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Publicada originalmente en el año 1933 en la mítica editorial Tor, esta novela condensa y anticipa buena parte de los tópicos que dan cuenta de la crueldad del capitalismo: abusos de poder, humillaciones e injusticias. Lejos del sentimentalismo, esta obra incorpora una serie de "desvíos" del simple denuncialismo, que la acercan a la mejor de la tradición del realismo en la literatura argentina. Como sostiene Tania Diz en el prólogo, Carnelli quiere dar testimonio, pero a la vez intoduce algunas variantes más que interesantes: por un lado, la voz naradora, que de a poco se va conviertiendo en una voz colectiva, de la de todos aquellos que sufren los mismos males. Como si intentara construir una voz social, polifónica. Por otra parte, el hecho de que la protagnista sea mujer conlleva un fuerte posicionamiento sobre aquellas situaciones o sentimientos por una cuestión que está más ligada al género que a la condición social. En esa fusión entre la condición femenina y la crisis social radica el principal valor de esta novela.

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Información

Segunda parte

Yo no quiero un hijo ¿para qué?
Mi vida no es una vida agradable y vulgar, no tengo dinero, comodidad, descanso, ni el más ínfimo motivo para ser feliz.
La realidad es para mí actualmente, amarga y trágica. Confieso que esto no me ha tomado de sorpresa y que lo presentí instintivamente, desde la primera noche, cuando en el lecho conyugal floreció mi inocencia.
Esto es así, desventuradamente. Él ha manchado mi pensamiento virgen para todo lo que ha de venir, lo ha manchado para siempre.
Y ahora ¿para qué este hijo?
¿Qué alegría me puede traer?
Mañana, mañana mismo, aunque tenga que empeñar lo último empeñable que me queda, mi anillo de matrimonio y mi saco de abrigo, iré a desbaratarle a la naturaleza su malévola combinación. Más de treinta pesos no me ha de cobrar la partera. Dicen que el aborto es acto criminal y arriesgado. Lo primero no me preocupa, peor es dar vida a un hijo en este estado, de desmoralización y de abandono. En cuanto a lo segundo esperemos que no sea tan peligroso, soy joven y sana, le diré a la mujer que tome ella sus precauciones.
No quiero hacer confidente de estas cosas a mi madre, se escandalizaría y el hijo vendría al mundo, fatalmente, a pesar de mi desilusión y mi angustia. Por lo demás, si yo hablara con mi madre ¡tendría que decirle tantas cosas! Que no amo a mi marido, que no lo podré querer ya nunca, y que a los diecisiete años he visto, mudable y bárbara, la faz de la vida.
¿Y todo eso para qué? no creo que mi palabra de­sesperada halle una directa resonancia en su pecho. el aborto es acto condenado por la ley y por la iglesia.
Iré sola solita, con mis treinta pesos, animosa y tranquila hacia lo irremediable.
–La maternidad deforma el cuerpo de las mujeres y tú tienes un cuerpo magnífico, verdaderamente magnífico. Me alegra tu decisión. Antes la estética que la ética, vidita…
Sí. La luz roja del velador que agrandaba caprichosamente las sombras en la pared daba a mi piel una tonalidad extraña y ardiente. Bajo el cálido resplandor, la comba pura de mi vientre y mis senos se encendía de gracia, urgiendo su entusiasmo viril.
Quería intacta mi entraña para su goce y su caricia.
Íbamos siempre por caminos distintos.
Con las manos bajo la nuca, mirando el decorado del techo, no escuché ya sus palabras, sola otra vez, entonces y siempre, hablé con mis lejanos recuerdos: cuando era niña tampoco supe conservar muñecas. Era lo inevitable. A pesar de mi empeño, de mi cuidadosa solicitud, un destino adverso las estrellaba contra el suelo.
Filosofando limpié de amargura mis pensamientos, ¿habría que aceptarlo todo así, adaptándose a la realidad, insensiblemente?
Los besos ávidos, prolongados y lentos hacían vibrar la tensa ramazón de mis nervios.
Cerré los ojos y puse en las blandas manos del olvido mi fracaso y mi desesperanza.
