Dieciséis años después de haber puesto el pie por última vez en el pintoresco pueblo de Howling, Flora Poste, la díscola y encantadora protagonista de La hija de Robert Poste, vuelve a la carga para socorrer a los atribulados Starkadder, propietarios de la granja de Cold Comfort. La finca ha sido rehabilitada como un museo decorado en falso estilo rústico inglés, y se convierte en el lugar de celebración de una conferencia del Grupo de Expertos Internacionales, entre los que se cuentan inefables pintores, escultores insufribles, excéntricos sabios orientales, y toda una

- 224 páginas
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Flora Poste y los artistas
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ClásicosCapítulo 1
Una soleada mañana, en plena Segunda Edad Oscura, Flora y Charles Fairford se encontraban sentados desayunando con su familia en la rectoría, con vistas a Regent’s Park, en Londres, donde habían vivido desde que Charles obtuviera su plaza, unos trece años atrás. Flora, como probablemente se recordará, era la famosa Flora Poste, alabada en su momento por la rectitud de su nariz y la eficacia de sus trabajos de orden y aseo en la granja de Cold Comfort, en Sussex. La nariz seguía conservando su elegancia clásica; respecto a otros trabajos, ese era un asunto en el que Flora rara vez pensaba ya, puesto que tenía cinco hijos y no disponía ya de tiempo para nada. El correo acababa de llegar y la familia se afanaba en la lectura de las cartas.
Las de Flora eran las típicas que suelen recibir las esposas de los vicarios de parroquias grandes y pobres como aquella. Sin embargo, entre las innumerables solicitudes y demandas que había recibido esa mañana, le llamó la atención un sobre, escrito en rojo y cuya caligrafía era tan retorcida como elegante; cuando vio el remite de la carta, no pudo evitar una exclamación de sorpresa en la que nadie reparó. Su marido estaba absorto con su propia correspondencia, y los niños seguían demasiado atareados desayunando.
—Vaya, escuchad esto —ordenó Flora, y empezó a leer la carta en voz alta:
Mi querida señora Flora Fairford,
Naturalmente, usted ya no se acordará de mí. Seguramente ya se habrá olvidado incluso de cómo me llamo. No sabía si ponerme en contacto con usted: albergaba serias dudas al respecto. Pero anoche vi su nombre de casada mientras hojeaba un libro sobre Messe, ese genio del arte perecedero, y… ¡y entonces se me ocurrió la idea! Seré franco con usted. El G. I. I. va a celebrar un congreso desde el 17 hasta el 24 de junio en la granja de Cold Comfort (¿lo entiende ahora, Flora?), y un servidor ejercerá como secretario de organización. ¿Podría usted venir y echarnos una mano? Podría usted organizarlo todo… como antaño.
—¿Qué es el G. I. I., mamá? —interrumpió la hija mayor de Flora.
—El Grupo Internacional de Intelectuales, boba —dijo su primogénito, sin levantar la mirada de un libro que tenía abierto sobre las rodillas, por debajo de la mesa.
—«¿No le pica a usted el gusanillo?» —continuaba diciendo la carta—. Gracias a Dios, yo no tengo gusanillos —murmuró Flora—. ¡Alex, deja de una vez la gramática latina y acábate el desayuno! —Y luego añadió con gesto de asombro—: ¿Y a que no adivinas de quién es la carta? ¡Del señor Mybug!
Toda la familia la miró con ojos estupefactos, excepto Charles, que frunció el ceño.
—Oh, no es nada… Ninguno de vosotros habíais nacido todavía —añadió Flora, y luego se dirigió a Charles—: Tú sí te acuerdas, ¿verdad que sí, cariño?
—Vagamente. Pero me temo que no puedes ir, Flora. Precisamente el día 17 tenemos el Té y el Mercadillo Americano.
—Es verdad. Lo había olvidado… No, no puedo, definitivamente. No me lo puedo ni plantear siquiera… —Y se guardó la carta en el bolsillo de su falda y no dijo nada más.
Pero tras el desayuno, cuando los niños mayores ya se habían ido a la escuela y mientras Emilia, que aún era un bebé, se dedicaba a observar al criado (contratado por Flora para ayudarla con las tareas de la casa, ahora que era madre de cinco muchachos), que estaba sacando brillo al suelo de la cocina, Flora cogió el teléfono y marcó un número.
Tras una pausa, excesiva incluso para los estándares de la Segunda Edad Oscura, se escuchó una débil voz:
—¿Hola? ¿Sí? ¿Oiga?
—¿Eres tú, Sneller? ¿Está la señora Smiling en casa?
