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CONSIDERACIONES
METODOLÓGICAS PREVIAS
Por de pronto hay que darse cuenta de que toda planificación del futuro de la Iglesia en las próximas décadas no nos dispensa de la necesidad de marchar hacia un futuro imprevisible, de la audacia y el riesgo y la esperanza en la insondable gracia de Dios. Si el futuro profano no puede preverse con verdadera exactitud, pese a toda la futurología moderna, ya solo por el hecho de que no puede hacerse una previsión exacta del efecto retroactivo que sobre la mentalidad de la generación venidera puedan tener los aspectos futuros ya logrados y planificados, es evidente que siendo este imprevisible futuro profano el campo de acción de la Iglesia del futuro y condicionando también la actuación de la Iglesia, el futuro de esta no puede preverse con toda exactitud ni planificarse activamente, ni siquiera de cara a las próximas décadas. Aún hoy seguimos marchando hacia un futuro de la Iglesia que nos está oculto. Este es el destino humano y es también el de la Iglesia y el punto de partida evidente para una actitud cristiana de auténtica esperanza y confianza. Si queremos, podemos consolarnos pensando que los futurólogos, sociólogos y políticos, pese a todos sus cálculos y previsiones, tampoco saben mucho más de su futuro, que todas las profecías profanas se siguen viendo desmentidas en parte o por entero, que ni lo bueno ni lo malo aciertan tanto como se había esperado o temido, que ni una tierra prometida ni una catástrofe definitiva nos quitará muy pronto el peso y la dignidad de seguir peregrinando por la historia. Una futurología racional y lúcida de la Iglesia no puede ser completada con seriedad recurriendo a tales o cuales profecías que andan corriendo por círculos piadosos, porque ellas mismas son solo expresión de una mentalidad apocalíptica y no escatológica, que no se puede extirpar de ciertas capas sociales. Cuando se expongan ahora algunas previsiones e imperativos para un futuro próximo de la Iglesia en Alemania, ténganse en cuenta siempre las reservas estrictas que acabamos de expresar.
Si estas perspectivas de futuro le parecen a alguien vagas y baratas, quizá meras perogrulladas, se le ha de preguntar si él puede decir algo mejor y más claro en esta materia y, sobre todo, si en la Iglesia alemana realmente se sacan de un modo valiente y decidido las consecuencias que se deducen ya de lo dicho aquí. Mientras esto no suceda de verdad, mientras se sigan haciendo muchas veces declaraciones de palabra con respecto a esas consecuencias, para en el fondo mantenerlo todo como está y dejar para mañana lo que podría hacerse hoy de cara al futuro, habrá que seguir repitiendo esas trivialidades. Tampoco se ha de pasar por alto en especial que ya el futuro sociopolítico próximo de nuestro pueblo es muy incierto, pues son posibles cambios muy sustanciales –para mejor y para peor–, que deberíamos incluir ya, en cuanto sea posible, en una programática del futuro eclesial. Se puede tener, sin embargo, la impresión de que esto no sucede casi nunca en la vida y la planificación de la Iglesia, y más o menos tácitamente se parte del supuesto de que la sociedad profana de Occidente seguirá en las próximas décadas casi igual que ahora. Naturalmente que muchas cosas no pueden preverse en este sentido, y por ello muchos preparativos, de por sí deseables, en pro o en contra, no son posibles, de modo que la advertencia evangélica contra un praemeditari sigue estando hoy en vigor. Pero lo que es previsible se debería preparar con tiempo y no simplemente seguir haciendo lo mismo y aguardar como un ratón que, hipnotizado por la serpiente del futuro, no hace nada por salvarse. Aunque uno esté armado para lo que del futuro puede preverse, aún quedan bastantes cosas insondables, que solo pueden aguardarse con esperanza y paciencia.
