Una noche de febrero de 1578, Louis de Clermont, señor de Bussy, es emboscado en un callejón de París por los favoritos del rey Enrique III. Diana de Meridor, que está retenida por el señor de Monsoreau, le acoge en su casa y el señor de Bussy, en medio del delirio por las heridas recibidas, cree tener una visión y se enamora perdidamente de ella. En medio de las intrigas políticas y los enfrentamientos de la nobleza cortesana que marcaron el devenir histórico de Francia durante la segunda mitad del siglo xvi, la historia de amor de estos personajes se va desgranando en un relato lleno de aventuras y acción que traza un sorprendente fresco del violento reinado del último de los Valois. "La dama de Monsoreau" constituye el segundo volumen de la trilogía de Alexandre Dumas centrada en las guerras de religión, al que precede "La reina Margot" y sigue "Los Cuarenta y Cinco".

- 896 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
La dama de Monsoreau
Descripción del libro
Cuenta con la confianza de 375,005 estudiantes
Acceso a más de 1 millón de títulos por un precio mensual asequible.
Estudia de forma más eficiente usando nuestras herramientas de estudio.
Información
Categoría
LiteraturaCategoría
ClásicosCapítulo XI
Qué hombre era el señor montero mayor Bryan de Monsoreau
No era alegría, sino casi delirio lo que embargaba a Bussy cuando adquirió la certeza de que la mujer de su sueño era una realidad, y que esta mujer le había dado, en efecto, la generosa hospitalidad cuyo vago recuerdo él guardaba en su corazón.
Además no quería en absoluto soltar al joven doctor a quien acababa de elevar al puesto de médico particular. Fue preciso que Rémy, por muy embarrado que estuviera, subiese con él a la litera; Bussy temía que si le soltaba un solo instante, el médico desapareciera como una visión más; contaba con llevarle al palacio Bussy, ponerle bajo llave por la noche, y al día siguiente ya vería si debía devolverle la libertad.
Todo el camino de vuelta lo empleó en nuevas preguntas, pero las respuestas giraban siempre en el mismo limitado círculo que ya hemos trazado antes. Rémy el Haudouin apenas sabía más que Bussy, a no ser que tenía la certeza, al no haberse desmayado, de que nada de eso era un sueño.
Pero, como todo hombre que comienza a estar enamorado, y Bussy lo iba estando a todas vistas, era ya mucho el haber encontrado a alguien a quien hablar de la mujer amada; Rémy no había visto a esa mujer, es cierto, pero eso era aún un mérito más a ojos de Bussy, puesto que Bussy podía intentar hacerle comprender lo superior que era esta dama al retrato.
Bussy tenía muchas ganas de charlar toda la noche de esta dama desconocida, pero Rémy empezó sus funciones de doctor exigiendo que el herido durmiese, o que al menos se acostase; la fatiga y el dolor aconsejaban lo mismo al apuesto gentilhombre, y esos tres poderes reunidos le convencieron.
Pero, sin embargo, no fue así sin que antes Bussy, él mismo, instalase a su nuevo comensal[1] en tres habitaciones que anteriormente habían sido su aposento de muchacho y que formaban una parte del tercer piso del palacete Bussy. Después, seguro ya de que el joven médico, satisfecho con su nuevo alojamiento y con la nueva fortuna que la Providencia le deparaba, no iba a escapar clandestinamente del palacio, bajó a los espléndidos aposentos que él mismo ocupaba en el primer piso.
Al día siguiente, al despertarse, encontró a Rémy de pie junto a su cama. El joven había pasado la noche sin poder creer en la dicha que le caía del cielo, y esperaba el despertar de Bussy para asegurarse, a su vez, que no lo había soñado.
—¡Y bien! –preguntó Rémy–, ¿cómo os encontráis?
—De maravilla, mi querido Esculapio, y vos, ¿estáis satisfecho?
—Tan satisfecho que no cambiaría mi suerte con la de Enrique III, aunque iniciara, como en el día de ayer, ese orgulloso camino hacia el cielo; pero no se trata de eso, hay que ver cómo va la herida.
—Mirad.
Y Bussy se giró sobre el costado para que el joven cirujano pudiera levantar el apósito.
