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Antes de mi llegada
He de reconocer que el Sáhara prácticamente ni existía para mí antes de saber que iba a pasar un año allí haciendo la mili.
Al recibir la notificación de mi incorporación a filas, lo primero que hice fue situarlo en el mapa, y comprobé, con una mezcla de horror y satisfacción aventurera, lo lejos que estaba de mi casa. Calculé, comparándolo con otros viajes que había realizado, que estaría a unas cuatro horas de vuelo y pensé que, en este sentido, los canarios destinados al Sáhara tendrían mucha ventaja. Los exóticos nombres de las ciudades parecían seductores, aunque los que figuraban en un mapa antiguo que rescaté en la biblioteca de mis abuelos evocaban catástrofes bélicas que no contribuían a calmar los ánimos. Ni los míos ni los de la familia.
Amistades peligrosas
Para entender (un poco) cómo se llegó al abandono del Sáhara en 1975, conviene remontarse a un siglo antes y revisar con mentalidad actual las sucesivas guerras y fricciones entre España y Marruecos, convenientemente alentadas por Francia y Gran Bretaña para defender sus propios intereses coloniales y por los Estados Unidos de América para mantener su control estratégico. Los «tradicionales lazos de amistad entre ambos pueblos» que de vez en cuando desempolvan los diplomáticos de España y de Marruecos para camuflar alguna vergonzosa traición o algún acuerdo comercial de dudosa legalidad internacional no tienen el menor fundamento a la vista de las constantes refriegas y los millares de muertos que se han ocasionado mutuamente desde finales del siglo xix.
Durante más de cien años de historia ambos países han enarbolado la bandera colonial atendiendo a motivaciones que no siempre estaban basadas en los intereses del territorio en litigio, dejando un rastro de traiciones, acuerdos incumplidos, codicia, afán de poder, actitudes imperialistas e, incluso, cortinas de humo para desviar la atención de los respectivos disidentes internos. Y también muchas, muchas víctimas.
Antecedentes coloniales
Como tantas otras cosas en este país, parece ser que todo empezó con los Reyes Católicos.
Diego García de Herrera fue el primer español en desembarcar en la costa africana, en 1478, para establecer una base en la desembocadura del río de la Mar Pequeña que permitiera controlar el tráfico de esclavos con destino a las Islas Canarias, conquistadas unos años antes para la corona de Castilla.
Cuando, en 1494, el rey Juan II de Portugal y los Reyes Católicos firman el Tratado de Tordesillas para repartirse el continente americano, el africano y las rutas comerciales del Atlántico, están poniendo los cimientos del moderno colonialismo y de la globalización. La imprecisión de los sistemas de medidas de la época para demarcar los límites territoriales originará futuras discusiones y conflictos bélicos, hasta que se suscribe el Tratado de San Ildefonso, en 1777, para actualizar los pactos de Tordesillas.
En 1524 se pierde la base española de la Mar Pequeña. Los nativos recuperan el territorio, que no es devuelto a pesar de la insistencia del gobierno español ante los sucesivos sultanes. Mucho empeño no debieron poner, porque pasaron más de tres siglos sin que España demostrara interés en sus «posesiones africanas», dado que las americanas y asiáticas resultaban mucho más rentables.
Ceuta, que, tras cuatro siglos de pertenencia al Imperio romano, había pasado a manos de los visigodos y luego a las de los califas, fue reconquistada por Portugal, hasta que, en 1668, se reconoció la soberanía española sobre la ciudad. Por cierto, resistió los embates de la Armada inglesa cuando, tras conquistar Gibraltar, pretendía cerrar el acceso al Mediterráneo...