Breve historia del condón y de los métodos anticonceptivos
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Breve historia del condón y de los métodos anticonceptivos

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Breve historia del condón y de los métodos anticonceptivos

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Este libro hace un recorrido minucioso de la evolución histórica de los métodos contraceptivos, desde el condón hecho de tripa o vejiga hasta la píldora del día siguiente. Puesto que la percepción que se tenía de la sexualidad ha ido cambiando según cada cultura y cada época, esta obra hace un repaso histórico de ella para así comprender y explicar cómo fueron surgiendo una serie de métodos para prevenir el contagio de enfermedades o para evitar el embarazo. Muchos de estos han quedado registrados desde tiempos remotos. Entre ellos se encuentra, por ejemplo, la ilustración en la cueva de Combarelles —con quince mil años de antigüedad— donde, aparentemente, aparece un hombre usando un preservativo. También han quedado recogidos en papiros egipcios y en documentos griegos y romanos. En este libro sumamente documentado se detallan, además, algunos métodos muy curiosos como, por ejemplo, el uso del estiércol de cocodrilo para matar el esperma, la utilización del mercurio para abortar, los diafragmas de cáscara de granada, los condones de seda para los ricos, el DIU de piedras de río…

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Información

Año
2019
ISBN
9788497637848
1
De homo erectus
a homo eroticus
Bien haya el inventor tan excelente
de un arte en todas formas eminente,
tan útil y gustoso. ¿Quién sería?
¡Qué elogios al saberlo yo le haría!
Mas, ¿cómo no percibe mi rudeza
que el autor solo fue Naturaleza?
En la ley natural no fue delito
ser los hombres más justos putañeros,
ni tuvo entonces tasa el apetito.

Nicolás Fernández de Moratín,
El arte de las putas.

