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Junín 1960
Descripción del libro
Una memoria desde la infancia sobre la vida colectiva en un espacio y época especiales de la ciudad: la carrera Junín en los sesenta.
"Jairo Osorio"
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Información
Año
2013ISBN del libro electrónico
9789588366869Categoría
ArteCategoría
Biografías de artistasFue la niñez. Para entonces, volvíamos a nuestras casas, por la calle Ecuador arriba, y más tarde a las esquinas del barrio. Pero antes de iniciar el regreso a nuestro arrabal propio, dejábamos en el Parque de Bolívar todo el temor y toda la aprensión de niños perdidos que nos producía la algarabía de la carrera Junín, con sus miles de rostros anónimos e indescifrables, intuibles apenas, que llenaban desordenadamente la avenida central de la ciudad desde las primeras horas de la mañana, hasta cuando la noche volteaba para el día siguiente.
Apenas llegábamos a nuestros cuarteles, comíamos de afán para huirle a la furia de las mamás porque habían tenido que calentar varias veces la comida de sus hijos callejeros. Muchas noches, incluso antes de que sus gritos rabiosos nos regañaran por la imprudencia de la correría riesgosa que acabábamos de hacer sin el permiso de ellas, traspasábamos de nuevo hacia la calle los portales policromados de los zaguanes caseros, dejando los platos servidos en la mesa, para perdernos otra vez en la tinieblas, pero ya en los caños de las barras esquineras de la calle 76 o de la 77, en Campo Valdés, o por los barrancos de la 45, en Manrique.
Allí, repetitivos, nos contábamos entre nosotros mismos la travesía diurna de aquellas cuadras a lo largo de Junín –universo profundo que aún no alcanzábamos a entender, ¡pelaítos que estábamos!–, buscando un nombre argentino –el jugador de moda que venía con el Cali o con los Millonarios, nuestros equipos preferidos o visitantes de la fecha. El reto que nos imponíamos era la consecución del autógrafo y el saludo de todos los futbolistas foráneos, como si fueran unos viejos amigos que regresaban al pueblo.
A las doce de la noche, alguien del grupo infantil todavía estaba imitando, por enésima vez, las palabras de José Vicente Grecco, el gaucho de las famosas gambetas en el DIM, o las dicciones de Perfecto Rodríguez, cuando firmaban la libreta coleccionable con un “mucho gusto, pibe”, que a nosotros nos sonaba encantador. Finalmente, cansados de tanta reiteración, nos dispersábamos en otras cosas, o armábamos un partido de fútbol, con nuestros padres de fanáticos sentados en las ventanas y sobre los taludes de la calle, mientras las dos o tres ancianas de la cuadra nos gritaban que dejáramos dormir, como si a esa edad se durmiera. La jornada concluía con la llegada de la Policía, que no venía propiamente a mirar nuestro balompié o a ligar las apuestas por alguno de los equipos; sí lo hacían los zapateros gordos y bravucones de la iglesia del Calvario, y los carniceros de Manrique, los mayores entusiastas de nuestro futbolito endémico de florituras.
Al regreso de las caminadas por Junín, yo era el único que recordaba y contaba en las tertulias nocturnas de la barriada cosas distintas a las niñerías que los demás compañeros habían visto: las poses afeminadas de los ídolos y deportistas extranjeros en el Salón Versalles –frecuentado en cada visita a la ciudad–, y sus palabras caprichosas y vanas, que nos parecían más una jerga tribal que un lenguaje civilizado. Siempre esperaron los amigos (aquellos que no se habían arriesgado con la gallada nuestra), que hablara de las palmadas que arriesgaba en los culitos de las muchachitas, excitado por su andar postizo y sus minifaldas atrevidas, o por sus escotes impúdicos. O de las carreras veloces por los entreveros de Junín, cuando me había excedido con alguna de ellas, tocándole esa otra parte íntima que despertaba con su olor los instintos del hombre bestia que habitaba en mí.
Ciertas noches –muchas en realidad– entretuve las tertulias de niños con historietas inverosímiles en donde yo me sentaba en las escalas de las pensiones habituales entre la Plazuela Uribe Uribe y la calle San Juan, a conversar con sus residentes propios: las zorras pintorreteadas de colores fuertes, estrambóticos, y de piernas gruesas; y a indagarles ingenuamente, por sus vidas de putas. Así, con mis cuentos, me convertía yo en un jefe de cuadra, atrevido, distinto. Empezaba a forjarme, sin saberlo, un oficio de cronista.
