Capítulo LIII El rey
Pasado el primer movimiento de sorpresa, D’Artagnan leyó de nuevo el billete de Athos.
—Es raro —dijo—, que me haga llamar el rey.
—¿Por qué? —dijo Raúl—. ¿No suponéis que el rey deberá echar de menos un servidor como vos?
—¡Oh! ¡Oh! —murmuró el oficial riendo, can los labios fruncidos—. Linda cosa estáis diciendo, querido Raúl. Si el rey me echara de menos, no me hubiese dejado marchar. No, no; yo veo en esto algo mejor, o peor, si queréis.
—¡Peor! ¿Y qué?, señor caballero, tú eres joven, confiado... ¡Ojalá estuviera yo donde tú! Tener veinticuatro años, la frente tersa y cerebro vacío de todo, a no ser de mujeres, de amor o de buenas intenciones... ¡Oh! Raúl, mientras no hayas recibido las sonrisas de los reyes y las confidencias de las reinas; mientras no hayas tenido dos cardenales, muertos en tu época, tigre el uno, zorro el otro; mientras no hayas... Pero ¿a qué vienen esas niñerías? Es menester separarnos.
—¡Cómo me decís eso! ¡Qué aire tan serio!
—La cosa bien vale la pena... Escuchadme, tengo qué haceros una recomendación.
—Ya escucho, caballero D’Artagnan. —Avisaré a tu padre mi marcha. —¿Os marcháis?
—¡Diantre! Le dirás que he pasado a Inglaterra y qué voy a vivir a mi casita de recreo.
—¡A Inglaterra! ¡Vos...! ¿Y las órdenes del rey?
—Cada vez te hallo más cándido. ¿Te figuras tú que así, sin más ni más, voy a presentarme en el Louvre y ponerme a disposición de ese lobezno coronado?
—¡Lobezno el rey! Pero ¿estáis loco?
—Al contrario, nunca he sido más cuerdo. Tú no sabes lo que quiere hacer de mí, ese digno hijo de Luis el Justo... ¡Vive Dios! Esa es la política... Lo que quiere es embastillarme, pura y simplemente.
—¿Con qué propósito? —pregunto Raúl, asombrado de lo que oía.
—A propósito de lo que le dije un día en Blois... Estuve algo vivo y él se acordará.
—¿Qué le dijisteis?
—Que era un roñoso, un canalla, un miserable.
—¡Ah, Dios mío! —dijo Raúl—. ¿Es posible que hayan salido de vuestra boca semejantes palabras?
—Quizá no te haya dado precisamente la letra de mi discurso; pero al menos te he dado el sentido.
—¡Pero el rey os hubiera hecho arrestar al momento!
—¿Par quién? Yo era quien mandaba los mosqueteros, y le hubiera sido necesario mandarme a mí mismo que me condujese a la prisión; yo no hubiera consentido nunca, y me habría resistido a mí mismo. Hoy ha muerto o casi muerto el cardenal, saben que estoy en París, y me atrapan.
—Por tanto, el cardenal era protector vuestro.
—El cardenal me conocía y sabía de mí ciertas particularidades; también sabía yo dé él algunas cosas y nos apreciábamos mutuamente... El cardenal, al entregar su alma al diablo, habrá aconsejado a Ana de Austria que me haga habitar en sitio seguro. Ve, pues, en busca de tu padre, relátale el hecho, y adiós.
—Querido señor de D’Artagnan —dijo Raúl, muy conmovido, después de haber mirado por la ventana—, ni siquiera podéis, huir.
—¿Y, por qué?
—Porque permanece abajo un oficial de suizos que os espera. —¿Y qué?
—Que os arrestará.
D’Artagnan no pudo menos de soltar una carcajada de risa homérica.
—¡Oh! Sé muy bien que resistiréis, que combatiréis, y hasta que saldréis vencedor, pero eso es la rebelión, y vos, que sois también oficial, no ignoráis lo que es la disciplina.
—¡Diablo de niño! ¡Qué bien criado está y qué lógico es! —murmuró D’Artagnan.
—Aprobáis esto, ¿no es verdad?
—Sí. En lugar de pasar por la calle, donde me espera ese bienaventurado, voy a largarme bonitamente por el muro de atrás. Tengo un caballo en la cuadra que es excelente; lo reventaré, mis medios me lo permiten, y de caballo reventado en caballo reventado llegaré a Boulogne en once horas. Sé el camino... No digas más que una cosa a tu padre.
—¿Qué?
—Que... lo que él sabe está muy bien colocado en casa de Planchet, a excepción de un quinto, y que.
—Pero, señor de D’Artagnan, nota que si salís huyendo van a decir dos cosas.
—¿Cuáles, querido?
—Primero, que habéis sentido miedo.
—¡Oh! ¿Y quién dirá eso?
—El primero de todos el rey.
—Pues... dirá la verdad: siento miedo.
—Segundo, que os reconocéis culpable.
—¿Culpable dé qué?
—¡Toma! De crímenes que querrán imputaros.
—También eso es cierto... Así, pues, ¿me aconsejas que vaya a hacerme embastillar?
—El conde de la Fère os lo aconsejaría como yo.
—Lo sé muy bien —dijo D’Artagnan pensativo— tienes razón, no me salvaré. Pero ¿y si me meten en la Bastilla?
—Nosotros os sacaremos —dijo Raúl tranquilamente.
—¡Pardiez! —exclamó D’Artagnan tomándole una mano—. Has dicho eso de una manera— valiente, Raúl; la de Athos pura. Pues bien, parto. No olvides mi último encargo.
