Las beguinas fueron mi´sticas absolutamente originales, capaces de desarrollar un pensamiento teolo´gico ine´dito, cuyo centro es el alma que busca a Dios a trave´s de un incesante dia´logo amoroso, dirigido simplemente a sen~alar el proceso que siguentodos aquellos que emprenden un camino espiritual, «porque Dios Amor no exige nada para darlo todo, y que lo mejor para el alma es aniquilarse en Dios». No eran bien vistas por dos motivos: en primer lugar, se las consideraba un peligro, porque intelectualmente eran superiores a gran parte de la poblacio´n y del propio clero; y tambie´n porque se dedicaban al cuidado de la gente ma´s desfavorecida sin pedir nada a cambio; eran humildes y sencillas. Esto despertaba un sentimiento de miedo y rechazo en la sociedad medieval del momento, que estaba marcada por el cambio radical de la Iglesia, que habi´a evolucionado desde la defensa de la ayuda al pro´jimo hasta la Iglesia perseguidora de infieles y herejes, que se sustentaba en el poder de la Inquisicio´n -y de la poca cultura de la gente-.

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Beguinas. Memoria herida
Descripción del libro
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Información
Editorial
Ediciones SM EspañaAño
2021ISBN de la versión impresa
9788428837682
ISBN del libro electrónico
9788428838115
Categoría
Theology & ReligionCategoría
History of ChristianityPARTE PRIMERA
Hay un aspecto de las místicas medievales que me parece de un interés filosófico de primer orden. Al no considerarse concernidas por la teología tan elaborada de las escuelas, se nutrían en muchas ocasiones de la experiencia cotidiana, de las pláticas, por así decir, de lavadero.
Por eso encontramos en ellas una fenomenología de eros –no de un agape meramente angélico–, pero también del cuidado. Son María, sí, pero con toda la sabiduría sobre lo pequeño, aunque imprescindible, que hemos de suponer en Marta.
Puede que santa Hildegarda sea uno de los ejemplos más claros de este segundo aspecto: el de una fenomenología de lo cotidiano frente a la pura metafísica de los conceptos.
JULIO GARCÍA CAPARRÓS
filósofo y poeta
LA EDAD MEDIA.
APROXIMACIÓN
Acotar cronológicamente la Edad Media u otro período histórico no es algo que se pueda hacer con exactitud milimétrica. En el caso que nos ocupa, la referencia para su aparición coincide con la caída del Imperio romano (476 d. C.) y se alarga hasta el descubrimiento de América (1492), que da paso a la Edad Moderna, y así lo dice la historia civil. Sin embargo, por lo que se refiere a la historia de la Iglesia, los estudiosos nos dicen que la Edad Moderna comienza hacia el siglo XII 1, es decir, mucho antes, y que la presencia e influencia de la Iglesia en ese período fue muy importante.
Esa presencia religiosa no se adoptó o permitió por capricho, afán de protagonismo o de dominación –reconociendo que hubo excesos, como en todo–, sino que había una razón muy importante en aquel momento para que lo religioso tuviera un protagonismo central que se supo ver y se reaccionó en consecuencia. La Edad Media es un concepto cultural europeo concebido en un momento en el que Europa, viéndose muy inferior en muchos aspectos, recurrió e insistió en la pureza de sus prácticas religiosas como defensa frente a la civilización islámica, que estaba muy asentada en el sur 2 y por la que se veía amenazada. La mayor amenaza era la difuminación y desaparición de la cultura cristiana, es decir, de la esencia de esa identidad europea que estaba formándose. Pues bien, «las mujeres, que fueron tan necesarias como los varones en la construcción y asentamiento de Europa, no aparecen en los libros de historia, ni hay, por lo general, voces masculinas que reclamen su presencia» 3.
Debemos entender también que desde que se inicia la Edad Media hasta su final, que se da con el descubrimiento de América y la llegada de la Reforma, estamos hablando de una Europa cristiana y católica toda ella –si bien persistían algunos elementos paganos y algunas disidencias que querían purificar a la Iglesia–. Esta realidad nunca más se ha vuelto a repetir y nunca más se repetirá.
La sociedad
La Baja Edad Media, período en el que nos situaremos con las beguinas, está muy lejos de ser un tiempo oscuro e improductivo. Al contrario, fue una época bulliciosa, movida, colorista, llena de inventos y llena de vida, coincidiendo con guerras, cruzadas y epidemias.
Desde finales del siglo XI y principios del XII, la sociedad había emprendido una transformación rápida desde el desarrollo económico. En ese momento todavía no había grandes innovaciones tecnológicas –llegarían muy poco más tarde– que favorecieran ese desarrollo; sin embargo, sí hubo un cúmulo de circunstancias que crearon el ambiente necesario para que ese desarrollo se produjera: el Mediterráneo, bajo control occidental, el declive político de Grecia y del mundo musulmán, la acumulación de capital en los lugares más comerciales de la naciente Europa... La expansión fue irresistible e irrefrenable. Se mejoraron los caminos y los canales, que ayudaron al tráfico de mercancías, hubo nuevos métodos –realmente, métodos de los romanos, que habían caído en desuso– para hacer más rentable la agricultura, los mercados y la aparición de los créditos... todo esto favoreció el crecimiento económico.