Todo iba de maravilla, los bordes de la herida estaban sonrosados y se iban uniendo. Bussy, feliz, había dormido bien y como el sueño y la dicha ayudaran al cirujano, este ya casi no tenía nada más que hacer.
—¡Y bien! –preguntó Bussy–, ¿qué decís de esto, maese Ambroise Paré?[2].
—Digo que no me atrevo a confesar que estáis casi curado, no sea que me volváis a enviar a mi calle Beautreillis, a quinientos pasos de la famosa casa.
—Casa que encontraremos, ¿no es eso, Rémy?
—Ya lo creo que sí.
—Ahora, pues, dime, hijo mío –dijo Bussy.
—¡Perdón! –exclamó Rémy con lagrimas en los ojos–, me habéis tuteado, creo, monseñor.
—Rémy, yo tuteo a la gente que amo. ¿No te contraría que yo te tutee, no?
—Al contrario –exclamó el joven intentando coger la mano de Bussy y besarla–. Al contrario. Temía haber oído mal. ¡Oh!, monseñor de Bussy, ¿queréis que me vuelva loco de alegría?
—No, no, amigo mío, solamente quiero que tú también me ames un poco; que te veas como de la casa y que me permitas asistir hoy, mientras haces la pequeña mudanza de tus cosas, a la toma de «estortuaire»[3] del montero mayor de la corte.
—¡Ah! –dijo Rémy–, así que ya queremos hacer locuras.
—¡Eh!, no, al contrario; te prometo que seré muy razonable.
—Pero tendréis que montar a caballo.
—¡Hombre!, eso es del todo necesario.
—¿Tenéis un caballo dócil de trote y buen corredor?
—De esos tengo cuatro para elegir.
—Pues bien, elegid hoy para montar vos el que hubieseis querido ofrecer a la dama del retrato, ¿sabéis?
—¡Ah!, si que lo sé, ya lo creo. Mirad Rémy, en verdad que habéis encontrado para siempre el camino de mi corazón; yo temía con espanto que me impidieseis asistir hoy a esa cacería, o más bien a ese simulacro de cacería, pues las damas de la corte y un buen número de curiosas de la ciudad estarán también. Ahora bien, Rémy, comprendes que la dama del retrato tiene que estar entre las de la corte o entre las de la ciudad. No es una simple burguesa, ciertamente: esas tapicerías, esos esmaltes tan finos, ese techo pintado, esa cama de damasco blanco y oro, en fin, todo ese lujo de tan buen gusto revela a una dama de calidad, o al menos a una mujer rica; ¡si por casualidad la encontrara en la cacería!
—Todo es posible –respondió filosóficamente el Haudouin.
—Salvo encontrar la casa –suspiró Bussy.
...Índice
- Cubierta
- Portadilla
- Legal
- Prólogo
- Bibliografía
- Portadilla
- Capítulo I. La boda de Saint-Luc
- Capítulo II. Cómo no siempre el que abre la puerta es el que entra en la casa
- Capítulo III. Cómo a veces es difícil distinguir los sueños de la realidad
- Capítulo IV. Cómo la señorita de Brissac, o dicho de otro modo la señora de Saint-Luc, había pasado su noche de boda
- Capítulo V. Cómo la señorita de Brissac, o dicho de otro modo la señora de Saint-Luc, se las arregló para pasar la segunda noche de boda diferentemente a como había pasado la primera
- Capítulo VI. Cómo era «le petit coucher» del rey Enrique III
- Capítulo VII. Cómo, sin que nadie supiera la causa de esta conversión, el rey Enrique se convierte de la noche a la mañana
- Capítulo VIII. Cómo el rey tuvo miedo de haber tenido miedo, y cómo Chicot tuvo miedo de tener miedo
- Capítulo IX. Cómo la voz del Señor se equivocó y habló a Chicot creyendo que hablaba al rey
- Capítulo X. Cómo Bussy va en pos de su sueño, cada vez más convencido de que era una realidad
- Capítulo XI. Qué hombre era el señor montero mayor Bryan de Monsoreau
