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El césped de manzanilla
Descripción del libro
Agosto de 1939. En la casa familiar de Cornualles, en la cima de un acantilado, se juntan como todos los veranos los cinco primos Cuthbertson: el mayor, Oliver, acaba de volver, herido, de la Guerra Civil española; la menor, Sophy, tiene diez años y está locamente enamorada de él. Los juegos de su dorada juventud están a punto, sin embargo, de concluir: la guerra los separa y los marca para siempre. Esos seis años de batallas y bombardeos se cobran algunas bajas, pero quienes sobreviven lo hacen, por así decirlo, a lo grande. Especialmente las mujeres, que descubren que solo viviendo contra las normas es posible vivir: «Fue el modo de rebelarnos contra nuestra educación», declara una de ellas; y podría añadir: contra la moral. Cuarenta y cinco años después, se reúnen en un funeral y recuerdan, porque «el recuerdo viene a iluminar la imagen que en su día no estaba clara». Un vertiginoso carrusel de amantes, exclusivos o compartidos, gira en torno a la muerte y al horror, a las casas destruidas y a la Inglaterra poblada de antisemitas y filonazis, pero se impone a todo con un insaciable e insolente vitalismo. Mary Wesley no empezó a escribir hasta pasados los setenta años, cuando lo hizo su familia dejó de hablarle, pero en catorce años publicó diez novelas de las que se vendieron millones de ejemplares. El césped de manzanilla (1984), la segunda de ellas, es un magnífico ejemplo de su espíritu crítico y de su visión tumultuosa de la libertad sexual, además de una novela realmente virtuosa en el manejo del tiempo, la soltura del diálogo y la construcción de personajes.
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XXXVI

Era demasiado temprano para el funeral y Sophy paseaba por el cementerio con sus botas de goma verdes, la falda alborotada por el viento alrededor de las rodillas y un chal en la cabeza.
Buscó entre los vecinos –Penhaligan, Boscence, Penrose, Tremayne y Tredinnick– a los Floyer, al tío Richard y a Monika. Leyó los nombres de los Floyer, su fecha de nacimiento y defunción. Párroco local, R. I. P. Alguien había plantado narcisos en la tumba. En primavera una alfombra amarilla cubría la sepultura. También habían plantado crocos de otoño. Llovía, y los Floyer descansaban en ese momento bajo un vistoso manto rosa que se extendía hasta las sepulturas vecinas, tal como se había extendido su espíritu por toda la parroquia. A Sophy la maravillaba que nunca hubieran criticado la relación de sus hijos con Polly, que nunca se entrometieran. Su manera de aceptar una situación tan insólita acalló las malas lenguas con la misma eficacia con que la espuma apaga el fuego.
La sepultura de Richard Cuthbertson estaba apartada, adornada con ciclamen de otoño y primavera. Las cabezas aflautadas de las flores rosas asomaban entre las hojas veteadas como el mármol.
«Hola, tío Richard, y Duck.» Sophy acarició las hojas frescas. Richard fue un día a bailar claqué con los refugiados de la casa parroquial alrededor de la caldera de agua caliente, sudó mucho, cogió frío y el resfriado derivó en la neumonía que le costó la vida. Putting on My Top Hat. ¿Dónde, cuando llegara el momento, enterrarían a la tía Helena? Daba pena estropear el ciclamen, tan espléndido.
Sujetándose el chal por debajo de la barbilla, examinó la fosa que habían abierto para Max, con la tierra oscura amontonada a un lado; la misma sepultura en la que ya descansaba Monika, ahora cubierta de césped artificial. ¿Habría sitio para tres? Se aguantó la sonrisa mientras volvía paseando entre los Penhaligan, los Boscence, los Penrose, los Tremayne y los Tredinnick. ¿Cuál, entre los muchos Penrose, era el Penrose que no fue un buen marido, el exhibicionista que aterrorizaba a una niña y se cayó, o lo empujaron, por el acantilado? En el pórtico de la iglesia, Sophy se quitó el chal y lo sacudió. El recuerdo pertinaz del grito de un hombre se perdió entre las gotas de agua mientras contemplaba los campos, los acantilados y la furia del Atlántico gris azotado por los vientos de poniente. Volvió a ponerse el chal y entró en la iglesia, ajustando la vista a la penumbra.
La capilla era una hoguera de color rojo, amarillo, rosa y naranja: dalias, lirios, crisantemos y estrelladas; hortensias blancas, rosas, verdes y azules; gavillas de maíz, manojos de verduras, tarros de mermelada, sacos de patatas, pilas de zanahorias y calabacines, tarros de encurtidos, cestos de hongos, ristras de ajo y cebolla, naranjas y plátanos. El día siguiente se celebraba la Fiesta de la Cosecha.
Fuera de la iglesia, el viento gritaba y golpeaba. Caían chuzos de punta de los nubarrones. Tiempo de arcoíris.
Delante del altar, dos caballetes esperaban el féretro de Max. Se sentó en las últimas filas. No tardarían en llegar todos –los amigos, los compañeros, las amantes, los curiosos– para dar sepultura al extranjero, al refugiado, al hombre que había hecho suya aquella tierra, que se había ganado el derecho a descansar entre sus vecinos. Al cabo de casi cincuenta años, incluso a Monika le habían perdonado sus costumbres extranjeras –las ristras de ajos y los cestos de hongos–, prueba muda casi de aceptación. Sophy estornudó por la fragancia intensa de los crisantemos y el fuerte olor a tierra de los sacos de patatas. Tenía frío y se puso en la zona de debajo de la torre, donde se congregaban los campaneros, a bailar una giga para activar la circulación pisoteando el suelo de piedra con las botas de agua. Al oír voces en el pórtico volvió a sentarse, jadeando, bien escondida entre las sombras.
Tres o cuatro periodistas se quitaron la capucha del anorak.
–No durará mucho. Se celebrará un funeral en Londres. Bastará con uno o dos párrafos.
–Nunca se sabe. Hay dos agentes dirigiendo el tráfico. Y en el bar he visto varias caras dignas de mención.
Los vecinos llegaron de dos en dos y de tres en tres: las mujeres de mediana edad con paraguas y los hombres con traje sobrio. Se sentaron en las últimas filas, cerca de Sophy.
–Está preciosa este año. –Admiraron con orgullo la decoración de la cosecha.
–Veo que Lorna Tremayne ha puesto tres tarros de conservas al lado de la fuente. No es propio de ella.
–Ya se los llevará después del servicio. Esa tacaña no te daría ni los mocos, si se los pidieras.
–Pues ya puede andarse con ojo el párroco si los quiere para el hospital.
–La señora Floyer siempre hacía una lista. No se le escapaba una. Este párroco nuevo necesita una mujer.
–Es demasiado alto. Más alto que los Floyer de Altos Vuelos.
–Sí. Los echamos de menos cuando faltan. Este de ahora no parece que tenga lo que hay que tener.
Las voces se convirtieron en un susurro ...
Índice
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- Nota al texto
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- III
- IV
- V
- VI
- VII
- VIII
- IX
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- XII
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- XIV
- XV
- XVI
- XVII
- XVIII
- XIX
- XX
- XXI
- XXII
- XXIII
- XXIV
- XXV
- XXVI
- XXVII
- XXVIII
- XXIX
- XXX
- XXXI
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- XXXIII
- XXXIV
- XXXV
- XXXVI
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- Créditos
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