Era el comienzo de la década del sesenta. Las familias del barrio procedían de pueblos del suroeste antioqueño, de donde habían huido nuestros padres, por liberales, o por ociosos. (El mío ejerció de tahúr en Caramanta hasta cuando acabó la herencia que tenía para jugar. Entonces, casado a disgusto de sus suegros, lo echaron de allá por rojo los parientes azules de mi madre, en 1954 –tenía yo tres meses de nacido–. A uno de los primos maternos lo llamaban Celso Bala, de lo rápido para castigar con el gatillo a los enemigos políticos. Años más tarde, esa acción cruel del clan, de expulsarlo de la aldea, la juzgó mi padre con bastante generosidad como un favor para su esposa y sus hijos, nosotros).
En esos días de 1960, con el mundo revolcado en todas partes, los niños de entonces lo ignorábamos todo de la vida. El origen de aquella gente que ocupaba a Junín tampoco lo sospechábamos. Nuestro interés de infantes se centraba sólo en los hombres foráneos de los equipos locales de fútbol, y en los dos o tres lugares en donde solían reunirse los viernes en la tarde, o los sábados en la mañana, previo al partido del domingo: el famoso salón de té Versalles –del bonaerense y buenazo de don Leonardo Nieto–, el Hotel Normandie –en Maracaibo, contiguo al teatro Ópera–, y Residencias Bristol, en Maturín.
El único recuerdo vivo que me dejó aquellos momentos el camellón de Guanteros –abajo del Junín más recatado– es el de una calle repleta de cortesanas festivas, piernialtas, repletas de várices, y matas abundantes de pelo grueso, ojos oscuros, saltones –contrastados con sus rostros pálidos–, que al cruzar la vía central de una acera a otra, meneaban con un gusto especial sus grupas de yegua de trabajo, escondidas debajo de las faldas satinadas, lo que las distinguía de inmediato de las demás muchachas de Medellín. Movían esos culos deleitosos idénticos al ritmo de nuestros canutos de madera.
Bajábamos desde Campo Valdés a Junín una o dos veces a la semana –siempre a pie por Ecuador, la carrera 48–, cumpliendo infatigablemente un ritual que para el resto de la ciudad también parecía infaltable y casi místico. Pero, a diferencia de nosotros –los niños de la cuadra–, las demás personas no llegaban a la arteria símbolo de la ciudad en la búsqueda de jugadores extranjeros. Las gentes la invadían –después lo supimos–, porque ese paseo semanal por Junín les ayudaba a disimular la estrechez cultural y mental en la que vivían en este pueblo asfixiado y encerrado por dogmas y curas. Solamente, uno que otro mes al año, los medellinenses podían darse el gusto de disfrutar de una compañía de circo, caída por aquí de milagro. Por lo general, lo promocionaban notificando que venían del extranjero. La divulgación de su espectáculo, el propio circo la realizaba con el desfile de sus payasos desde el teatro Pablo Tobón Uribe, por la avenida La Playa, hasta bien abajo de Junín, los lindes de la plazuela de San Benito, mientras exhibía las maravillas de sus bailarinas, de los malabaristas y los animales, de sus enanos monstruosos, con los que invitaban a olvidar el tedio local bajo su carpa multicolor y remendada.
Cuando bajábamos de Campo Valdés, entrábamos a ese universo callejero de Junín por el costado nororiental del Parque de Bolívar y, de inmediato, los chicos nos sentíamos grandes y tremendamente urbanos. A partir de ese primer momento, junto a las escalinatas de la Catedral, estábamos ya en un mundo extravagante, asustador, ajeno por completo a nuestro universo provinciano. Dado el paso de irrumpir en lo desconocido, no teníamos reversa porque íbamos a medirnos con el mundo de los mayores, que se supone que era el de la fama y el coraje.
Al dejar el Parque de Bolívar –era nuestro último abrigo seguro de aldeanos en ciudad, después de abandonar los solares del barrio–, siempre dudábamos antes de cruzar la calle Caracas, para adentrarnos a esa carrera anárquica y estridente, llena de imágenes y palabras inentendibles de muchedumbre que se confundían con los pitazos molestos de los carro...
Índice
- Cubierta
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- Portada
- Créditos
- Junín 1960
- Contracubierta
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