«Salomé» (1918) es considerada por su autor, José María Vargas Vila, como una novela-poema. En ella retoma el mito bíblico de Salomé y san Juan Bautista. De nuevo, la princesa Salomé aparece retratada como una mujer fría, egoísta y cruel, al mismo tiempo que terriblemente bella.

- 250 páginas
- Spanish
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Salomé, novela poema
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ClásicosDesde el vestíbulo, alineadas las guardias en actitud hierática;
brillan las lanzas;
lucen los yelmos...
espejean las corazas...
bajo los cascos dorados, los oficiales aparecen como coronados de llamas;
en el átrium, dos filas de esclavos, la frente contra el suelo, hacen zalemas a los invitados y musitan filaterías guturales de Salutación;
adentro el gran Salón octágono, el Salón de las fiestas, esplende como una selva incendiada...
los frisos, los capiteles, los intercolumnios, semejan enredaderas de estrellas, bajo las cúpulas de malaquita;
las columnas de jaspe, que sostienen el ábside central, desaparecen bajo las flores;
las rosas de Arabia, los geranios de Terebinto, los nardos de Trebisonda, que agonizan en los grandes vasos de ágatas y de ónix, mezclan sus perfumes al de las mirras y, las esencias que se queman en los pebeteros de oro que agitan las esclavas...
la atmósfera es pesada de olores...
ha terminado el festín;
los embajadores y sus comitivas;
los altos jefes militares y, los cortesanos del Palacio;
hacen corte, abiertos en alas a ambos lados del Trono;
hay también oficiales romanos, enviados por el Pretor, para hacer homenaje al Tetrarca;
éste, alto y graso, la frente angosta, los ojos bovinos de búfalo doméstico, la tez roja por el abuso del vino, la nariz pimentosa, los labios gruesos y sensuales, tembloroso el belfo, cana la cabellera que desaparece bajo los adornos y, la corona, manto escarlata, coruscante de oros, se muestra, insolente, bajo el dosel, en la actitud de un ídolo bárbaro, que todos adoran;
a su lado, Herodiada;
espléndida en todo el apogeo de su belleza otoñal, sugestiva y tentadora;
rígida, en la actitud estatuaria que le es habitual;
blanco el rostro inmóvil, ajeno a toda emoción, en una imperturbabilidad de soberbia petrificada;
los bellos y grandes ojos, parecían ciegos de gota serena, en su fijeza de divinidad; ojos de ídolo, quietos, como si fuesen de esmalte;
hundidos y, prolongados por las ojeras artificiales;
los labios imperiosos y, desdeñosos, teñidos al carmín, impasibles sin serenidad, con un sello de laxitud, en la comisura de sus curvas altaneras;...
desnudos, el pecho y, la garganta, marmóreos y, opulentos, dejando ver a través de las gasas el rojo de las mamilas enormes, como unas ubres de leona;
ornada de collares y brazaletes, que fulgían como constelaciones;
apenas cubierta de los senos a las rodillas, por una túnica de hilo de plata, bordada de rosas de oro;
las piernas desnudas ceñidas de hilos de perlas, que abajo sujetaban las sandalias, de corteza de sándalo y, plumas de avestruz, exornadas de zafiros;
sin manto y sin corona;
apenas un cintillo de ópalos la ciñe la frente pequeña y voluntariosa;
así, semidesnuda y, atrevida, a la sombra del dosel, semeja una bacante rendida, bajo el follaje de una vid, a la hora crepuscular;
un sillón vacío, a la izquierda de Herodes, anuncia la ausencia de la Princesa Salomé;
se halla enferma, o al menos se ha hecho excusar con ese pretexto...
la ausencia de aquel prodigio de belleza, del cual se habla hasta en las regiones más remotas, contraría a todos;
a los Embajadores, que pensaban extasiar sus ojos, en esa Princesa núbil, para hablar luego de ella, a sus amos los reyes y, los príncipes ansiosos de himeneos;
a los jóvenes cortesanos, a los cuales raras veces les es concedido ver sin velos, el rostro ideal de la hija de Herodiada, a la cual, empieza ya a rodear un extraño halo de leyenda;
a Herodes, que inquieto pregunta a cada momento:
¿qué tiene la Princesa?