Un aspecto metodológico que ha de tenerse en cuenta para responder a nuestra segunda pregunta es también el tomar conciencia de que muchas cosas en la vida eclesial, y precisamente en cuanto son objeto de las declaraciones de un Sínodo, han de tener el carácter de imperativos y directrices. Es decir, sería falso y muy peligroso para la vida de la Iglesia, la inmovilizaría del todo, si se creyese que las decisiones eclesiales han de aparecer como una deducción estricta a partir de los principios de la fe y de la moral cristiana, supuesto tan solo un conocimiento bastante exacto de la situación a la que hay que aplicar esos principios. Puede que así ocurra en algunos casos no poco importantes. Pero en otros muchos casos, también de importancia, la Iglesia ha de llegar a decisiones que, aun con un conocimiento suficiente de la situación, no pueden deducirse sin más en forma concluyente de los principios obligatorios del dogma cristiano y de la moral, sino que son decisiones según su leal saber y entender, pero también con libertad creativa, sin encontrar una total justificación ante una razón que aplique los principios cristianos de una manera meramente racionalista. Por tratar de poner siempre a las decisiones de la Iglesia ante el dilema tácito de ser rigurosamente racionales en el sentido dicho o carecer en absoluto de fuerza vinculante es por lo que la Iglesia se vuelve tan perpleja, inmóvil e ineficaz como lo advierte nuestra experiencia, hoy tantas veces repetida. Sobre ello volveremos más tarde. Pero ya en este contexto lo hemos de subrayar, porque tiene una importancia fundamental para planificar el futuro. El futuro de la Iglesia en Alemania no puede planificarse y construirse únicamente aplicando principios cristianos universalmente admitidos; es preciso tener el valor de llegar a auténticos imperativos y directrices con una imaginación creadora, en definitiva, inspirada carismáticamente.
Para ello hay que tomar decisiones, escogiendo entre diversas posibilidades en sí pensables y defendibles, tiene que haber decisiones, aunque comporten la difícil parcialidad de elegir entre varias buenas posibilidades una que no puede encerrar todo lo bueno de las demás. Los compromisos pueden ser desde luego convenientes y necesarios; pero si pretenden reunir todo lo bueno de las posibilidades que hay que considerar en una decisión van a ser tan solo compromisos verbales y dudosos, y tratando de seguir todas las pistas no se llega al final de ninguna.
En la actuación de la Iglesia de cara al futuro y en las decisiones de un Sínodo, cuando se hagan opciones verdaderamente fuertes, hay que sentar prioridades. Tampoco la Iglesia puede hacer en cada época con la misma intensidad todo lo que está incluido en el ámbito de su misión y su tarea. Si se intenta eso, no se cumple en realidad ninguna tarea, pues se derrochan unas fuerzas muy limitadas tratando de satisfacer a la vez a todos y a todo. En un Sínodo se puede discutir sobre qué prioridades hay que sentar, en qué puntos privilegiados se quieren emplear los limitados medios disponibles en cuanto a personas, impulso espiritual y ayudas materiales. Pero si no se llega a sentar de veras ninguna prioridad, si se decide satisfacer a todos y a todo y atacar a la vez en todos los puntos del frente de la Iglesia, si se hace un programa ideal para todas y cada una de sus tareas, entonces ciertamente se ha actuado mal. La única seguridad de que se está evitando este fallo capital me parece que está en que no pocos protesten en la Iglesia contra esas prioridades, se lamenten y declaren que la Iglesia o el Sínodo no toma con suficiente seriedad las intenciones o necesidades que ellos mantienen.
