De Macondo a McOnco: Cuerpos extraordinarios, genética y elocuencia de la enfermedad en la narrativa de Fernando Vallejo, Margo Glantz y Mario Bellatin
Claudia Leitner
Universidad de Viena
El niño nacido con cola de cerdo, figura clave en Cien años de soledad, es probablemente la imagen de deformación genética más corriente que la literatura latinoamericana haya aportado a la narrativa del siglo XX. Forma parte de los procesos vitales exuberantes y los excesos corporales que se han consolidado como parte de los clichés mágico-realistas, trademark casi imprescindible de la literatura proveniente de América Latina. Más allá de las recetas exitosas del macondismo, sin embargo, y al compás de los avances biotecnológicos, se ha establecido una narrativa latinoamericana que en sus poéticas corporales se enfrenta con el imaginario genético, imaginario que en la actualidad no solo enfatiza lo modificable de lo corporal con repercusiones a nivel interpersonal e intergeneracional, sino que, en su reducción de la noción de la vida misma a moléculas, viene retando y desplazando las referencias viscerales que solían definir y garantizar la autenticidad del cuerpo. En lo que sigue, propongo una lectura de tres textos literarios de comienzos del siglo XXI, con los que el autor colombiano residente en México Fernando Vallejo, la autora mexicana Margo Glantz así como el autor mexicano-peruano Mario Bellatin vierten en narrativa una «micropolítica de delimitación» corporal dinamizada por la biotecnología y su industrialización a partir de los años ochenta.
Si Cien años de soledad ya puede considerarse «a parable of genetics» (Bloom 2006: 33), su publicación en 1967 corresponde a la fase inicial del apogeo de la biología molecular, con el establecimiento de los «ácidos nucleicos en el centro mismo de la vida» y la de-mistificación correspondiente de nociones como «herencia» o «material genético» (Vallejo 2002a: 20). Fue sobre todo la guerra contra el cáncer declarada por el gobierno de los Estados Unidos de América a principios de los años setenta la que propició inversiones a gran escala en la investigación biomédica. Algunos cambios en la legislación favorecieron el registro de patentes y la comercialización de microorganismos genéticamente modificados y antes inexistentes. (Amir /Linortner 2013: 14) Hacia finales de los años ochenta se lanza el proyecto de secuenciación del genoma humano, que prometió nada menos que la «descripción completa del libro de la vida» (Reguero Reza 2013: 6) y que rindió sus primeros resultados dentro de la década siguiente: entre ellos, la secuencia completa del primer cromosoma en 1999. Justo en el año simbólico 2003, medio siglo después de la publicación del modelo de la estructura helicoidal de ADN por James Watson y Francis Crick, se declaró completa la secuencia esencial del genoma humano: con el resultado sorprendente de que el número de genes que constituyen el genoma (unos 25.000) quedaba muy por debajo de las expectativas iniciales. En su ensayo La tautología darwinista, tratado en que influye tanto su talento de escritor polemista como su entrenamiento formal como biólogo, Fernando Vallejo apunta cómo el devenir molecular de la biología ha contribuido a tremendos avances en la biomedicina, por ejemplo en el diagnóstico de enfermedades: «Hay tumores desencadenados por virus, marcadores tumorales contra los que se producen anticuerpos y cánceres heredables: he aquí la oncología relacionada con la virología, la inmunología y la genética» (Vallejo 2002a: 20).
Los tres textos de ficción que aquí se analizarán corresponden a esta fase acelerada de investigación genética en el cambio de milenio, en que el propósito de descifrar completamente la «naturaleza humana» selló otro desplazamiento de autoridad cultural en cuanto a la definición del concepto: «In the Enlightenment it was political philosophers; in the nineteenth century it was religious believers, psychologists, and anthropologists; today it is scientists working at the level of the gene» (Garber 2003: 248). Se trata de la novela El desbarrancadero de Vallejo, publicada en 2001 y galardonada con el Premio Rómulo Gallegos en 2003, la novela Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador de Glantz y la novela Lecciones para una liebre muerta de Bellatin, ambas publicadas en 2005, en la misma editorial española, Anagrama. Si las agrupo bajo la contraseña «McOnco», es por un lado porque estos tres textos, en el rol protagónico que asignan a las enfermedades, contestan y cuestionan las promesas hiperbólicas de la ingeniería genética en cuanto «human enhancement and disease control» (Zuss 2003).
