La nueva razón del mundo
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La nueva razón del mundo

Ensayo sobre la sociedad neoliberal

Christian Laval, Pierre Dardot

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La nueva razón del mundo

Ensayo sobre la sociedad neoliberal

Christian Laval, Pierre Dardot

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Podría parecer innecesario denunciar una vez más el absurdo de un mercado omnisciente, omnipotente y autorregulador. La presente obra, sin embargo, demuestra que este aparente caos procede de una racionalidad cuya acción es subterránea, difusa y global. Dicha lógica construye y define la esencia del neoliberalismo. Al explorar su génesis doctrinal, los autores despejan numerosos malentendidos: no se trata de un retorno al liberalismo clásico, ni un retorno a un capitalismo "puro", y sostener este contrasentido es no entender sus nuevos rasgos. Por múltiples vías, el neoliberalismo se ha impuesto como la nueva razón del mundo, que hace de la competencia la norma universal de los comportamientos, sin dejar intacta ninguna esfera de la existencia humana. Una lógica tan corrosiva erosiona hasta la concepción clásica de la democracia, e introduce formas novedosas de sujeción que constituyen, para quienes las rechazan, un desafío político e intelectual inédito. Sólo entendiendo esta racionalidad se le podrá oponer una verdadera resistencia y abrir la puerta a otro porvenir.