Total, la vida era así...
La luz del velador, la onda roja y ardiente envolvía nuestros cuerpos desnudos.
En la pared, deformadas y monstruosas, dos formas danzantes y lúbricas...
La fría claridad del amanecer, entrando por los vidrios de la claraboya, me cubrió el rostro como sepultándolo bajo una capa de ceniza.
Acuosa y amarga la saliva me subía a la boca. Laxas y vencidas se extendían mis piernas a lo largo del lecho.
El hombre descansaba junto a mí, durmiendo su sueño sin desdicha.
Con gesto de instintiva repulsa me volví de espaldas, recogí las colchas del suelo y me cubrí toda.
Me avergonzaban los rastros cárdenos de su boca en mi cuerpo.
Soledad. Pesa en torno mío, grávida de angustia. Todos los ecos de la noche tienen para mi alma melancólica sugerencia. Nostálgica se oye la sirena de un barco viajero. Hay voces que pasan, papeles que ruedan en el viento, bocinas de automóviles que agitan en el aire una estridencia desacorde.
Ésta es la soledad y aquí estoy, el rostro pegado a los vidrios de mi ventana. He contado segundos, minutos, horas. Contaré la noche hasta el alba. Una inquietud absurda traba mis brazos y mis piernas. No puedo ir hasta la llave de la luz, no puedo ir hasta la cama tampoco. Tengo miedo. Miedo de los muebles que crujen misteriosamente, del viento que sacude las puertas y las plantas del patio, miedo de todos los ruidos que levanta la noche. Prefiero quedarme aquí, suspendida de una esperanza inútil, oyendo el campanilleo del reloj, el latido de mi corazón a su compás y el taconeo del transeúnte noctámbulo que golpea plac plac, la sonora dureza de las baldosas, tranquilizando mi ánimo por instantes.
Cuando sea el silencio absoluto y cese el eco de las voces y de los pasos, ¿con qué presencia solidaria podré llenar las horas?
El cielo del amanecer lucirá el mismo iris de las fichas del póker y un mismo rayo de sol caerá sobre mi lecho y el verde paño de la mesa de juego. Entonces yo quitaré resignadamente mis ropas, una a una, me ovillaré friolenta bajo las sábanas y extenderé mi brazo en ademán desolado e inútil sobre el hueco vacío de la almohada, los ojos insomnes y ardidos, negados al sueño.
Soledad, soledad, soledad.
Yo pude querer a un hombre, quizás para siempre.
No hubo escrúpulos, remordimientos, ni la más mínima perturbación psicológica.
Todo se produjo naturalmente, sin pasión y sin tragedia. Fui hacia los brazos de otro hombre buscando... no digo amor, no digo caricias, no digo sensualidad tampoco, ni dinero. Algo, quien sabe qué, humana piedad probablemente.
Así los paseos, las mentiras absurdas, los besos escondidos, las primeras citas.
Así también la sospecha y las agrias reyertas.
¿Y total para qué? Si esto es casi lo mismo, si todo es lo mismo, vacío de sentido, sin calor y sin eco.
Pero es la cadena que se trenza.
Tengo marido y amante y vivo en una miseria casi absoluta. Mi marido no tiene trabajo.
El otro ignora mi situación.
No hay nada más triste, sucio y amargo que la miseria.
Una tras otra se han ido al Monte de Piedad mis alhajas, la máquina de coser regalo de bodas de mi madre, mi ropa mejor y la vajilla. Ahora mi marido quiere vender los muebles.
Que venda, que lo venda todo. Ya sé que hasta vendería mi cuerpo, pero esto no, al menos por ahora. Tendrán que triturarme bastante aún. Pero siento que esto empieza.
Hoy he comido casi de milagro. Mi marido hace dos días que falta de casa.
La tarde estaba fría, lloviznosa y sin luz. Me quedé leyendo en la cama, hasta las tres.
Hubiera seguido hasta la noche, hasta siempre, pero el desaliño de la habitación, el polvo de los muebles, el desaseo del piso me empujaron desesperadamente hacia la calle.
No tenía deseos de trabajar. Es que estoy rota, vencida, sin voluntad y sin fuerzas.