—Manténgase a la escucha, señora. Voy a comprobarlo. ¿Quién debo decirle que llama, señora?
—Soy yo, Sneller: yo, la señora Fairford.
—Muy bien, señora.
Se escuchó el sonido de unas pisadas alejándose y, tras otra pausa igual de excesiva, se oyó una voz distinta, grave y adornada con un encantador acento americano:
—Hola, ¿quién está al aparato?
—¿Mary? Soy yo. Verás… ¿Te importa que vaya a tomar el té contigo esta tarde?
—Estaré encantada. Pero déjame que le pregunte a Sneller.
—¡Mary! ¿Aún tienes que pedirle permiso a tu mayordomo cada vez que quieres invitar a alguien a tu casa? Creía que después de tantos años…
—No, no es eso… Es que le disgusta mucho tener que ir a comprar pastas y todas esas zarandajas. Espera un segundo.
Se produjo una pausa aún más excesiva que la primera y la segunda juntas, y luego la señora Smiling regresó y dijo que ya estaba todo arreglado y que estaría encantada de recibir a Flora alrededor de las cuatro.
Así que serían poco más de las cuatro de la tarde cuando Flora hizo sonar el timbre del número 1 de Mouse Place. El edificio no había sufrido en demasía durante los Recientes Acontecimientos, pero la casa había permanecido cerrada, y al cuidado de Sneller, mientras la señora Smiling se encontraba en los Estados Unidos. Flora llevaba muchos años sin poner un pie en la casa. De cualquier modo, la señora Smiling tenía amigos en las cabañas y en los palacios, y había conseguido que le pintaran la casa. Parecía recién remozada y plena de elegancia, resplandeciente bajo la luz del sol estival, y había minutisas y clavellinas en las cestitas de metal que colgaban de los balcones.
Sneller, el mayordomo de la señora Smiling, abrió la puerta. Estaba tan viejo y tan estropeado que ya no lograba causar ninguna aprensión en los visitantes, más allá de la sorpresa de que aún continuara entre los vivos. A esas alturas, de hecho, era el retrato mismo de una tortuga entrada en años.
—Buenas tardes, Sneller. Es estupendo verte de nuevo después de tanto tiempo.
—Lo mismo digo, señora. Espero que se encuentre usted perfectamente, señora, así como el señor Fairford, y todas las señoritas y señoritos que tiene usted.
Flora contestó que se encontraban todos bien y, pensando que las palabras de Sneller habían conseguido que su familia pareciera incluso más grande de lo que ya era, cruzó el vestíbulo, al tiempo que su larga falda gris susurraba conforme avanzaba por el mosaico de flores y conchas del suelo.
La señora Smiling emergió del salón para recibirla. El tiempo había sido amable con los ojos grises y los labios de la señora Smiling, y llevaba un vestido gris perla casi hasta los tobillos y una gargantilla de diamantes. Sin embargo, para consternación de Flora, cuando miró por encima del hombro de su amiga vio que había un bulto sentado en el sofá del salón. Se trataba de una mujer con un montón de pelo y unos ojillos brillantes bajo un sombrero lamentablemente fallido.
—¿Y esa quién es? —dijo Flora en voz baja, deteniéndose para besar cariñosamente a su amiga.
—Esa es la señora Ernestine Thump. ¡Shhh, Flora! No he podido evitarlo —susurró a su vez la señora Smiling, mientras le mostraba a su amiga el camino hacia el comedor.
La señora Ernestine Thump estaba sentada muy formalmente en el sofá, rodeada de papeles rojos, blancos y azules. Se había anclado el sombrero de un modo perfectamente vulgar en la coronilla, quizás en un obligado intento de parecer elegante. Al verla, Flora la reconoció al instante. Era una mujer que había tenido cierta relevancia social en el pasado, y de cuyas fotografías a menudo había apartado la mirada en los periódicos.
—Ernestine, esta es Florita. Florita, tú no conoces a Ernestine… —dijo la señora Smiling, y su acento americano se hizo aún más perceptible, como ocurría siempre que se ponía un poco nerviosa—. Conocí a Ernestine en el Queen, en el viaje de regreso de América. Ella venía de investigar qué opinan en aquel país de las equivalencias nutricionales… —concluyó vagamente.
Flora vio que Ernestine Thump se disponía a abrir la boca para preguntarle a qué se dedicaba ella, así que sonrió y le hizo una rápida reverencia de cortesía al tiempo que se lanzaba sin más a trazar un breve y rápido resumen de la carta del señor ...
Índice
- Flora Poste y los artistas
- Introducción
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Créditos
- Stella Gibbons
- Índice
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