Manera
- Las dos Academias
- Sátira contra el lujo, a la manera persa
- Pequeña Enciclopedia de términos estéticos
Preguntas frecuentes
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