Escrita al modo de un cuento tradicional ruso, y dotada de una comicidad, de un descaro y de una frescura inigualables, esta nouvelle, cuyo título completo podría ser traducido como "Relato sobre el zurdo bizco de Tula y la pulga de acero" es todo un clásico de la literatura occidental.Cuando el Zar Alejandro visita Inglaterra acompañado de su fiel general, el cosaco del Don Platov, los ingleses, para impresionarle, le regalan un minúsculo autómata, una máquina prodigiosa, que solo puede ser contemplada si se mira a través de un microscopio: una pulga de acero mecánica, que cuando se le da cuerda, efectúa un danse. Espoleados por el afán de competencia, los rusos se proponen encontrar al artesano que sea capaz de construir una pulga igual, para así demostrar a los ingleses de lo que los rusos son capaces. Hasta que, tras una búsqueda por toda Rusia, aparece "el Zurdo", el prodigiodo artesano bizco de Tula.Cáustico retrato de la vida rusa, y a la vez poderosa fábula "futurista", esta divertidísima historia, en una nueva y brillante traducción por parte de Sara Gutiérrez, es, sin duda, una de las grandes obras maestras de la narrativa rusa del XIX.

- 128 páginas
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La pulga de acero
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Literatura generalLa pulga de acero
I
Cuando el emperador Alejandro I hubo terminado el Consejo de Viena, quiso viajar por Europa y observar prodigios en diferentes naciones. Recorrió numerosos países y en todas partes, merced a su afabilidad, mantenía siempre conversaciones de lo más apasionadas con todo tipo de gente. Y todos, de una manera u otra, le asombraban y querían llevárserlo a su terreno. Pero estaba con él un cosaco del Don, Platov,[8] al que estas inclinaciones no le gustaban nada y, nostálgico de su hacienda, trataba de convencer al soberano de que ya era hora de regresar al hogar. En cuanto Platov percibía que el soberano se interesaba mucho por algo extranjero, mientras los demás acompañantes callaban, él decía: «Se mire como se mire, lo que nosotros tenemos en casa no es peor». Y con cualquier excusa se lo llevaba de allí.
Los ingleses estaban al tanto de lo que ocurría y de cara a la llegada del soberano idearon diferentes ardides para cautivarle con lo foráneo y apartarle de los rusos. En muchas ocasiones lo consiguieron, sobre todo en las grandes reuniones, donde Platov no podía expresarse satisfactoriamente en francés. Algo que a él le importaba poco, ya que era un hombre casado y consideraba las conversaciones en francés mera cháchara. Pero cuando los ingleses empezaron a invitar al soberano a sus depósitos militares, fábricas de armas y aserraderos de jabón para demostrar su superioridad sobre nosotros en todos los campos y así vanagloriarse, Platov se dijo: «¡Basta! Hasta aquí he aguantado, más es imposible. Sepa o no sepa hablar, yo a los míos no los traiciono».
No había acabado de decirse semejantes palabras, cuando el soberano le anunció: «Mañana nos vamos tú y yo a ver su colección de armas antiguas. Allí hay artefactos de tal perfección, que cuando los veas dejarás de discutir que nosotros, los rusos, con todo nuestro valor, no valemos nada».
Platov no respondió al soberano, se limitó a hundir la nariz aguileña en su deshilachada capa de fieltro, y se marchó a su habitación. Pidió al ordenanza la cantimplora de kizliarka[9] que llevaba en el baúl, se sirvió un buen vaso, rezó a Dios ante el icono plegable de viaje, se envolvió con la capa y roncó de tal manera que nadie en toda la casa pudo dormir. «Mañana será otro día», pensó.
II
Al día siguiente, el soberano y Platov fueron al Museo de Antigüedades. El Zar no llevó consigo a ningún otro ruso porque le dieron un carruaje de dos asientos.
Llegaron ante un gran edificio cuya entrada era indescriptible; los corredores, interminables; y las estancias, infinitas. Al final, en la sala principal, había enormes espeterañas diferentes y en medio, bajo un valdaquino,[10] un Abolo de Malvedere.
