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Una temporada en el infierno
Descripción del libro
En Una temporada en el infierno, Rimbaud desecha siglos de civilización en favor de una travesía, menos literaria que vital, que otorgue sentido a la existencia. Al comenzar el poema, escribe: "...resolví buscar la llave que me abriera las puertas del festín antiguo, donde quizás recuperaría el apetito. La caridad es esa llave". Palabras asombrosas para aquellos que se satisfacen con una mirada superficial de su obra y su vida, pero no para quienes adivinan en ellas la cifra y el testimonio de su aventura. A los diecinueve años, cuando advirtió que eso no bastaba, calló para siempre.
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LiteraturaCategoría
PoesíaUNA TEMPORADA EN EL INFIERNO
Arthur Rimbaud
Antaño, si recuerdo bien, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones, en el que todos los vinos hacían torrentes.
Una noche, senté a la Belleza sobre mis rodillas. Y la encontré acerba. Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Y escapé. ¡Oh hechiceras, oh miseria, oh aversión, es a ustedes solamente que confié mi tesoro!
Logré diluir en mi espíritu toda esperanza humana. Sobre todo júbilo, para estrangularlo, hice el salto cauteloso de la bestia feroz.
Llamé a los verdugos para morder la culata de sus fusiles mientras perecía. Llamé a los flagelos para ahogar con arena la sangre. La desgracia fue mi dios. Me revolqué en el barro. Me sequé con el aire del crimen. Aposté con la locura.
Y la primavera me brindó la risa repugnante del idiota. Pero, cuando estaba casi por decir adiós, resolví buscar la
llave que me abriera las puertas del festín antiguo, donde quizás recuperaría el apetito.
La caridad es esa llave. ¡Esta afirmación comprueba que estuve en un sueño!
"Permanecerás como una hiena, etc..." exclama el demonio que me corona con duermevelas tan amables. "Consigue la muerte con todos tus apetitos y tu egoísmo y todos los pecados capitales."
¡Ah! He tenido demasiado: Pero, querido Satán, se lo suplico, ¡tenga la pupila menos irritada! Y esperando esas vilezas que se retrasan, para usted que ama en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, le arranco algunas hojas ominosas de mi carnet de condenado.
MALA SANGRE
De mis ancestros conservo los ojos celestes, el cerebro estrecho y la imprudencia de la lucha. Me visto tan bárbaramente como ellos. Pero yo no engraso mi cabellera.
Los galos eran los desolladores de animales, los desbrozadores más ineptos de su tiempo.
De ellos tengo: la idolatría y el amor por el sacrilegio; —¡ah! todos los vicios, cólera, lujuria —magnífica la lujuria—; sobre todo, mentira y pereza.
Me horrorizan todos los oficios. Patrones y obreros, todos campesinos e innobles. La mano con pluma vale lo que la mano con arado. —¡Qué siglo de manos!— Yo nunca tendré mi mano. Después, la domesticidad trae muchos problemas. La honestidad de la mendicidad me acongoja. Los criminales hieden como los castrados: yo estoy intacto y no me importa.
Pero, ¿quién me ha dado esta lengua tan pérfida que es guía y salvaguarda hasta aquí de mi pereza? Sin servirme para vivir de mi cuerpo, y más ocioso que un sapo, he estado en todas partes. Ni una familia europea ha dejado de conocerme. Se entiende que hablo de familias como la mía, que parecen extraídas de la Declaración de los Derechos del Hombre. —¡He conocido personalmente a todos los hijos de buenas familias!
¡Si tan sólo tuviera antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia! Pero no, en ninguno.
Es muy evidente que siempre he pertenecido a una raza inferior. No puedo comprender la rebelión. Mi raza sólo se sublevó para cometer pillerías: como los lobos con la bestia que todavía no han terminado de matar.
Recuerdo ahora la historia de Francia, hija primera de la Iglesia. Yo, que entonces era un villano, habría realizado el viaje a Tierra Santa; conservo todavía la faz de varias rutas de las llanuras suabas, los paisajes de Bizancio, los murallones de Solima; el culto a María, la ternura por el crucificado reviven en mí entre miles de ritos profanos. —Me figuro a mí mismo sentado, leproso, sobre las vasijas quebradas y las ortigas, al pie de un muro carcomido por el sol. —Más tarde, siendo reitre,[1] dando vivaques bajo las noches de Alemania.
¡Ah! Y todavía más, bailando en el Aquelarre con una calavera roja con las viejas y los niños.
No puedo recordar más que esta tierra y el cristianismo. Jamás me aburriría de imaginarme en ese pasado. Pero siempre solo, sin familia; ¿qué lengua hablaba entonces? Jamás me veo en los consejos de Cristo, ni en los consejos de los Señores —representantes de Cristo.
¿Quién era yo en el siglo anterior?: sólo me reconozco en el presente. No más vagabundos, no más guerras vagas. La raza inferior ha invadido todo, —el pueblo, como se dice, la razón, la nación y la ciencia.
¡Oh! ¡la ciencia! Todo en recuperación. Para el cuerpo y el alma —el viático— tenemos la medicina y la filosofía —los remedios de las matronas y los cantos populares arreglados. ¡Y los entretenimientos de los príncipes y los juegos que prohibían! ¡Geografía, cosmografía, mecánica, química!
La ciencia, ¡la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo marcha! ¿Por qué no giraría?
Es el paisaje de los números. Nos dirigimos hacia el Espíritu. Es muy cierto, es un oráculo quien lo dijo. Comprendo, y al no saber cómo explicarme sin usar palabras paganas, quisiera callar.
¡Revive la sangre pagana! El Espíritu está próximo: ¿por qué Cristo no me ayuda entonces, dándole a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡Ha pasado el Evangelio! ¡El Evangelio! El Evangelio.
Atiendo a Dios con gula. Soy de una raza inferior desde toda la eternidad.
Aquí estoy, sobre la playa armoricana.[2] Que las urbes se iluminen antes de la noche. Mi jornada está completa; abandono Europa. La brisa marina incendiará mis pulmones; los climas distantes me curtirán. Nadar, desbrozar la hierba, cazar, y fumar, sobre todo; beber de los licores fuertes como el metal hirviente, —como lo hacían aquellos queridos ancestros alrededor del fuego.
Volveré con miembros de hierro, l...
Índice
- UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO
- PRÓLOGO A LA COLECCIÓN "CLÁSICOS"
- BIOGRAFÍA
- PRÓLOGO A LA OBRA
- UNA TEMPORADA EN EL INFIERNOArthur Rimbaud
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