¿por qué no viene la Princesa?
la ausencia de la Princesa, produce en todos la impresión de la más bella piedra, caída al esplendor de una diadema real;
sólo Herodiada, está feliz de esta ausencia;
porque ella, le permite ostentar su belleza ya declinante, sin la peligrosa comparación con la belleza de su hija, en el pleno esplendor de su belleza prodigiosa;
y, luego, porque su celo de mujer, atribuye esa ausencia, al designio de Salomé, de no hallarse presente, en el momento en que el gran Sacrificador, traiga en una bandeja de plata, la cabeza del Bautista;
frente al dosel real, entre un hemiciclo de columnas jónicas, donde parásitas raras y flores exóticas hacen la ilusión de un minúsculo jardín, están las tocadoras de arpas y de guzlas, que salmodian, un suave cántico...
forman semicírculo, vestidas de color amaranto y, con los brazos desnudos;
se coronan de narcisos;
en el centro, y, adelante de ellas, sobre la alfombra roja, yace una forma inerte...
¿una mujer?
¿una ave?...
las arpas, parecen sollozar...
el canto tiene tonos de gemido...
de súbito, como una rosa prisionera, que se alzase en la vara de un rosal, la forma blanca que yace por tierra, empieza a erguirse, obedeciendo al ritmo de la música, lenta...
se alza de lado como una vela que empieza a izar...
luego se hace recta, inmóvil;
un junco florecido;
erecta, crece, se alarga...
aparece de pie...
blanca, inmóvil...
una estatua de hielo...
le nacen alas, que se despliegan, lentamente, cautamente, castamente, al eco de la música blanca...
es un ánade, con las alas abiertas ante el Sol...
las alas se agitan;
las alas vibran;
el pájaro va a volar...
el pájaro anda;
el pájaro vuela...
sus pies rosados tocan el suelo...
sus alas se extienden, se cruzan sobre su cabeza, hacen la forma redonda de una hostia de sacrificio...
así llega hasta el centro del salón;
saluda al trono...
inclina tres veces la albura de sus alas, que el brillo de las luces, hace de un blanco mórbido de talco...
retrocede pausadamente, gravemente, con genuflexiones armónicas, que obedecen al ritmo musical...
vuelto al centro del hemiciclo, el pájaro queda en pie;
inmóvil como un Ibis, sagrado;...
lentamente sus alas se abren, en forma de cruz...
descienden, se desmayan, y, caen vencidas a lo largo de su cuerpo...
el pájaro es una mujer...
como surgida de las ruinas de una flor, aparece sobre sus velos inmóviles como un Idolo de cristal...
tiene un rostro de efebo;
los cabellos cortos, bucleados se lo enmarcan;
las formas vagas y gráciles, cuasi insexuales;
bajo las blancuras de la túnica se diseña, un cuerpo esbelto, sin morbideces...
los ojos verdes y cándidos;
los labios tristes...
la bailarina, es, en medio de su coro, como un blanco lis, rodeado de rosas sombrías;
en un candor supremo...
la música calla...
el canto se extingue;
se siente la huída de los sonidos, como una fuga real de ensueños...
por un fenómeno de acústica del salón, el Silencio queda musical...
las armonías flotan y, se prolongan, en una melodía de tristezas...
en el Silencio, las columnatas florecidas de oro repiten los ú...
Índice
- Salomé, novela poema
- Copyright
- PROLOGO
- Other
- Other
- Other
- SALOMÉ
- Chapter
- Chapter
- Chapter
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- Chapter
- Chapter
- Chapter
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- Chapter
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- Chapter
- SobreSalomé, novela poema
- Notes
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