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Information

Year
2013
ISBN
9788497847452
Parte III
La nueva racionalidad
6
El giro decisivo
Los años 1980 estuvieron marcados en Occidente por el triunfo de una política que ha sido calificada a la vez como «conservadora» y «neoliberal». Los nombres de R. Reagan y M. Thatcher simbolizan esta ruptura con el «welfarismo» de la socialdemocracia y la instauración de nuevas políticas que se suponían capaces de superar la inflación galopante, el descenso de los beneficios y la ralentización del crecimiento. Los eslóganes, a menudo simplistas, de esa nueva derecha occidental son conocidos: las sociedades pagan demasiados impuestos, están demasiado reglamentadas, sometidas a las presiones múltiples de los sindicatos, de las corporaciones egoístas, de los funcionarios. La política conservadora y neoliberal pareció ser, sobre todo, una respuesta política a la crisis al mismo tiempo económica y social del régimen llamado «fordista» de acumulación del capital. Aquellos gobiernos conservadores cuestionaron profundamente la regulación keynesiana macroeconómica, la propiedad pública de las empresas, el sistema fiscal progresivo, la protección social, la restricción del sector privado por reglamentaciones estrictas, especialmente en materia de derecho del trabajo y representación de los asalariados. La política de la demanda destinada a sostener el crecimiento y a alcanzar el pleno empleo fue el blanco principal de aquellos gobiernos, para los cuales la inflación se había convertido en el problema prioritario.393
Pero ¿es acaso suficiente relacionar con determinada coyuntura histórica las políticas neoliberales para comprender su naturaleza y situar las relaciones que mantienen con los esfuerzos de refundación teórica del liberalismo? ¿Cómo explicar la permanencia de estas políticas durante varios decenios? Y, sobre todo, ¿cómo dar cuenta del hecho de que algunas de estas políticas hayan podido ser llevadas a cabo tanto por la «nueva derecha»394 como por la «izquierda moderna»?
En realidad, estas nuevas formas políticas implican un cambio mucho más importante que una simple restauración del «puro» capitalismo de antaño y del liberalismo tradicional. Su característica principal es que modifican radicalmente el modo de ejercicio del poder gubernamental, así como las referencias doctrinales, en el contexto de un cambio de las reglas de funcionamiento del capitalismo. Ponen de manifiesto una subordinación a cierto tipo de racionalidad política y social articulada con la mundialización y la financierización del capitalismo. En una palabra, si hay un «giro decisivo», es porque se instaura una nueva lógica normativa capaz de integrar y de reorientar de forma duradera políticas y comportamientos en una nueva dirección. Andrew Gamble resumió este nuevo curso de las cosas con la fórmula: «Economía libre, Estado fuerte». Esta expresión tiene el mérito de destacar que no nos enfrentamos a una simple retirada del Estado, sino a un nuevo compromiso político del Estado sobre nuevas bases, con nuevos métodos y nuevos objetivos. ¿Qué significa exactamente esta fórmula? Con toda naturalidad se puede ver en ella el contenido que las corrientes conservadoras quieren darle: el papel reforzado de la defensa nacional contra los enemigos exteriores, de la policía contra los enemigos interiores y, más generalmente, controles sobre la población, sin olvidar la voluntad de restaurar la autoridad establecida, instituciones y valores tradicionales y, en particular, «familiares». Pero hay algo más que esta línea de defensa del orden instituido, bastante conservadora clásicamente.
En este punto preciso los malentendidos persisten. Algunos autores han querido ver en las políticas sociales instauradas por la nueva derecha y por la izquierda moderna tan solo un «retorno del mercado». Y recuerdan, con razón, que este tipo de políticas siempre se han apoyado en la idea de que para que los mercados funcionen bien, hay que reducir los impuestos, disminuir el gasto público, llegando a limitar su evolución mediante reglas constitucionales, transferir al sector privado las empresas públicas, restringir la protección social, privilegiar las «soluciones individuales» frente a los riesgos, controlar el crecimiento de la masa monetaria para reducir la inflación, disponer de una moneda fuerte y estable, desregular los mercados, en particular el del trabajo. En el fondo, si el «compromiso socialdemócrata» era sinónimo de intervencionismo estatal, por su parte el «compromiso neoliberal» era sinónimo de libre mercado. Lo que ha pasado más desapercibido es el carácter disciplinario de esta nueva política, que da al gobierno un papel de guardián vigilante de reglas jurídicas, monetarias, comportamentales, atribuyéndole la función oficial de controlador de las reglas de competencia en el marco de una colusión oficiosa con grandes oligopolios, y quizás aún más, asignándole el objetivo de crear situaciones de mercado y formar individuos adaptados a las lógicas del mercado. En otros términos, la atención exclusiva que se presta a la ideología del laissez-faire desvió la atención del examen de las prácticas y los dispositivos estimulados o directamente instaurados por los gobiernos. En consecuencia, lo que fue paradójicamente descuidado en la crítica «antiliberal» estándar es la dimensión estratégica de las políticas neoliberales, puesto que dicha dimensión está articulada, de entrada, con una racionalidad global que ha pasado desapercibida.
¿Qué entender exactamente por «estrategia»? En su sentido más corriente, el término designa la «elección de los medios empleados para alcanzar un fin».395 Es innegable que el giro de los años 1970-1980 movilizó todo un abanico de medios para alcanzar en el plazo más breve ciertos objetivos bien determinados (desmantelamiento del Estado social, privatización de las empresas públicas, etcétera). Con todo fundamento se puede hablar, por lo tanto, de una «estrategia neoliberal»: por ello entenderemos el conjunto de los discursos, las prácticas, los dispositivos de poder destinados a instaurar nuevas condiciones políticas, a modificar las reglas de funcionamiento económico, a transformar las relaciones sociales de manera que se impongan tales objetivos. Sin embargo, por legítimo que sea, este uso del término «estrategia» podría dar a entender que el objetivo de la competencia generalizada entre empresas, economías y Estados, fue resultado de una larga elaboración a partir de un proyecto madurado desde mucho tiempo atrás, como si hubiera sido objeto de una elección racional y controlada de medios puestos al servicio de los objetivos iniciales. De ahí a pensar este giro en términos de «complot», sólo hay un paso que algunos han franqueado enseguida, en particular en la izquierda.
Lo que vemos, más bien, es que el objetivo de una nueva regulación por la competencia no preexistió a la lucha contra el Estado providencia en la que se implicaron, sucesiva o simultáneamente, círculos intelectuales, grupos profesionales, fuerzas sociales políticas, a menudo por motivos bastante heterogéneos. El vuelco se produjo bajo la presión de ciertas condiciones, sin que nadie pensara todavía en una nueva regulación a escala mundial. Nuestra tesis es que este objetivo se constituyó en el curso del propio enfrentamiento, imponiéndose a fuerzas muy distintas debido a la misma lógica del enfrentamiento, y que a partir de ese momento desempeñó un papel de catalizador ofreciendo un punto de reagrupamiento para fuerzas hasta entonces relativamente dispersas. Para tratar de dar cuenta de esta emergencia del objetivo a partir de las condiciones de un enfrentamiento ya iniciado, hay que recurrir a otro sentido del término «estrategia», un sentido que no la hace derivar de la voluntad de un estratega o la intención de un sujeto. Esta idea de una «estrategia sin sujeto» o «sin estratega» fue elaborada precisamente por M. Foucault: tomando como ejemplo el objetivo estratégico de moralización de la clase obrera en los años 1830, sostiene que aquel objetivo produjo entonces a la burguesía como agente de su implementación, lejos de que fuese la clase burguesa, como sujeto preconstituido, la que concibiera ese objetivo a partir de una ideología ya elaborada.396 Lo que se trata de pensar aquí es cierta «lógica de las p...

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