Las ciudades empezaron a tomar carácter y los gremios tuvieron mucho que ver en ello; la industria del tejido despegó con fuerza, y tras ella todas sus derivadas: manufactura de telas, teñido de las mismas, confección... La burguesía medieval –llamada así porque vivían en los burgos de las ciudades– no estaba sujeta a la jurisdicción feudal, que afectaba a los campesinos, y así resultaba mucho más libre. Económicamente era la que más vida daba a la ciudad, aunque los negocios de los artesanos también ayudaban lo suyo.
La familia no era precisamente un ejemplo de núcleo de afectos. Los matrimonios de nobles, burgueses y pobres resultaban de transacciones comerciales –más fructíferas en unos casos que en otros–, donde el valor lo daba la mujer. Esta realidad diseñaba una estructura familiar afectiva tan pobre que hasta la maternidad era un azar propio del papel de esposa o de la simple condición de mujer, donde el apego y sentimiento materno-filial no destacaba –los niños tenían una alta tasa de mortalidad y era mejor no encariñarse mucho con el hijo 4–, y donde los nobles y ricos buscaban herederos, varones a poder ser, y los pobres, hijos varones a los que poner a trabajar apenas fuera posible.
Los inventos de la Baja Edad Media –no olvidemos que estamos en una sociedad tan teocéntrica y tan compleja sociológica y religiosamente como creativa– no se quedaron allí, y todavía hoy utilizamos muchos de ellos 5, porque fue un período muy activo; se conocen las primeras lentes convexas, que permiten observar objetos a gran distancia; se empieza a medir el tiempo con los primeros relojes mecánicos; los viajes se aceleran –pese a lo complicado que era viajar– al ritmo de las peregrinaciones –Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela y, en menor medida, aunque también con una fuerza notable, Vézelay, donde se creía que estaba enterrada María Magdalena– y de las cruzadas, que permitían también el viaje de las ideas; se construyen catedrales con arbotantes y magníficas vidrieras que permitían al hombre mirar hacia lo alto y, de alguna manera, visualizar el cosmos. Las catedrales tuvieron una importancia capital en el asentamiento de la cultura cristiana, porque, en una sociedad donde pocos sabían leer, entrar en una catedral era, casi, entrar en la trascendencia.
Las nuevas catedrales proporcionaban a los creyentes un reflejo de otro mundo. Habían oído hablar en himnos y sermones de la Jerusalén celestial, con sus puertas de perlas, sus joyas inapreciables, sus calles de oro puro y vidrio transparente [...] Ahora, esa visión descendió del cielo a la tierra. El fiel que se entregase a la contemplación de toda esa hermosura sentiría que casi había llegado a comprender los misterios de un reino más allá del alcance de la materia 6.
Todo se mueve, todo avanza, y una cultura –la cristiana– se asienta y va, poco a poco, dibujándose en la pintura de las primeras tablas al óleo; dando forma a la literatura –más destinada a los círculos intelectuales que al gran público– de la mano de monjes y monjas de los monasterios, pero también deja paso a una literatura donde se glosan las virtudes de los caballeros y las reacciones de algunas sorprendentes damas, y en la que aparece algo impensable hasta entonces: el amor cortés, que no siempre va a tener un final feliz –Tristán e Isolda, con la escena de los dos durmiendo en el bosque separados por la espada clavada en el suelo, es todo un referente– y va a tener más repercusión de la que a simple vista pueda parecer. También los romances por medio de trovadores –en las lenguas que van apareciendo– acercan historias a quienes no sabían leer en los espacios abiertos de las ciudades, en los cruces de caminos y en los mercados 7.
Los monasterios, la Iglesia y los obispos
En el año 1050, el monopolio benedictino era incuestionable; hacia 1300 ya estaban en escena casi la totalidad de posibles variantes religiosas: los cartujos y muchas Órdenes de ermitaños; los templarios y otras órdenes militares; las diferentes ramas de canónigos regulares; los cistercienses; organizaciones para la ayuda y auxilio a presos... Todas estas Órdenes y organizaciones eran distintas entre sí, tenían sus constituciones o reglas, y cada una de ellas había nacido bajo la protección de un papa. Para hacernos una idea de su importancia, entre Inglaterra y Gales hubo más de ochocientas comunidades religiosas de todo tipo 8, y en concreto, en Londres, diecinueve; en la diócesis de Cambrai; en el norte de Francia, más de ochenta; en París, veintidós 9.
Pocas veces se puede observar a lo largo de la historia una época en la que la mayor conquista de logros esté al servicio de una única meta: la expansión de la sociedad, de una sociedad fuertemente jerarquizada donde los monasterios y la Iglesia jugaron un papel esencial.
Los monasterios contribuyeron en gran medida al desarrollo global de la sociedad medieval. Aunque por costumbre relacionamos la imagen de los monasterios con las bibliotecas, en realidad fueron mucho más que eso, ya que se encargar...
Índice
- Portadilla
- Dedicatoria
- Prólogo
- Octubre de 1997
- Parte primera
- Parte segunda
- Epílogo
- Enheduanna (2354 a. C.)
- Bibliografía
- Notas
- Contenido
- Créditos
Preguntas frecuentes
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