En el reino animal, la sexualidad está sometida a los ciclos de fecundidad, porque las hembras solamente aceptan copular con los machos durante los periodos fértiles, los que se conocen habitualmente como «celo».
Lo mismo sucedió con la especie humana hasta que, hace entre treinta o cuarenta mil años, la hembra independizó su deseo sexual de sus ciclos fértiles y se acercó al macho incluso estando preñada, algo que ninguna otra hembra animal hubiera admitido. Este hecho se deduce de los cambios de comportamiento sexual que aparecen plasmados en las paredes de las cuevas habitadas por seres humanos a lo largo del Paleolítico Superior. En las imágenes más antiguas, la información gráfica de actividad sexual humana aparece siempre relacionada con la fecundación, mientras que, en los dibujos más tardíos, se aprecia que la sexualidad se relacionaba ya con el placer, la seducción y la exploración de objetos sexuales (Javier Angulo y Marcos García, Diversidad y sentido de las representaciones masculinas fálicas paleolíticas en Europa occidental).
Los resultados de esa emancipación fueron sin duda enriquecedores para la especie y subrayaron nuevas diferencias respecto a los demás animales, una de las cuales fue el nacimiento del erotismo, manifestaciones de la sexualidad que nada tenían que ver con lo genésico. Tengamos en cuenta que, para la biología, la sexualidad es el conjunto de actividades y hechos relacionados con la procreación. Sin embargo, el ser humano empezó a utilizar el placer sexual como moneda de intercambio y terminó por convertirlo en una forma de salvar el abismo que le separa del resto del universo y unirse simbólicamente con el mundo1.
No obstante, al comprobar que, a diferencia de las hembras animales, la hembra humana continuaba sintiendo deseo sexual después de aparearse y de concebir, surgió un mito que ha venido planeando sobre la mayoría de los pueblos, que ha sobrevivido a la Edad de la Razón y que reaparece constantemente en nuestro tiempo, tanto en las culturas más conservadoras como en las más renovadoras: la desmesura del deseo de la mujer, la leyenda de la devoradora de hombres, de la mantis religiosa, de la vagina dentada.
En la Antigüedad, este mito aparece plasmado en figuras, relieves y tallas de diosas prehistóricas que son a la vez madres, amantes y devoradoras, como la diosa india Cali, que da la vida y la arrebata, o como las figuras precolombinas de muchas culturas de América que muestran diosas con una boca entre las piernas, dotada de dientes bien afilados, amenazadores y castrantes.
Para los humanos, la diosa se convirtió en el mito de la hembra demandante a la que ningún macho es capaz de satisfacer. Un mito que ha suscitado el temor ancestral del varón al sexo femenino, un sexo oculto, interno, oscuro y misterioso que, además, mana sangre2. Tan oscuro y misterioso como sus pensamientos e intenciones. Un temor que probablemente indujo un día al hombre a someter a la mujer y a convertirla en un ser inferior y oprimido, para mantener bajo control su temible voracidad sexual y su aún más temible astucia.
Mitos aparte, la adquisición de la conciencia, esa capacidad que permite al hombre saber intelectualmente que su destino es la muerte, determinó la principal diferencia respecto a los animales. Y la sexualidad marcó nuevos distanciamientos.
¿QUIÉN ARARÁ MI TERRENO HÚMEDO?
Primero fueron los ritos de fertilidad, espectáculos sexuales y danzas rituales empapadas de erotismo que habían de atraer la fecundidad sobre los hombres, los animales y las tierras.
Los artistas o, probablemente, los chamanes, idearon numerosos símbolos femeninos cargados de poder genésico, figuras emblemáticas que en los siglos XIX y XX se llegaron a denominar «pornografía plástica de la prehistoria», sin comprender que aquellas manifestaciones artísticas eran precursoras del arte religioso. Vulvas ostentosas, pechos contundentes, vientres fecundos, caderas desmedidas, representaron la función maternal de la mujer, la madre, la diosa, el origen de la vida. Esto bien pudo proceder de un tiempo en que los hombres desconocían la relación entre el sexo y la generación y atribuían exclusivamente a la hembra la capacidad de procrear, como la tierra producía frutos silvestres sin necesidad de sembrarla.
La magia por analogía (o por simpatía) estableció una relación estrecha entre la sexualidad humana y la fertilidad de los animales o de la tierra, convirtiendo el ritual sexual en garantía de fecundidad y de éxito social. En todas las culturas, los adolescentes han celebrado siempre su llegada al mundo adulto, es decir, su capacidad para procrear, con distintos rituales que, al refinarse los pueblos, se convirtieron en ceremonias de presentación en sociedad, como la puesta de largo para las jóvenes (esos bailes de debutantes que todavía vemos en las películas) o las novatadas para los muchachos.
La invención de la agricultura hizo surgir la conexión entre el acto sexual y la fertilidad de la tierra y de los animales domésticos, una idea de la que participaron las comunidades agrícolas de todo el mundo, celebrándose rituales de danzas y apareamientos litúrgicos que habían de promover la abundancia de frutos y de crías humanas y animales.
image1
Venus de Willendorf (c. 25 000-20 000 a.C.), hallada en Willendorf en 1908. Este emblema de fecundidad se conserva en el Museo de Historia Natural de Viena, Austria.
EL PODER FEMENINO
Varios antropólogos de los siglos XIX y XX aseguraron haber encontrado tribus en Australia que desconocían la intervención masculina en la reproducción, atribuyendo la fecundación a espíritus que se introducían en el útero de la mujer. Hay estudiosos que opinan que estas mismas creencias determinaron hace miles de años la preponderancia de la mujer sobre el hombre en los pueblos primitivos constituidos como matriarcados. Otros señalan que fueron los pastores quienes observaron por primera vez la relación entre la cópula y la fecundación de los ganados y comprendieron la trascendencia del papel del varón en la generación, dando lugar a las sociedades patriarcales. De hecho, algunas mitologías atribuyen a los pastores la victoria sobre las tribus de amazonas, mujeres guerreras y poderosas que han simbolizado el matriarcado.