El cuarto de mi amigo tiene cierto confort. Además su voz es cordial y reconozco que me tiene algún afecto. Fui hasta su casa caminando, bajo la lluvia menuda como neblina.
Cuatro horas me estuve allí en estado de ausencia. Al salir, ya junto a la puerta de calle me dijo, mientras ceñíame en su abrazo final:
–¿Tienes suelto para el auto? Está lloviendo.
Dudé unos instantes, apenas si segundos, y contesté con calma:
–No, en verdad, no tengo suelto.
Vi, sin mirar, cómo el billete pasaba de su cartera a la mía, y sentí, lo confieso, un poco de alegría y de turbación.
No tomé coche, tomé tranvía, y con el dinero compré alimento y velas. Me habían cortado el crédito y la luz. Estaba ayunando y a oscuras.
***
Ha muerto mi madre. Cuarenta años, un poco de amor, trabajo, cinco hijos. Mis ojos ya están secos de lágrimas. Tengo su fría mano entre mis manos y me apena su vida más que su muerte misma.
Un fuerte olor de flores y el tumulto de las voces, los llantos y los rezos hacen turbia la luz y denso el aire, achicando la habitación que se reduce a una mínima y asfixiante dimensión de tumba.
Afuera, el sol del verano hace vibrar la atmósfera y el cielo tiene una marmórea serenidad celeste.
Mi padre, sentado a un costado del cuarto descansa la fatiga de su alma, mientras las palabras de duelo caen en torno suyo.
Yo me voy en el cauce de un pensamiento tierno a través de sus vidas. Un día, tal vez luminoso como éste, el amor los unió, beso y hombro.
Lo primero, lo mejor, juventud y sueño. Después viene lo que viene. Pero aquel lejano momento, fue. Lo pienso así mientras tengo entre mis manos las manos muertas, y siento que el mismo pensamiento va, en nube de nostalgia, desde los ojos fijos de mi padre hasta esos otros profundos y ciegos.
Quisiera transmitirle a todos conformidad, pero no puedo intentarlo siquiera. Estoy vacía de palabras. Dejad llorar, dejad llorar. ¡Madre! ¡Madre! ¡Mi madre!
***
Dos años de matrimonio me enseñaron algo. No desprecio, no odio, no reprocho nada a nadie. Me voy silenciosamente, movida por los hilos de un destino que ya ensaya conmigo su juego de marionetas. Más que irme me dejo llevar, un poco a la deriva, por esta corriente que empuja.
Confieso que volver a la casa paterna en este estado de bancarrota total no me seduce. Pero en otra forma, ¿hacia dónde encaminar los pasos? He aquí lo verdaderamente doloroso: no sé ganarme decorosamente la vida. Me acobarda la lucha, no se me ha preparado nunca para ello. Además creo que me falta carácter, no tengo decisión ni energía y esto explica fácilmente mi desánimo ante la primera contrariedad. Es que todo ha sobrevenido en forma demasiado brusca. Sin transiciones, sin medias tintas he saltado violentamente de la ceguera a la luz, pero ¡qué luz, caramba, qué lívida claridad!
Si por lo menos mi situación económica me permitiera cierto desahogo, yo procuraría rehacerme del desastre sentimental en alguna forma. Viajaría, tomaría el rumbo que más se acercase a mis sueños fantásticos y vaya a saberse cómo, pero creo que concluiría por encajarme más cabalmente dentro de la vida. Así no es lo mismo. No tengo un cobre y lo único que me sobran son lágrimas para llorar.
¡Qué dirán en casa cuando mi valija y mi rostro cansado anticipen la noticia! No sé si aceptarán mi decisión, pero, a pesar de ellos, si es preciso, a pesar de sus escrúpulos y sus prejuicios me aparto definitivamente de mi marido. Es cosa resuelta. Pude tolerar la miseria, el desamor, la infelicidad, pude tolerar tantas cosas, todo menos sus golpes. Cont...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Transgresión y revolución en María Luisa Carnelli
  4. Prólogo (a la edición de 1933)
  5. Primera parte
  6. Segunda parte
  7. Tercera parte
  8. Resumen