—A excepción de un quinto —dijo Raúl.
—Sí. Eres un guapo mozo, y deseo que añadas una cosa, a esa última. —Hablad.
—Esta: si no me sacáis de la Bastilla, y me muero en ella, lo cual se ha visto ya... seré un detestable prisionero, yo, que soy un hombre pasable... En ese caso, te doy los tres quintos, y el cuarto a tu padre.
—¡Caballero!
—¡Diantre! Si queréis, hacerme decir misas, sois libre en ello. Dicho esto descolgó su tahalí, ciñó la espada, caló el sombrero, en ya pluma era nueva, y tendió la mano a Raúl.
Una vez en la tienda, dirigió una ojeada a los mozos, que contemplaban la escena con orgullo y cierta inquietud, y, metiendo la mano en una caja de pasas de Corinto, se fue hacia el oficial, que aguardaba filosóficamente delante de la puerta de la tienda.
—¡Esas facciones...! ¿Sois vos, señor de Friedisch? —exclamó alegremente el mosquetero—. ¡Hola! ¡Así se arresta a los amigos!
—¡Arrestar! —murmuraron entre ellos los mozos.
—Yo soy —dijo torpemente el suizo—; buenos días, señor de D’Artagnan.
—¿He de daros la espada? Os prevengo que es muy larga y pesada: dejádmela hasta el Louvre. No puedo andar sin espada por la calle, y vos también andaríais mal llevando dos.
—El rey no ha dicho nada —replicó el suizo—; guardad, por tanto, vuestra espada.
—Eso es magnífico de parte del rey Marchemos al momento.
El señor de Friedisch no era hablador, y D’Artagnan tenía muchas cosas en que pensar para serio. Desde la tienda de Planchet al Louvre no mediaba mucha distancia, y llegaron en diez minutos, cuando ya era de noche.
El señor de Friedisch quiso entrar por el postigo.
—No —observó D’Artagnan—; par ahí perderíamos tiempo; tomad la escalerilla.
El suizo hizo lo que le recomendaba D’Artagnan, y lo condujo al vestíbulo del gabinete de Luis XIV.
Llegado allí saludó a su prisionero, y, sin decir más se volvió a su puesto. D’Artagnan no tuvo siquiera tiempo de preguntarse por qué no le quitaron
la espada, cuando se abrió la puerta del gabinete, y un ayuda de cámara llamó:
—¡Señor de D’Artagnan!
El mosquetero tomó su actitud de parada y entró con dos ojos extremadamente abiertos, la frente serena y el bigote alisado.
El rey estaba sentado a su mesa y escribía.
Pero no se movió cuando los pasos del mosquetero resonaron en el pavimento, y ni siquiera volvió la cabeza. D’Artagnan se adelantó hasta la mitad de la sala, y viendo que el rey no paraba la menor atención en él, comprendiendo además muy bien que aquello era afectación, como un preámbulo enfadoso para la explicación que se preparaba, volvió la espalda al príncipe y se puso a contemplar con todos sus ojos los frescos de la cornisa y las grietas del techo.
Esta maniobra fue acompañada de este monólogo tácito:
«¡Ah! Deseas humillarme, tú a quien he visto muy chiquito, tú a quien he salvado como hijo mío, a quien he servido como a mi Dios, es decir, por nada. ¡Espera, espera, vas a ver lo que puede hacer un hombre que ha silboteado la tonada del baile de los hugonotes en las barbas del señor cardenal, del verdadero cardenal!».
En aquel momento volvióse Luis XIV y dijo:
—¿Estáis ahí, señor de D’Artagnan? D’Artagnan vio el movimiento y lo imitó.
—Sí, Majestad —dijo.
—Bien, tened la amabilidad de esperarme.
D’Artagnan no respondió nada, pero se inclinó.
«Esto es muy delicado —pensó—, y nada tengo que decir».
Luis hizo un rasgo de pluma violento y la arrojó con cólera.
«Ea, enfádate para ponerte en punto —pensó el mosquetero—; también me pondrás a mis anchas y no estará de más lo que te dije el otro día en Blois».
Luis se levantó, pasó una mano por la frente, y; parándose luego delante de D’Artagnan, lo miró con aire imperioso y benévolo a la vez.
«¿Qué desea de mí? Veamos, que acabe», pensó el mosquetero.
—Caballero —dijo el rey—, sin duda, sabréis que el señor cardenal ha muerto.
—Tenía mis dudas, Majestad.
—Sabréis, por tanto, que soy el amo en mi casa.
—Esa no es cosa que date de la muerte del cardenal, Majestad; siempre es uno amo de su casa cuando quiere.
—Sí; mas os acordaréis de todo lo que me dijisteis en Blois.
Ya llegamos —pensó D’Artagnan—; no me he engañado. Vamos, tanto mejor; esto prueba que todavía tengo el olfato bastante fino.
—¿No me contestáis? —dijo Luis. —Majestad, creo que me acuerdo. —¿Solamente creéis?
—Hace tanto tiempo...
—Si no os acordáis, yo sí me acuerdo; mirad lo que dijisteis; escuchad atentamente.
—¡Oh! Escucho con todos mis oídos, Majestad, porque probablemente la conversación tomará un giro favorable para mí.
Luis miró de nuevo al mosquetero; éste acarició la pluma de su sombrero, luego el bigote y aguardó intrépidamente.
Luis XIV prosiguió:
...