- Capítulo XII. Cómo Bussy encontró a la vez el retrato y el original
- Capítulo XIII. Quien era Diana de Meridor
- Capítulo XIV. Quien era Diana de Meridor. El trato
- Capítulo XV. Quien era Diana de Meridor. El consentimiento
- Capítulo XVI. Quien era Diana de Meridor. El matrimonio
- Capítulo XVII. Cómo viajaba el rey Enrique III y qué tiempo necesitaba para ir de París a Fontainebleau
- Capítulo XVIII. En el que el lector tendrá el placer de conocer al hermano Gorenflot, de quien ya se ha hablado dos veces en el curso de esta historia
- Capítulo XIX. Cómo Chicot se dio cuenta de que era más fácil entrar en la abadía Sainte-Geneviève, que salir
- Capítulo XX. Cómo Chicot, viéndose obligado a permanecer en la iglesia de la abadía, vio y oyó cosas muy peligrosas de ver y oír
- Capítulo XXI. Cómo Chicot, creyendo que había recibido una clase de historia, recibió una de genealogía
- Capítulo XXII. Cómo el señor y la señora de Saint-Luc viajaban uno al lado del otro y cómo se les unió un compañero de viaje
- Capítulo XXIII. La orfandad del anciano padre
- Capítulo XXIV. Cómo Rémy el Haudouin, en ausencia de Bussy, había hecho amistades en la casa de la calle Saint-Antoine
- Capítulo XXV. Padre e hija
- Capítulo XXVI. Cómo el hermano Gorenflot se despertó, y el recibimiento que le hicieron en su convento
- Capítulo XXVII. Cómo el hermano Gorenflot se quedó convencido de que era sonámbulo y deploró amargamente su anomalía
- Capítulo XXVIII. Cómo el hermano Gorenflot cabalgó sobre un burro llamado Panurgo, y aprendió en el viaje muchas cosas que desconocía
- Capítulo XXIX. Cómo el hermano Gorenflot trocó el asno por una mula y la mula por un caballo
- Capítulo XXX. Cómo Chicot y su compañero de viaje se instalaron en la hostelería del Cygne de la Croix, y cómo fueron recibidos por el posadero
- Capítulo XXXI. Cómo el monje confesó al abogado, y cómo el abogado confesó al monje
- Capítulo XXXII. Cómo Chicot, después de haber hecho un agujero con una barrena, hizo otro con la espada
- Capítulo XXXIII. Cómo el duque de Anjou supo que Diana de Meridor no había muerto
- Capítulo XXXIV. Cómo Chicot volvió a París y fue recibido por el rey Enrique III
- Capítulo XXXV. Lo que había ocurrido entre monseñor el duque de Anjou y el montero mayor
- Capítulo XXXVI. Cómo se celebró el consejo del rey
- Capítulo XXXVII. Lo que venía a hacer al Louvre el señor de Guisa
- Capítulo XXXVIII. Cástor y Pólux
- Capítulo XXXIX. Cómo se vio probado que escuchar es la mejor manera de oír
- Capítulo XL. La tarde de la Liga
- Capítulo XLI. La calle de la Ferronnerie
- Capítulo XLII. El príncipe y el amigo
- Capítulo XLIII. Etimología de la calle de la Jussienne
- Capítulo XLIV. Cómo a D’Epernon le rasgaron el jubón y a Schomberg le tiñeron de azul
- Capítulo XLV. Chicot es, cada vez más, rey de Francia
- Capítulo XLVI. Cómo Chicot hizo una visita a Bussy, y las consecuencias que de ella se derivaron
- Capítulo XLVII. El ajedrez de Chicot, el bilboquete de Quélus y la cerbatana de Schomberg
- Capítulo XLVIII. Cómo el rey nombró a un jefe de la Liga, y cómo no fue ni Su Alteza el duque de Anjou, ni monseñor el duque de Guisa
- Capítulo XLIX. Cómo el rey nombró un jefe que no era ni Su Alteza el duque de Anjou, ni monseñor el duque de Guisa
- Capítulo L. Eteocles y Polinices
- Capítulo LI. Cómo no siempre se pierde el tiempo registrando los armarios vacíos
- Capítulo LII. Ventre-saint-gris!