En estas ficciones el momento decisivo de distanciamiento del lugar selvático llamado Macondo consiste no tanto en la obvia vuelta tópica hacia lo urbano y lo digital propuesta en metaplasmas corrientes como «McOndo» o «Macon.doc». Consiste más bien en desplazar la atención hacia los espacios cerrados de las clínicas, los asilos y los laboratorios, y hacia otros lugares urbanos caracterizados por una exclusividad o una cohabitación precaria. Consiste, en cuanto a imágenes corporales, en un corte y transporte hacia el interior del cuerpo, cuya totalidad queda abandonada mientras se revelan, gracias a nuevas tecnologías de intervención y visualización, nuevas superficies y agencialidades inadvertidas hasta el momento. Los aparatos de la tecnomedicina revelan verdades corporales que van más allá del inconsciente óptico teorizado por Walter Benjamin en las primeras décadas del siglo XX. Transmiten la idea de otro sistema escritural a la espera de desciframiento, frente al cual las letras y lecturas habituales quedan inoperantes: así, la angustia vital y personal en Historia de una mujer... se desdobla con otra forma de angustia cultural al percibirse «un pequeño bulto oscuro que aparece perfilado en la pantalla del ultrasonido, deletreando otro alfabeto, otro sistema de lectura» (Glantz 2005: 181).
Borrador de genes: Fernando Vallejo
La novela autobiográfica El desbarrancadero de Fernando Vallejo es un monólogo furioso de un yo doliente y contradictorio. Partes del texto se inclinan, irónicamente, hacia la posición horizontal del paciente en sesiones psicoterapéuticas: «y si ahora se lo nombro yo, doctor, es arrastrado por el “elán” del verbo. Yo aquí tendido en su diván hablando y usted oyendo, cobrándome con taxímetro» (Vallejo 2003: 74). El desbarrancadero funciona, según Jacinto Fombona, «como una madeja en la que se teje y se pone en juego todo tipo de conexiones discursivas. Entre ellas el discurso biomédico sobre el sida, la enfermedad y el dolor físico, y sus construcciones de la certeza» (Fombona 2006). El hilo central parte de la vuelta a casa en Medellín de Fernando, el narrador en primera persona, para cuidar a su hermano agonizante Darío. Han pasado cuatro años desde que los dos hermanos, cuya complicidad se funda en buena parte en haberse lanzado ambos a una vida homosexual hazañosa, se sometieron juntos a un examen que resultó positivo en el caso de Darío, y negativo en el caso de Fernando: un examen «para ver si portábamos en el torrente sanguíneo, entre tanta vitalidad desviada, el bichito solapado del sida» (Vallejo 2003: 35).
En un continuo decir y desdecir, el lenguaje de Fernando está permeado por exageraciones e hipocresías, las suyas tanto como las de su entorno. Así capta, por ejemplo, todo el estigma social frente a la enfermedad que no debe nombrarse:
Volví cuando me avisaron que Darío, mi hermano, el primero de la infinidad que tuve, se estaba muriendo, no se sabía de qué. De esa enfermedad, hombre, de maricas que es la moda, del modelito que hoy se estila y que los pone a andar por las calles como cadáveres, como fantasmas translúcidos impulsados por la luz que mueve a las mariposas. ¿Y que se llama cómo? Ah, yo no sé. Con esta debilidad que siempre he tenido yo por las mujeres, de maricas nada sé, como no sea que los hay de sobra en este mundo incluyendo presidentes y papas. (ibid.: 8)
A pesar de esta toma de distancia inicial, que desmiente tanto la propia orientación sexual como que pretende ignorancia frente al sida, Fernando acompaña a su hermano moribundo con simpatía y conocimiento. Simpatía en el sentido más literal e inmediato: un «sufrir juntos» (cf. Garber 2003: 239), una «fijación del escritor con el cuerpo de su hermano» (Herrero-Olaizola 2007: 52), que se t...