
- 200 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Vicky el vikingo
Descripción del libro
Hey, hey, Vicky, Hey, Vicky, hey.La vela estirarás.Tú eres Vicky, un vikingo más, y vas a navegar…Así empezaba la canción que abría la serie de dibujos Vicky el Vikingo… Pero enseguida nos dimos cuenta de que el intrépido navegante no era, ni mucho menos, uno más de su clan. Vicky está lejos de ser el fiero vikingo de las leyendas nórdicas. Este pequeño héroe solo necesita rascarse la nariz para demostrar a sus rudos compañeros que el ingenio vale más que la fuerza.Es el momento de descubrir al Vicky original a través del primer libro de la saga escrita por Runer Jonsson e ilustrada, magistralmente, por Ewert Karlsson.LAS SERIES DE TU VIDA ANTES FUERON LIBROS.
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LiteratureCategoría
ClassicsEl castillo
Apesar de todo, los vikingos seguían emperrados en su idea de realizar alguna gran hazaña.
Al menos debían llevarse una a casa como recuerdo, le insistían a su jefe, Halvar. Luego, además, podían acrecentar y adornar la historia con unos cuantos detalles de su cosecha.
Un día, avistaron un castillo que se alzaba a cierta distancia de la costa, tierra adentro. Les pareció una fortaleza muy adecuada para sus propósitos, no demasiado imponente y de aspecto algo descuidado, así que les serviría perfectamente. De ese modo, cuando, más tarde, les preguntaran acerca de sus aventuras, podrían responder: «Oh, bueno, entre otras cosas, tomamos un castillo; se lo arrebatamos a los francos, que tuvieron que rendirse. Está feo que lo digamos nosotros, pero la verdad es que hicimos un buen trabajo».
«Ah, ¿y contra cuántos guerreros os batisteis en combate?».
«No nos dio tiempo de contarlos, porque corrían muy deprisa de acá para allá. Aunque desde luego había al menos dos mil en el patio de la fortaleza. A ellos hay que sumar todos los que se apiñaban en las troneras de los torreones. ¡Y qué bien luchaban! ¡Y qué armas tenían! Además de que, claro, eran un blanco muy difícil, agazapados como estaban detrás de las murallas y empalizadas».
«¿Pues, cómo diantres os las apañasteis? ¡Por lo que me cuentas, los francos llevaban todas las de ganar!».
«Ay, cada uno teníamos que vérnoslas con, al menos, una veintena de hombres. En esas circunstancias, no puedes andarte con remilgos ante los golpes o las cuchilladas. Si te rajan un brazo o te abren la cabeza, no tienes tiempo de pararte a ponerte una venda y esas cosas. Lo más difícil de todo fue abrirnos paso con nuestras armas entre ese tropel de contrincantes. Sí, tomar ese castillo acabó siendo una auténtica proeza. ¡Aún no se habla de otra cosa en el reino de los francos!».
Bueno, pues ahí tenían un castillo ante sus ojos; no era uno de los más grandes y sus muros incluso se hallaban medio cubiertos de musgo, pero estaba bien. Al menos, contaba con sus torreones y sus almenas, que son lo que hace que un castillo sea un castillo. Si cuenta con torreones y almenas, se trata de un castillo: eso no lo puede negar nadie.
Para ser exactos, tenía ocho torres, aunque los vikingos de Flake se pusieron de acuerdo en aumentar ese número a diez cuando narraran sus peripecias al regresar a casa. Al fin y al cabo, sabían que quienes les escuchasen iban a restar un par. Por eso, finalmente, decidieron que serían doce. Y no con ánimo de fanfarronear, sino por tener un margen de seguridad ante los cenizos que a toda costa buscarían rebajar su gesta.
A medida que hablaban, el entusiasmo de los hombres crecía ante la perspectiva de tomar el castillo.
Las advertencias y reprimendas de Vicky caían en saco roto. Debían pensarlo bien, les decía. Desde fuera, el castillo podía verse como un objetivo relativamente fácil de conquistar. Pero no tenían ni idea de cuánta gente podía haber allí dentro. ¿Y si tras esos muros se ocultaba una horda de guerreros hacinados? Además, vete tú a saber de qué humor estaban o qué armas poseían. Cabía la posibilidad de que se tratase de personas muy susceptibles que no devolviesen las puñaladas con sonrisas precisamente.

Entonces Tjure replicó que estaban enormemente agradecidos a Vicky por todo lo que había hecho por ellos y que nunca olvidarían lo que le debían. Y que la próxima vez, por tanto, escucharían de buena gana todo lo que tuviera que decirles, fuera lo que fuese. Pero que, hoy por hoy, tenían la intención de llevar a cabo ese ataque.
El muchacho no entendía, continuó Tjure, lo que suponía volver a casa sin una hazaña de la que presumir. No se daba cuenta de lo que significaba para unos vikingos hechos y derechos el haber tomado un castillo; qué sensación tan maravillosa les proporcionaba lograrlo. Por no hablar de lo bien que iban a quedar ante sus paisanos y, sobre todo, ante sus esposas y el resto de mujeres del pueblo. Solo con una cosa así sentían por fin que valían algo, concluyó Tjure.
Halvar, que tenía la última palabra y la decisión final, declaró que no tenía más remedio que darle a Tjure la razón. Había que hacerlo sí o sí, y la discusión debía quedar zanjada ya. Ahora bien, si Vicky quería acompañarlos y ayudarlos con sus buenos consejos, sería más que bienvenido.
—Ah, no... —repuso el pequeño vikingo—. No siento la más mínima necesidad de llevar a cabo proeza alguna. Estoy satisfecho conmigo mismo, tal y como soy. Solo los débiles e inseguros se ven empujados a llamar la atención, pobrecillos. Si así es como os sentís, débiles e inseguros, pues adelante. Aunque, para ser sincero, vuestras razones me parecen de una simpleza total y absoluta, así de claro os lo digo. Confío en que en el futuro haya cada vez más gente que esté de acuerdo conmigo.
Ante esas palabras, los marinos se agarraron un berrinche de aquí te espero: se pusieron a patalear con tal furia que hicieron temblar el barco y dijeron que, en algunos aspectos, Vicky era tonto de remate. Ni hablar, no iban a perder más tiempo escuchando las bobadas de un mocoso.
—Yo seré un mocoso, pero vosotros os vais a comer los mocos. O algo peor... —replicó el chico.
Haciendo oídos sordos, los hombres de Halvar partieron, dispuestos a asaltar el castillo. Mientras marchaban, adoptaron una expresión muy seria y solemne: en sus rostros se reflejaba claramente lo deseosos que estaban de ganarse los laureles. ¡Ay, qué carita tan seriota ponían!
A Vicky le dio un ataque de risa al verlos y estalló en ruidosas carcajadas, sin ni siquiera —¡y mira que eso les cabreaba!— molestarse en taparse la mano con la boca.
Cuando su padre y el resto de los hombres se acercaron a la fortificación, vieron que, como más o menos cabía esperar, se hallaba rodeada por un foso. Pero también observaron que el puente levadizo estaba bajado, lo cual les hizo babear de la emoción.
Halvar destacó a tres de los suyo...
Índice
- Portada
- Portadilla
- Créditos
- El acoso de la fiera
- La competición
- La trampa
- La persecución
- El castillo
- En la aduana danesa
- El final feliz
- Autor e ilustrador
Preguntas frecuentes
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