EL CASO DE IDENTIDAD, SIR ARTHUR CONAN DOYLE.
–Los casos que salen a la luz en los periódicos– dijo Sherlock– son, por regla general, bastante sosos y bastante vulgares.
Los grandes crímenes suelen ser los más sencillos, porque, cuanto más grande es el crimen, más evidente resulta, por regla general, el móvil.
Holmes se había levantado de su sillón, y estaba en pie entre las cortinas separadas, contemplando la calle londinense, tristona y de color indefinido. Mirando por encima de su hombro, pude ver yo en la acera de enfrente a una mujer voluminosa que llevaba alrededor del cuello un boa de piel tupida, llamada Duquesa de Devonshire.
–El oscilar en la acera significa siempre que se trata de un affaire du Coeur. Querría que la aconsejase, pero no está segura. En este caso, podemos dar por supuesto que se trata de un asunto amoroso, pero que la joven no se siente tan irritada como perpleja o dolida. Pero aquí se acerca ella en persona para sacarnos de dudas.
Mientras Holmes hablaba, dieron unos golpes en la puerta, y entró el botones para anunciar a la señorita Mary Sutherland. Sherlock Holmes la acogió con la espontánea amabilidad que lo distinguía.
–¡Ay señor Holmes, si usted pudiera encontrar a mi prometido! No soy rica, pero dispongo de un centenar de libras al año, además de lo poco que gano con la máquina de escribir, y daría todo ello por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel.
–Tenga, pues, la bondad de contarnos todo lo que haya referente a sus relaciones con el señor Hosmer Angel.
–Lo conocí en el baile de los gasistas –nos dijo–. Acostumbraban a enviar entradas a mi padre en vida de éste y siguieron acordándose de nosotros, enviándoselas a mi madre.
Juntas fuimos al baile, acompañadas del señor Hardy, el que había sido nuestro encargado, y allí me presentaron al señor Hosmer Angel.
–Me imagino –dijo Holmes– que, cuando el señor Windibank regresó de Francia, se molestó muchísimo porque ustedes hubiesen ido al baile.
–Pues, verá usted; lo tomó muy a ...