De la civilización sumeria nos ha llegado el texto más antiguo que recoge el simbolismo entre el acto sexual y la siembra. Es un himno procedente del tercer milenio antes de nuestra Era, en el que la diosa virgen y madre Inanna pregunta: «¿Quién arará mi vulva? ¿Quién arará mi terreno húmedo?» y el dios pastor Dumuzi responde: «Gran señora, yo araré tu vulva».
En Sumer, la gran sacerdotisa Inanna ejercía la prostitución sagrada copulando una vez al año con el rey, del que era esposa ritual, para materializar en la tierra los actos de los dioses en el cielo. Nos lo cuenta el himno que canta la Santa Boda entre la sacerdotisa Shubad, encarnación terrenal de Inanna, y el rey Mescalamdug, encarnación terrenal de Dumuzi, quien la conduce a la cámara sagrada para celebrar el rito que asegurará durante un año la fertilidad de las mujeres sumerias, de los animales y de las tierras.
PARIRÁS A TUS HIJOS CON DOLOR
Aquel cambio que se produjo en la hembra del homínido y que convirtió la receptividad sexual limitada propia de los animales en disponibilidad permanente propia del ser humano determinó la capacidad de la hembra humana para reproducirse en cualquier época del año. Y entonces tuvo lugar una nueva circunstancia que hasta ese momento no se había previsto. El exceso de población llegó a poner en peligro la subsistencia de los pueblos.
No obstante, el hecho de que la hembra humana fuera capaz de concebir a lo largo de todo el año no debió suponer por sí solo un exceso de población. Hay que tener en cuenta las elevadas tasas de mortalidad infantil, la costumbre de muchos pueblos de sacrificar niños a los dioses y, además, claro, la dificultad de la hembra humana para dar a luz.
Si observamos los mitos antiguos, podemos interpretar la maldición bíblica con la que el dios judío acompañó la expulsión del Paraíso: «parirás a tus hijos con dolor». Significa que cuando el ser humano se irguió, hace unos diez millones de años, sobre sus dos extremidades posteriores, la nueva postura dificultó el parto —a veces con resultado de muerte— porque, para mantener el equilibrio, el canal pélvico hubo de estrecharse. La selección natural se ocupó de favorecer a las hembras que parían crías prematuras o de pequeño tamaño, capaces de atravesar sin riesgo la estrechez de la pelvis.
Las hembras animales parían sin grandes dificultades y sus crías se independizaban rápidamente, pero las hembras humanas que conseguían dar a luz y mantenerse con vida, parían hijos inmaduros dependientes y necesitados de cuidados durante largo tiempo, lo que obligaba a las madres a dedicarles la atención que hubieran podido dedicar a la caza o a la recolección. Para subsistir, recabaron la protección del macho que debía proporcionarles alimento y amparo. Por fortuna, para entonces, ya las mujeres contaban con una poderosa moneda de cambio con la que pagar sobradamente los servicios masculinos: los favores sexuales continuados y el recién estrenado erotismo.
Para los machos aquello debió ser la vuelta al Paraíso. La hembra siempre en celo y siempre dispuesta a copular. Y, por si fuera poco, el coito frontal que permitía el encuentro social, el reconocimiento del rostro de la hembra que se ofrecía solícita y que expresaba el placer que los movimientos pélvicos masculinos le producían al estimular rítmicamente su clítoris. Una nueva distinción de las otras especies animales y un nuevo hallazgo de la sexualidad humana. El homo erectus se había convertido en homo eroticus.
MOLER EL MOLINO SIN HACER PASAR EL AGUA
Los aedos contaban que un día la Tierra se quejó con su hijo Zeus: «Me pesan mucho los hombres. ¿Por qué no promueves una guerra para que mueran unos cuantos?».
Llegó un día en el que fue necesario recurrir a nuevos medios para impedir el desbordamiento demográfico. Cuando ya ni las enfermedades, ni las migraciones, ni los sacrificios, ni las guerras consiguieron equilibrar el balance entre muertes y nacimientos, el hombre estableció una nueva diferencia con los animales: empezó a espaciar su reproducción.
Evitar la reproducción no siempre obedeció a la presión demográfica. Una de las primeras descripciones que conocemos de un método para eludir un coito fecundo aparece en la Biblia (Génesis, 38: 8-10), en el relato del matrimonio de Onán y Tamar y su finalidad nada tuvo que ver con los motivos que subyacen generalmente a la contracepción.
Tamar se casó con Er, hijo de Judá, pero quedó viuda antes de tener hijos. Dado que para un judío no hay cosa peor que morir sin descendientes, Judá obligó a su segundo hijo, Onán, a cumplir la ley del levirato, casándose con su cuñada y procreando hijos para el hermano muerto.
Pero Onán, sabiendo que los hijos que su mujer pariera no serían sus herederos, sino los de su hermano, derramaba su simiente en la tierra, es decir, practicaba el coito interrumpido. Y Dios castigó con la muerte su desobediencia a la ley del levirato.
Dos veces viuda y sin hijos, Tamar se vio abocada a esperar largos años hasta que el menor de sus cuñados, Selá, tuviese edad para desposarla. Temió que aquel matrimonio nunca tuviera lugar o que ella perdiera la fertilidad antes de volverse a casar y tomó una decisión valiente y definitiva. Se disfrazó de prostituta y sedujo a su suegro Judá, con el que tuvo finalmente dos hijos gemelos, Farés y Zara.
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Judá y Tamar, por Jean Horace Vernet. Tamar no consiguió hijos de ninguno de sus dos esposos y se vio obligada a engañar a su suegro, disfrazandose de prostituta, para tener descendencia.
El coito interrumpido fue, sin duda, el primer método empleado para evitar la concepción. No precisa instrumentos ni pócimas ni lavatorios y, además, se le puede ocurrir al más ignorante, como dice Alfred Savuy.
Sin embargo, no se encuentran demasiadas referencias exceptuando la historia de Onán y algunas otras, como un poema de Arquiloco de Paros que, en el siglo VII a. C., cuenta que sedujo a la hermana menor de su prometida y que «se dejó ir con todo su vigor sobre ella, aunque apenas rozando su vello castaño...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Legales
  4. Dedicatoria
  5. Índice
  6. Prólogo
  7. Capítulo 1
  8. Capítulo 2
  9. Capítulo 3
  10. Capítulo 4
  11. Capítulo 5
  12. Capítulo 6
  13. Bibliografía
  14. Contraportada