- Capítulo LIII. Las amigas
- Capítulo LIV. Los amantes
- Capítulo LV. Cómo a Bussy le ofrecieron trescientos doblones por su caballo y lo dió por nada
- Capítulo LVI. Diplomacia del señor duque de Anjou
- Capítulo LVII. Diplomacia del señor de Saint-Luc
- Capítulo LVIII. Diplomacia del señor de Bussy
- Capítulo LIX. Una bandada de angevinos
- Capítulo LX. Roland
- Capítulo LXI. Lo que venía a anunciar el señor conde de Monsoreau
- Capítulo LXII. Cómo Enrique III supo la huida de su bienamado hermano el duque de Anjou, y las consecuencias que de ello se derivaron
- Capítulo LXIII. Cómo siendo de la misma opinión Chicot y la reina madre, el rey se volvió de la misma opinión de la reina madre y de Chicot
- Capítulo LXIV. Donde queda probado que el agradecimiento era una de las virtudes del señor de Saint-Luc
- Capítulo LXV. El proyecto del señor de Saint-Luc
- Capítulo LXVI. Cómo el señor de Saint-Luc mostró al señor de Monsoreau la estocada que el rey le había mostrado a él
- Capítulo LXVII. Donde se ve a la reina madre entrar poco triunfalmente en la buena ciudad de Angers
- Capítulo LXVIII. Las pequeñas causas y los grandes efectos
- Capítulo LXIX. Cómo el señor de Monsoreau abrió, cerró y volvió a abrir los ojos, lo que era una prueba de que no estaba muerto del todo
- Capítulo LXX. Cómo el duque de Anjou fue a Meridor para expresar sus condolencias a la señora de Monsoreau por la muerte de su marido, y cómo se encontró con este que salía a recibirle
- Capítulo LXXI. Del disgusto que producen las literas demasiado anchas y las puertas demasiado estrechas
- Capítulo LXXII. En qué disposiciones estaba el rey Enrique III cuando el señor de Saint-Luc reapareció en la corte
- Capítulo LXXIII. En el que se trata de dos personajes importantes de esta historia que el lector había perdido de vista desde hacía algún tiempo
- Capítulo LXXIV. Cómo los tres principales personajes de esta historia hicieron el viaje de Meridor a París
- Capítulo LXXV. Cómo el embajador del señor duque de Anjou llegó a París, y el recibimiento que tuvo
- Capítulo LXXVI. El cual no es otra cosa sino la continuación del precedente, acortado por el autor con motivo del fin de año
- Capítulo LXXVII. Cómo Saint-Luc cumplió con el encargo que le había hecho Bussy
- Capítulo LXXVIII. En qué aspectos el señor de Saint-Luc era más civilizado que el señor de Bussy, las lecciones que le dio y el uso que el amante de la hermosa Diana hizo de ellas
- Capítulo LXXIX. Las precauciones del señor de Monsoreau
- Capítulo LXXX. Una visita a la casa de las Tournelles
- Capítulo LXXXI. Los emboscados
- Capítulo LXXXII. Cómo monseñor el duque de Anjou firmó, y cómo, después de haber firmado, habló
- Capítulo LXXXIII. Un paseo por las Tournelles
- Capítulo LXXXIV. En el que Chicot se duerme
- Capítulo LXXXV. En el que Chicot se despierta
- Capítulo LXXXVI. El Corpus Christi
- Capítulo LXXXVII. El cual añadirá algo más de claridad al capítulo precedente
- Capítulo LXXXVIII. La procesión
- Capítulo LXXXIX. Chicot I
- Capítulo XC. Los intereses y el capital
- Capítulo XCI. Lo que ocurría por la parte de la Bastilla, mientras que Chicot se cobraba las deudas en la abadía de Sainte-Geneviève
- Capítulo XCII. El asesinato
- Capítulo XCIII. Cómo el hermano Gorenflot se encontró más que nunca entre la horca y la abadía
- Capítulo XCIV. En el que Chicot adivina por qué D’Epernon tenía sangre en los pies y no la tenía en las mejillas
- Capítulo XCV. La mañana del combate
- Capítulo XCVI. Los amigos de Bussy
- Capítulo XCVII. El combate
- Capítulo XCVIII. Conclusión
- Publicidad
Preguntas frecuentes
Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Descubre cómo descargar libros para leer sin conexión
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
- El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
- Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 990 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Descubre nuestra misión
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información sobre la lectura en voz alta
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS y Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Sí, puedes acceder a La dama de Monsoreau de Alexandre Dumas, M.ª Pilar Ruiz Ortega en formato PDF o ePUB, así como a otros libros populares de Literatura y Clásicos. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.