Este principio exige además que se tenga valor para renunciar eventualmente a tareas y posiciones que la Iglesia hasta ahora ha reclamado para sí. La historia de la Iglesia nos enseña que ha defendido muchas veces posiciones que intentaba mantener a toda costa y con perjuicio de su misión última e ineludible, protestando contra los poderes que pretendían expulsarle de esas posiciones, y que solo cuando se las habían quitado por la fuerza se daba cuenta y admitía que no tenía por qué defenderlas necesariamente, e incluso que esa defensa anacrónica solo le había traído perjuicios a ella y a su auténtica misión. (Piénsese, por ejemplo, en la renuncia honrada, demasiado tardía, a los Estados Pontificios, que si hubiese tenido lugar antes habría cambiado muchas cosas en Italia para mejor y para bien de la Iglesia.) Sucede que una piadosa cortedad de miras en la Iglesia, llena de celo y de cólera santa contra la injusticia antieclesial y anticlerical, solo en el futuro llegará a evacuar algunas posiciones, aunque esa evacuación es también un «signo de los tiempos», contra el cual la divina Providencia no tiene nada en el fondo. Pero no se debe abusar demasiado de esa piadosa cortedad de miras. Quizá sencillamente no pueda evitarse porque no sea uno capaz todavía de ver la manera de compaginar las tareas realmente ineludibles y las consiguientes exigencias de la Iglesia por una parte y la evolución histórica de la sociedad por otra, y por ello no se caiga en la cuenta de la posibilidad legítima de dejar esas posiciones por parte de la Iglesia hasta estar ya obligada de hecho, desde largo tiempo atrás. Pero también hay casos en que uno puede prever con lucidez la evolución inevitable que fuerza a evacuar determinadas posiciones eclesiales, es capaz de prepararse para ello y abandona por sí mismo posiciones sin derrochar muchas más fuerzas en su defensa ni alejar aún más de la Iglesia a los exponentes de esa evolución.
Esta valentía para dejar posiciones que ya no se pueden mantener mucho más incluye además, a mi parecer, que uno se pregunte con humildad, pero también con lucidez y rigor, si al marchar hacia el futuro de la Iglesia puede uno siempre llevar consigo a toda esa buena gente que por su mentalidad anacrónica se resisten a esa marcha hacia un futuro para ellos desconocido. Si se inicia esa marcha se podrá conservar en la Iglesia o en relación amistosa con ella a no pocos que de todos modos comienzan esa andadura hacia el futuro, pero también naturalmente se quedarán alejados, heridos y escandalizados muchos, que solo se sienten a gusto en una Iglesia a la que están ya acostumbrados desde antes. Cierto que con humildad y amor se ha de tener también consideración a estos «conservadores», en la medida que sea posible. Pero no hay ningún principio cristiano según el cual, en caso de una opción inevitable entre ambos grupos, siempre se les haya de dar la razón a los conservadores. Para ver más claro esto pongamos una analogía, cuya legitimidad nadie podrá discutir. Si solo se tienen a mano medios muy limitados para las misiones exteriores, es lícito desde luego emplear la mayor parte de ellos en misionar a la gente que representa un mayor potencial histórico para el futuro del mundo y encomendar a otras personas a la gracia de Dios, más poderosa que la Iglesia; es decir, por ejemplo, misionar más bien en Japón que entre los esquimales. Igualmente puede suceder entre nosotros que con toda justicia se procure más bien conservar o conquistar a quienes tienen una relación intrínseca con el futuro incipiente que no mantener a los que constituyen la retaguardia en la formación de la Iglesia hacia un futuro que desde luego viene sin falta. Así, por ejemplo, no es pura fantasía de los conservadores el afirmar que la teología y la predicación modernas quitan a algunos buenos creyentes la seguridad en su fe tradicional y les ponen en la tentación de «no creer nada más», porque no son capaces ya de descubrir su antigua fe en esa teología y predicación moderna, aunque de hecho siga estando allí. Naturalmente que se ha de evitar con todo empeño esta amenaza para los creyentes tradicionales, y en la medida de lo posible hay que procurar llevarlos consigo hacia el futuro de la fe antigua. Pero en la medida en que esto no sea posible concreta y prácticamente, es justo atender más a los creyentes o deseosos de creer que pueden realmente llevar a efecto la fe en su forma de hoy y de mañana, y solo en esa forma, que a los rezagados, que también los hay por razones históricas y sociológicas. Es más importante para la Iglesia ganar para la fe a un hombre del mañana que conservar en la fe a dos del ayer, a los que Dios salvará con su gracia, aunque el modo actual y futuro de enunciar la fe más bien les quite seguridad. La estrategia salvífica de Dios no es la misma que la de la Iglesia, pues la gracia de Dios es infinita, pero las fuerzas de la Iglesia son muy finitas. Se puede por principio tener el valor de perder, a causa de una estrategia ofensiva de la Iglesia hacia el futuro, pero sin pretenderlo en absoluto, a una persona que mañana tampoco pertenecería a la Iglesia, porque mañana su mentalidad y su situación social no supondrían un sostén para su fe concebida tradicionalmente.