El soberano miró de reojo a Platov intentando averiguar si estaba o no asombrado y en qué se fijaba, pero este caminaba con la mirada perdida, como si no viera nada; lo único que hacía era atusarse los bigotes.
Los ingleses comenzaron inmediatamente a mostrar diferentes maravillas y a explicar cómo las habían adaptado a las necesidades militares: tormentómetros marítimos, abrigos de lana de camhielo para los regimientos de infantería e impermeablés[11] para los de caballería. El soberano se regocijaba con todo, todo le parecía estupendo, pero Platov contenía su excitaspera, como si para él nada de aquello tuviera importancia.
—¿A qué se debe esta frialdad tuya? —le increpó el soberano—. ¿Es posible que no haya aquí nada que te sorprenda?
—A mí de aquí solo me asombra una cosa —respondió Platov—: que mis chicos del Don lucharan sin nada de esto y expulsaran a las veinte lenguas.
—Eso es un desatino —se quejó el soberano.
—No sé a qué atribuirlo, pero no me atrevo a discutir, así que debo callar —contestó Platov.
Los ingleses, viendo el rifirrafe, condujeron sin pérdida de tiempo al soberano hasta el mismísimo Abolo de Malvedere y cogieron de una de sus manos un fusil Mortimer y, de la otra, una pistola.
—Fijaos qué calidad tienen nuestros productos —dijeron, y a continuación le ofrecieron el fusil.
El soberano observó el fusil Mortimer sin inmutarse, porque tenía varios iguales en Tsarskoe Selo. Después le dieron la pistola y le dijeron:
—Esta pistola es obra de un artesano desconocido e inimitable, único en su género. Uno de nuestros almirantes la arrancó del cinturón del jefe de una banda de ladrones en Candelabria.
El soberano la miró, la remiró, y no se cansaba de contemplarla. Y, por fin, se deshizo en exclamaciones:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Cómo es posible! ¡Cómo se puede hacer algo tan sumamente delicado! —Y volviéndose a Platov, le dijo en ruso—: ¿Ves? Si yo tuviera un solo artesano como este en Rusia, sería enormemente feliz y me enorgullecería tanto que a ese maestro le mostraría inmediatamente mi agradecimiento.
Platov, ante esas palabras, en ese mismo instante metió la mano derecha en sus amplios zaragüelles y sacó un destornillador de armas. «Esto no se abre», le dijeron los ingleses. Pero él, sin hacer el menor caso, se puso a hurgar en el cierre. Le dio una vuelta, le dio dos vueltas y el cerrojo saltó. Platov enseñó al soberano el gatillo, y allí, en la ocurva, había una inscripción en ruso que rezaba: «Iván Mosquín, en la ciudad de Tula».
—¡Vaya, erramos el golpe! —comentaban los ingleses entre ellos.
Pero el soberano dijo con tristeza a Platov:
—¿Para qué los desconcertaste? Ahora siento mucha lástima por ellos. Vámonos.
Se sentaron otra vez en el mismo carruaje de dos asientos y se fueron. Esa tarde, mientras el soberano estaba en el baile, Platov se ventiló un vaso de vodka aún mayor que el de la víspera y durmió profundamente, como buen cosaco.
Estaba contento de haber turbado a los ingleses y de haber dejado en buen lugar al artesano de Tula, pero también estaba disgustado: ¡A santo de qué el soberano compadecía a los ingleses en semejante situación!
«¿Por qué lo ocurrido afligió al soberano? —pensó Platov—. No entiendo nada.» Y con estos razonamientos se levantó dos veces, se persignó y bebió vodka, hasta que el sueño se apoderó de él.
Al mismo tiempo, los ingleses tampoco dormían; también ellos estaban dándole vueltas al asunto, y mientras el soberano se divertía en el baile, ellos se dedicaron a tramar una maravilla tal que dejaría a Platov sin palabras.
Índice
- La pulga de acero
- Introducción
- Nota de la traductora
- La pulga de acero
- Créditos
- Nikolái Leskov
- Índice
Preguntas frecuentes
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