Me parece, sin embargo, que la Iglesia oficial no observa lo suficiente entre nosotros el principio recién expuesto. No quisiera acusarla de rechazar o perseguir positivamente a los cristianos de mañana, que ya existen hoy. Esa acusación sería injusta y señal de una susceptibilidad quejumbrosa, que no es propia de quienes precisamente creen pertenecer a la vanguardia en la evolución histórica de la conciencia y la vida de la Iglesia. Sin embargo, me parece que nuestra Iglesia oficial se limita demasiado a ejecutar la parte de los conservadores; muchas veces se le sacan las decisiones favorables al futuro solo a base de forcejeo y va jadeando a la zaga de la evolución, en lugar de guiarla ella misma con soberano valor.
Aún hay una cosa que decir de tipo metodológico referente a la planificación del futuro de la Iglesia. Es una de esas perogrulladas evidentes que uno pasa continuamente por alto en la vida. La planificación del futuro ha de hacerse a tiempo. Si se sabe, por ejemplo, que dentro de diez años quizá solo la mitad de las actuales parroquias estarán ocupadas por un sacerdote propio, entonces hay que tomar ya hoy medidas realmente perentorias para poder afrontar esta situación próxima. La planificación a tiempo es precisa, porque ahora se dan todavía posibilidades y condiciones para lo que después será necesario, las cuales desaparecerán si se sigue sin más como hasta ahora, porque nunca habrán sido probadas y experimentadas en la práctica. Por ejemplo, hoy probablemente habría todavía hombres probados en la vida, la profesión y el matrimonio y dispuestos a asumir mediante la ordenación la dirección de una comunidad; su ejemplo podría ser productivo para tiempos futuros, en que serán absolutamente necesarios, presentando ese cargo como muy natural en la Iglesia, mientras que si se espera a intentarlo hasta dentro de otros diez o veinte años no se encontrará ya a nadie dispuesto a ello. Una planificación a tiempo y un comienzo a tiempo de la ejecución de lo planeado han de tener lugar cuando lo planeado no sea aún urgente por completo ni evidente para todos. Pero por eso mismo tropieza con obstáculos internos y externos, que proporcionan fácilmente una excusa para aplazarlo hasta más tarde. En realidad solo se planea y se comienza a tiempo cuando, según un criterio sensato, podría todavía esperarse. De hecho, es entonces el momento oportuno, solo que uno no se da cuenta.
La metodología inmetodológica incluye también la disposición a dar paso libre al Espíritu en la Iglesia, siempre que se pueda notar, siquiera con alguna claridad, que está actuando. Nadie en la Iglesia rechazará de raíz ese principio, pero con mucha frecuencia se exigen criterios para reconocer el soplo del Espíritu de Dios en la Iglesia, cuya aplicación no permite ya que se le note. También el soplo del Espíritu acontece en el hombre terreno, y por ello está siempre vinculado a motivaciones humanas, parcialidades, precipitaciones, etc. Si se utiliza ese lado humano para probar que no se trata de una actividad del Espíritu, no se le podrá detectar nunca, y es fácil entonces probar que son los hombres, y no el Espíritu de Dios, quienes actúan.